martes, 10 de noviembre de 2009

Desaparición y búsqueda de una engrapadora

Llegué a la oficina a las 07:00, como de costumbre, antes que todos. No es que sea obsesivo, pero me gusta ser el primero en entrar. Pongo el café con la mezcla que me gusta, organizo mi escritorio, enciendo la computadora, me como mis panitos, que paso comprando donde doña Juanita; leo el periódico, le saco punta a tres lápices que utilizo en el transcurso de la jornada, no me gustan los portaminas. Los demás implementos (sellos, saca-grapas, dispensador de tape, perforador, porta-clips y la engrapadora), los dejó acomodados desde el día anterior.

Los minutos previos a que lleguen los compañeros son útiles para revisar correo personal, navegar en Internet, acomodarme, ir al baño; cositas así.

A las 08:00 llegó Anabella, su fragancia es inconfundible, no digo que sea agradable, simplemente inconfundible. Para esa hora había terminado mis rituales y había impreso un reporte que tenía que entregar en el transcurso del día. Me disponía a engraparlo cuando Anabella se acercó, me dio un beso en la mejilla: hola, te traje pastelito, para tu cafecito, dijo, al tiempo que depositaba una cajita sobre mi mesa.

La presencia de Anabella fue perturbadora, su escote dejaba ver el color de la ropa interior, de encaje rojo, bajo la blusa negra. Fue perturbadora, pero no lo suficiente para ignorar que mi mano había chocado contra el vacío; la alargué, sin ver, mientras recibía el beso, de inmediato me di cuenta que la engrapadora no estaba.

Uno tras otro llegaron los demás, en un lapso de media hora, tiempo en el que estuve tratando de dilucidar qué había pasado con la engrapadora.

Después de unos minutos se acercó Adriana, quería que le prestara un sello. La miré con desconfianza, a partir de ese momento todos eran sospechosos, alguien tenía que haber tomado la engrapadora. Le hice un breve interrogatorio del que salió airosa, selló su hoja y se retiró, yo aproveché para verle el trasero, es innegable que lo tiene bueno.

El siguiente paso fue hacer una lista mental. El primero que vino a mi mente fue Luis. Usualmente él hace ese tipo de bromas, aunque sus víctimas siempre son las chicas, de esa forma logra acercarse a ellas; quizá cambió su modus operandi o sus gustos, nunca se sabe, pensé. Me levanté despacio, para no generar sospechas, agarré mi vaso y fui en dirección del dispensador de agua, de esa forma podría pasar al lado de Luis. Caminé lentamente, examiné todo su escritorio, hasta me detuve a saludarlo, pero no había señales de la engrapadora.

De regreso a mi escritorio pasé por el de Anabella, mi intención era ver su escote, en esas estaba cuando me di cuenta que en una esquina tenía dos engrapadoras. Fui directo a examinarlas, no era ninguna de las dos. De todas formas le pregunté si había tomado la mía, a lo que respondió negando con la cabeza. Lorena escuchó y me ofreció la suya, no acepté pues quería encontrarla.

Llegada la hora del almuerzo decidí aprovechar la ausencia de la mayoría para revisar más despacio. La búsqueda fue infructuosa. La engrapadora se había desvanecido.

Desconsolado me dirigí a mi lugar, luego del almuerzo las horas se van volando, pues todos empiezan a prepararse para salir a las 16:00. Se me terminaba el tiempo y los sospechosos.

A las 15:00 decidí interrogar a todos al mismo tiempo. Me levanté y grité: ya muchá, dejen de chingar, devuélvanme la engrapadora, que necesito entregar este reporte. Lorena me ofreció la suya, de nuevo, tuve que aceptarla, engrapé los documentos y se la devolví ahí mismo.

Eran las 15:50 cuando decidí que no tenía sentido seguir buscando. Puse mis cosas en su lugar, apagué la computadora. Todos empezaron a retirarse, las chicas se despidieron de beso, en un instante la oficina quedó vacía, yo todavía me detuve unos minutos para echar el último vistazo. La engrapadora no apareció.

Salí pensando en que tenía que pasar a comprar una nueva engrapadora. Me despedí del guardia, él alzó la mano y dijo: mire Manuelito, no debería poner la engrapadora arriba de su cubículo, puede caerle en la cabeza, ahí estaba anoche que llegué a apagar las luces, no la quise mover, ya sabe como se pone la gente cuando uno toca sus cosas.

Regresé a cerciorarme, en efecto, la engrapadora estaba en lo alto del cubículo. La dejé ahí, no quise perder más tiempo. Ahora me atormentaba descubrir cómo fue que llegó a tal lugar, pero ese era un misterio que resolvería mañana.

Hércules Poroto

7 comentarios:

Nancy dijo...

¡Johan! jajaja, me hiciste reír, qué cuento tan pajero... jajaja

Quimera dijo...

jajajajaja será que así de tonta me veo cuando salgo con alguna de mis ridiculeces psicorígidas?? muy bueno... Pobre Manuelito, atormentado todo el día por algo tan simple!

YoMisma dijo...

El otro día buscaba unos pantalones, para lavarlos, no los encontraba por ningún sitio... Como ya me conozco, empecé por mirarme a ver si los llevaba puestos.

Muy buen relato.

Saludines,
YoMisma

Tereza dijo...

TAN TAN TAAAAAN! Mi querido Sherlock, me gustaría conocer como es que se resuelve el misterio de por qué la engrapadora apareció ahí.
Yo no veo mucho misterio cuando pierdo mis cosas, después de un rato aparecen.

el Kontra dijo...

Ese Johan detectivesco, al menos nos dejó claro que lo que Hércules quería era ver escotes y panetones... y quien sabe si chequear al Luis también.

Bueno bueno master, Salud!!!

Palabras como nubes dijo...

Jajajaja, y???? Muy bueno este blog!
Te sigo.
Abrazo desde Argentina
Jeve

Johan Bush Walls dijo...

Nancy: Así soy yo de pajero, ya me conoces.

Quimera: Yo tendría que verla maestra, para poder confirmarle o negarle lo que pregunta.

Yo misma: Pues ojalá y los haya llevado puestos, imagínese que no los hubiera llevado puestos, o mejor lo imagino yo.

Tereza: Eso pequeña Tereza es otra historia, ya te la contaré.

Kontra: Hay cosas que se tienen claras maestro. Que bueno verlo por acá.

Palabras: Abrazo desde Guatemala, bienvenida a esta tu casa de paja.

Salú pue.