miércoles, 18 de noviembre de 2009

La cama de oro

Todos éramos exagerados y alardeábamos de cosas que había en nuestras casas y no en las demás. Con el tiempo a cada uno le llegó el turno de ser descubierto.

La presencia de mi abuelo, un coronel con pinta de energúmeno, quien peleaba con los testigos de Jehová y apedreaba los techos de las iglesias evangélicas, un día hasta echó a una monja de la casa, incluso cuando reía parecía enojado; infundía miedo, pero evitaba que los cuates quisieran visitarme, por lo que mi cama de oro seguía siendo fuente de placer en las pláticas del recreo y ayudaba a que fuera el más popular.

El abuelo decidió hacer un viaje de dos semanas. A la salida de la misa del domingo Luis se acercó a mi madre y le dijo: Doña Ceci, ¿podemos llegar a jugar con Pedro?

Mi madre cargaba con la culpa de no poder darme casa propia, por eso vivíamos con los abuelos, así que no lo pensó mucho y dijo: está bien, total ahora no está mi papá.

El día pactado fue el miércoles, entonces llegarían a la casa y tendría que mostrarles la cama de oro, mi vida iba a derrumbarse.

Luis le contó a Javier, José y Paco y el lunes, a la hora del recreo, los cuatro me rodearon: vos, ¿es verdad que podemos llegar a tu casa?, ¿nos vamos a subir a la cama de oro?, preguntaron entusiasmados y pidieron que les contara, otra vez, de cómo el rey de Tombuctú le regaló una pequeña cama de oro a mi abuelo, que él me heredó por ser el menor de la familia. Era una cama de harem, con cojines de plumas y brocados.

Intenté distraerlos con las otras maravillas de la casa: Ruperto, el loro que decía palabrotas; la Nin, quien cocinaba el mejor arroz con leche del mundo; la planta de bayas de dulcificum, que cambian el sabor de las cosas (pero no era su temporada), y otras cosas fantásticas; pero nada, todos querían ver la cama de oro.

El martes me sentía en capilla ardiente: mañana temprano llegamos vos, dijo Luis, y se despidió, dándome un abrazo, los demás lo siguieron.

Llegué a la casa arrastrando los pies, estaba desanimado, no hice tareas, no miré televisión y me fui a la cama sin cenar.

A media noche me despertó un ruido, eran pasos en el primer nivel. Como pude desperté a los demás y bajamos corriendo. Todavía vimos a un grupo de hombres que cargaban con varias cosas y otros que estaban descolgando unos cuadros de la pared. Mi madre disparó al aire, por lo que salieron huyendo, dejando algunas cosas tiradas.

En la mañana llegaron los cuates, de inmediato fingí tristeza, les conté la historia y les dije que se cancelaba la visita. Me rodearon y en coro preguntaron: vos, ¿se llevaron la cama de oro?, puse cara de circunstancia y asentí, ellos pusieron cara de funeral.

El abuelo regresó por la tarde, fue llamado de emergencia; revisó toda la casa, hizo una lista de faltantes, que luego llevó a la policía. Se sorprendió cuando le dijeron que habían capturado una banda de saqueadores de casas, que tenían una bodega y que fuera a buscar sus cosas.

La noticia corrió por todo el pueblo, otras víctimas también llegaron a buscar. Se armó tremendo alboroto, todos curioseando, mis amigos estaban en primera fila.

Con algo de ayuda, el abuelo fue llevando a su vehículo las cosas robadas: tapices, cuadros, fotos, joyas, aparatos eléctricos. Luis, Javier, José y Paco movían la cabeza de lado a lado, esperando que apareciera la cama de oro.

Después de un buen rato el abuelo se dio por satisfecho, cerró la puerta trasera del camión, se subió y lo arrancó, a punto de partir estaba cuando Luis gritó: señor, señor, falta la cama de oro. Todos soltaron tremenda carcajada, pero entre el murmullo se escuchó la voz del abuelo, quien gritó: la cama de oro se la dejamos a los presos, para que duerman bien.

En ese momento pensé que era una ventaja que tuviéramos 9 años, pues los cuates no entendieron la ironía. Al rato andaban planeando como hacerse meter en la cárcel, para poder dormir en la cama de oro.

Pepito el de los cuentos

8 comentarios:

Quimera dijo...

Cosas de niños... Me hizo añorar un poco ese ciclo...

Parsimonia dijo...

Siempre hay mucho humor e ironía en tus relatos, por eso lo paso bien leyéndote.
El hombre es presumido de naturaleza y cuando carece de lo que presume queda en evidencia y abochornado.
Suerte que no entendieron la ironía, jeje.
¿A qué edad se suele captar? Me acuerdo que mi padre me contaba chistes y no los entendía y me quedaba muy molesta, así como algo estúpida, mientras me decía ¿no lo entiendes?
Besos, Johan

Campanula dijo...

Me reí muchísimo, y recordé cuando estaba chica, por un instante quise volver a estarlo.
un abrazo

Nancy dijo...

Qué lindas las pajas infantiles... yo también era bien pajera, jajaja

Sonia. dijo...

que padre te quedo esto.. me he divertido muchisimo!

vientos!!!

buen finde

Anónimo dijo...

Puchis maese, usté si que ha sido pajero desde güiro.
Pero yo también lo era. Figúrese que hasta tenía un cómplice, el Rudy. El asentía a todo lo que yo le decía: "Vos Rudy, verdá que vos has visto mi Atari?" "Sí, puedo llegar a jugar con vos en la tarde?" "Sí, pero solo vos porque si no se van a asustar los avestruces" "Ta güeno"

Yo era pajero, pero tenía mis límites.

Johan Bush Walls dijo...

Quimera: Así es maestra, a veces dan ganas de retornar a esa falta de conciencia que da la niñez.

Parsimonia: Eso de captar la ironía es variable, algunos son bien irónicos desde muy pequeños, he visto niños de dos o tres años que son bastante irónicos.

Campanula: Vamos a establecer el día mundial de volver a la niñez, una vez al año todos los adultos deberán actuar como niños, ¿qué te parece?

Nancy: ¿De verdá eras pajera?, no lo creo.

Sonia: Que bueno que te hayas divertido, el finde estuvo bueno.

Anónimo: Que buen cuento pajero ese, y todo es más fácil cuando se tiene un complice, buen rollo maestro.

Salú pue.

Julia dijo...

Felicitaciones! exelente cuento, me he metido en un mundo de fantasía.