Una
1. 1 Los I Juegos florales pajeros –Guatemala 2008–, cierran su período de recepción de trabajos el día de hoy a las 17:00 horas (hora de Guatemala).
1.2 Los textos finalistas aparecerán publicados en este blog a partir de lunes 19-05-08.
1.3 El período de votación será del 19-05-08, al 06-06-08.
1.4 Por decisión de la junta pre-calificadora, durante el período de votación, no será eliminado del blog el texto que reciba menos votos. Los doce textos finalistas permanecerán disponibles para leer hasta el final del período de votación.
1.5 Al estimado público lector, lo instamos a que dejen su comentario y su voto.
DOS
2.1 Por vida suya, les ruego que pinchen el enlace de abajo, para que vayan a leer un nuevo post en mi moribundo blog personal.
Vaciando la casa
Salud pue
viernes, 16 de mayo de 2008
jueves, 15 de mayo de 2008
Esto No es Paja: I Juegos florales pajeros –Guatemala 2008–
lunes, 12 de mayo de 2008
Musa y su prima
De la serie los hombres objeto o con apodo (también las mujeres para no ser excluyente)
Musa era su oficio y tenía siete hermanas, aunque algunos pensaban que era la misma y que ella se presentaba en formas distintas, según su conveniencia, eso nunca estuvo claro. De cualquier forma, ella o ellas eran las más solicitadas.
Mi hermano me decía: “Si Musa prestara sus servicios en una casa de tolerancia, de seguro ella sería la más ocupada”. Pero ellas no eran asiduas a las peticiones, se presentaban cuando se les daba la gana, y cualquiera podía ser su mejor amante, un hombre o una mujer, eso no era importante. El más tierno poeta, el más expresivo de los pintores, incluso el más erudito de los músicos. Aquello evidenciaba que no eran perfectas.
La que siempre estaba disponible era su prima lejana, la pobre, la que nunca podía faltar. De igual manera, ella lograba que hombres y mujeres hicieran maravillas, con lo que tuvieran a su alcance, igual forzaba su imaginación.
Mi hermano me decía: “Si la pobre prima prestara sus servicios, no en una casa de tolerancia, en una de putas (según él esa era su categoría exacta), difícilmente la visitarían; lo harían solo en el caso de que no hubiera otra opción”.
La verdad era otra: Musa era elegante, evocaba lo más colorido de la imaginación. Claro, ella tuvo una vida cómoda, llena de lujos, siempre vivió en lugares privilegiados. Su prima era el otro extremo, nunca aprendió buenos modales y creció en barrios pobres, sin acceso a privilegio alguno, una vida de carencias; pero cuando alguien la solicitaba, ella era efectiva, igual o más que Musa y sus hermanas.
Nunca nadie se lo reconoció. Al final, la pobre fue la más solicitada, pero siempre la menos deseada.
Poncho Pilatus
Musa era su oficio y tenía siete hermanas, aunque algunos pensaban que era la misma y que ella se presentaba en formas distintas, según su conveniencia, eso nunca estuvo claro. De cualquier forma, ella o ellas eran las más solicitadas.
Mi hermano me decía: “Si Musa prestara sus servicios en una casa de tolerancia, de seguro ella sería la más ocupada”. Pero ellas no eran asiduas a las peticiones, se presentaban cuando se les daba la gana, y cualquiera podía ser su mejor amante, un hombre o una mujer, eso no era importante. El más tierno poeta, el más expresivo de los pintores, incluso el más erudito de los músicos. Aquello evidenciaba que no eran perfectas.
La que siempre estaba disponible era su prima lejana, la pobre, la que nunca podía faltar. De igual manera, ella lograba que hombres y mujeres hicieran maravillas, con lo que tuvieran a su alcance, igual forzaba su imaginación.
Mi hermano me decía: “Si la pobre prima prestara sus servicios, no en una casa de tolerancia, en una de putas (según él esa era su categoría exacta), difícilmente la visitarían; lo harían solo en el caso de que no hubiera otra opción”.
La verdad era otra: Musa era elegante, evocaba lo más colorido de la imaginación. Claro, ella tuvo una vida cómoda, llena de lujos, siempre vivió en lugares privilegiados. Su prima era el otro extremo, nunca aprendió buenos modales y creció en barrios pobres, sin acceso a privilegio alguno, una vida de carencias; pero cuando alguien la solicitaba, ella era efectiva, igual o más que Musa y sus hermanas.
Nunca nadie se lo reconoció. Al final, la pobre fue la más solicitada, pero siempre la menos deseada.
Poncho Pilatus
jueves, 8 de mayo de 2008
Mayo del 68
Me había acomodado en el sillón para ver una película, aquella donde un joven norteamericano cae en medio del clima del París de mayo del 68 y se involucra en un ménage a tròis con una pareja de hermanos un poco raros. Me encanta la escena cuando la chica entra en la habitación, desnuda, con unos guantes negros larguísimos y la piel tan blanca que parece una Venus de milo atravesando la puerta, los guantes negros confundiendose con la cortina negra, parece que no tuviera brazos.
Andrés comenzó a jugar con mi pelo, intentando convencerme de apagar el DVD y ponerle, "por favorcito", el aburrido juego del Real Madrid que estaba a punto de comenzar. No es que él sea poco solidario, pero es que, Andrés y yo, somos intelectualmente diferentes, aunque a veces se dispara unos análisis de miedo, casi siempre se emboba con la pelota que corre, pero yo intentaba explicarle hasta dónde llegó la rebeldía del 68, trataba que él entendiera como estas cosas llegaron a configurar una generación y todavía influyen en el imaginario mundial. A mitad de mi discurso sobre Simone y Jean Paul, me aturdió con una avalancha de caricias y besos y me perdí la película en medio de uno de esos rapidines memorables, que me recuerdan porqué sigo con este chavo.
Mientras Andrés veía su partido en la tele de plasma, yo me dedicaba al embellecimiento. Cubierta por una batita de baño y en sandalias, intentaba pintarme de rojo carmesí las uñas de los pies. Yo no soy de entrarle a eso de la belleza, pero Andrés tiene ese fetichismo que me hace cuidármelos, fuera de eso ni maquillaje me pongo.
Tocaron la puerta y Andrés, refunfuñando, salió a atender. Vivimos en el nivel doce así que difícilmente se trataba de vendedores.
Escuché risas y reconocí la voz de Gerardo, el papá de Andrés, quien extrañamente aparecía de visita. Me apresuré a vestirme y salí del dormitorio con el pelo amarrado con una toalla.
Gerardo es un tipo jovial, a pesar de tener más de sesenta años. Como es de esperar no se lleva muy bien con Andrés, que es el más joven de sus cinco hijos y el único de su segundo matrimonio.
Nos sentamos en la salita y Gerardo sacó un paquete: salmón, quesos, fruta y dos botellas de vino. Fui por platos y vasos, porque no tenemos copas. Andrés no apagó la tele, levantaba la mirada para concentrarse en no sé quién que llevaba la pelota. Gerardo estaba nostálgico, sirvió el vino y preparó un plato con todo lo que traía, aquello evidenciaba sus gustos de gourmet. No habían transcurrido cinco minutos cuando Andrés se pasó al dormitorio a ver el partido, dejándome con Gerardo en la salita.
Mi suegro, acostumbrado como está al rechazo de sus hijos, comenzó a darme una clase de enología y a describir el maridaje del vino con la comida. Me sentí incómoda, Gerardo me cae bien pero eso de echarme los vinos con el suegro, que además estaba nostálgico, no me hacía gracia. Para no hablar decidí volver a encender el DVD, pero la película catalizó emociones que yo desconocía en Gerardo. "Quitala patoja", me dijo, "es precisamente de París, de donde vengo huyendo hoy".
Apagué el DVD y durante los siguientes cuarenta minutos me enteré de la vida secreta de Gerardo en París, sus amantes, su intento de estudiar ciencias sociales en una época en que aquello era mal visto en Guatemala. "Mija, cómo me gustaría que Andrés entendiera". Cada palabra y frase de Gerardo me intrigaban más. ¿Por qué Andrés siempre había dicho que su padre era un vulgar neoliberal y explotador? Recordaba alguna de sus intervenciones en la universidad, cuando él mismo criticaba la indolencia de los viejos y su comodidad en cuanto a mantener su zona de confort y no contaminarse con ninguna lucha. Gerardo describía la violencia de París en ese mayo, cuando él comenzaba a estudiar en La Sorbona, aprovechando la nacionalidad materna. Reseñaba la imagen de los jóvenes enardecidos, en las plazas, la paliza que le dieron a su amante en una incursión, las piedras que volaban. Me describió, paso a paso, como se arma un cóctel molotov, y el final donde, igual que el protagonista de la película, al calor de los acontecimientos, simplemente huyó, dejó a la novia herida, se vino de regreso a Guatemala, sin terminar sus estudios, a retomar su vida anterior, a terminar una carrera de medicina que le había dado fama, su postgrado en Houston, su matrimonio con la chica de "buena familia" y su vida profesional en Chicago.
"No podíamos regresar, no era el momento, nos dedicamos a apoyar a la guerrilla, a enviar dinero. Los amigos que se quedaron en París y el resto de Europa eran los más solidarios, los que vivíamos en Estados Unidos mandábamos menos dinero. En 1980 me regresé, mi matrimonio ya había terminado y conocí a la mamá de Andrés, que estudiaba allá, ella me convenció de retornar. Andrés nació en el 81. El clima en Guatemala era duro, tiempos de Ríos Montt, Liliana estaba involucrada con la guerrilla, pero yo traía dólares y prestigio. Pronto se habituó a la vida burguesa, la casa bien equipada, que heredé de mi padre, en principio era una fachada magnífica para poder llevar a los compas y ocultarlos, pronto nos desligamos. Nos fuimos a Costa Rica, huyendo para que los amigos no nos hicieran nada, y recién en el 96 regresamos. Patoja, la vida de Andrés no ha sido fácil, creeme, aún cuando ahora estudia en una universidad cara, su odio a las revoluciones tiene mucho sentido".
El partido terminó y Andrés salió del dormitorio con una gran sonrisa, al parecer había ganado el Real Madrid. Gerardo se había tomado, él solo, la primera botella y procedía a abrir la segunda, para convidarnos. Entonces percibí un vestigio de camaradería entre ellos. Se sentaron uno al lado del otro y procedieron a catar el vino y a hacer bromas familiares, de esas que nadie más entiende. En ese momento entendí hasta dónde penetró París y como se habían enconado en ellos las diferencias de ese mundo polarizado. Cuando Gerardo se fue me dije, las manzanas nunca caen demasiado lejos del árbol.
Solange Nin
Andrés comenzó a jugar con mi pelo, intentando convencerme de apagar el DVD y ponerle, "por favorcito", el aburrido juego del Real Madrid que estaba a punto de comenzar. No es que él sea poco solidario, pero es que, Andrés y yo, somos intelectualmente diferentes, aunque a veces se dispara unos análisis de miedo, casi siempre se emboba con la pelota que corre, pero yo intentaba explicarle hasta dónde llegó la rebeldía del 68, trataba que él entendiera como estas cosas llegaron a configurar una generación y todavía influyen en el imaginario mundial. A mitad de mi discurso sobre Simone y Jean Paul, me aturdió con una avalancha de caricias y besos y me perdí la película en medio de uno de esos rapidines memorables, que me recuerdan porqué sigo con este chavo.
Mientras Andrés veía su partido en la tele de plasma, yo me dedicaba al embellecimiento. Cubierta por una batita de baño y en sandalias, intentaba pintarme de rojo carmesí las uñas de los pies. Yo no soy de entrarle a eso de la belleza, pero Andrés tiene ese fetichismo que me hace cuidármelos, fuera de eso ni maquillaje me pongo.
Tocaron la puerta y Andrés, refunfuñando, salió a atender. Vivimos en el nivel doce así que difícilmente se trataba de vendedores.
Escuché risas y reconocí la voz de Gerardo, el papá de Andrés, quien extrañamente aparecía de visita. Me apresuré a vestirme y salí del dormitorio con el pelo amarrado con una toalla.
Gerardo es un tipo jovial, a pesar de tener más de sesenta años. Como es de esperar no se lleva muy bien con Andrés, que es el más joven de sus cinco hijos y el único de su segundo matrimonio.
Nos sentamos en la salita y Gerardo sacó un paquete: salmón, quesos, fruta y dos botellas de vino. Fui por platos y vasos, porque no tenemos copas. Andrés no apagó la tele, levantaba la mirada para concentrarse en no sé quién que llevaba la pelota. Gerardo estaba nostálgico, sirvió el vino y preparó un plato con todo lo que traía, aquello evidenciaba sus gustos de gourmet. No habían transcurrido cinco minutos cuando Andrés se pasó al dormitorio a ver el partido, dejándome con Gerardo en la salita.
Mi suegro, acostumbrado como está al rechazo de sus hijos, comenzó a darme una clase de enología y a describir el maridaje del vino con la comida. Me sentí incómoda, Gerardo me cae bien pero eso de echarme los vinos con el suegro, que además estaba nostálgico, no me hacía gracia. Para no hablar decidí volver a encender el DVD, pero la película catalizó emociones que yo desconocía en Gerardo. "Quitala patoja", me dijo, "es precisamente de París, de donde vengo huyendo hoy".
Apagué el DVD y durante los siguientes cuarenta minutos me enteré de la vida secreta de Gerardo en París, sus amantes, su intento de estudiar ciencias sociales en una época en que aquello era mal visto en Guatemala. "Mija, cómo me gustaría que Andrés entendiera". Cada palabra y frase de Gerardo me intrigaban más. ¿Por qué Andrés siempre había dicho que su padre era un vulgar neoliberal y explotador? Recordaba alguna de sus intervenciones en la universidad, cuando él mismo criticaba la indolencia de los viejos y su comodidad en cuanto a mantener su zona de confort y no contaminarse con ninguna lucha. Gerardo describía la violencia de París en ese mayo, cuando él comenzaba a estudiar en La Sorbona, aprovechando la nacionalidad materna. Reseñaba la imagen de los jóvenes enardecidos, en las plazas, la paliza que le dieron a su amante en una incursión, las piedras que volaban. Me describió, paso a paso, como se arma un cóctel molotov, y el final donde, igual que el protagonista de la película, al calor de los acontecimientos, simplemente huyó, dejó a la novia herida, se vino de regreso a Guatemala, sin terminar sus estudios, a retomar su vida anterior, a terminar una carrera de medicina que le había dado fama, su postgrado en Houston, su matrimonio con la chica de "buena familia" y su vida profesional en Chicago.
"No podíamos regresar, no era el momento, nos dedicamos a apoyar a la guerrilla, a enviar dinero. Los amigos que se quedaron en París y el resto de Europa eran los más solidarios, los que vivíamos en Estados Unidos mandábamos menos dinero. En 1980 me regresé, mi matrimonio ya había terminado y conocí a la mamá de Andrés, que estudiaba allá, ella me convenció de retornar. Andrés nació en el 81. El clima en Guatemala era duro, tiempos de Ríos Montt, Liliana estaba involucrada con la guerrilla, pero yo traía dólares y prestigio. Pronto se habituó a la vida burguesa, la casa bien equipada, que heredé de mi padre, en principio era una fachada magnífica para poder llevar a los compas y ocultarlos, pronto nos desligamos. Nos fuimos a Costa Rica, huyendo para que los amigos no nos hicieran nada, y recién en el 96 regresamos. Patoja, la vida de Andrés no ha sido fácil, creeme, aún cuando ahora estudia en una universidad cara, su odio a las revoluciones tiene mucho sentido".
El partido terminó y Andrés salió del dormitorio con una gran sonrisa, al parecer había ganado el Real Madrid. Gerardo se había tomado, él solo, la primera botella y procedía a abrir la segunda, para convidarnos. Entonces percibí un vestigio de camaradería entre ellos. Se sentaron uno al lado del otro y procedieron a catar el vino y a hacer bromas familiares, de esas que nadie más entiende. En ese momento entendí hasta dónde penetró París y como se habían enconado en ellos las diferencias de ese mundo polarizado. Cuando Gerardo se fue me dije, las manzanas nunca caen demasiado lejos del árbol.
Solange Nin
lunes, 5 de mayo de 2008
Esto No es Paja: I Juegos florales pajeros –Guatemala 2008–
Sigan enviando sus trabajos.
Haga click aquí para ver las bases

Haga click en la imagen para agrandarla
Doy la bienvenida a un grupo nutrido de escritores de la farándula Guatequilera dizque pajera, que la noche antes del asueto del primero de mayo, en acto solemne de entrega de libro y toda la paja, presentaron sus propias pajas. Al buen estilo de Simón dice; papel que involuntariamente le tocó jugar a una entidad patrocinadora española, que al ignorar la pre-existencia y paternidad de los cuentos pajeros, convocó a escritores, quienes a la usanza chapina de: metámonos a cargar (publicar) aunque no sepamos que santo llevamos, se dieron a ejercitar la manuela, sin saber que estaban consumando el truculento plan sacado de la manga maquiavélica de un imitador. Devotamente subieron en andas a un admirador de nuestro blog, quien en plan doloso inventó el agua azucarada y tituló su imitación con un término similar (como las farmacias), lo mismo pero más barato (aunque escritos con una fórmula genérica propia de El gran hermano: jóvenes: me preparan "para ayer" un cuento sobre una anécdota guatemalteca, porque les voy a publicar).
Aclaro de nuevo, las ideas pajeras originales pertenecen al subgénero literario del cuento guatemalteco: Cuentos pajeros, que ellos espuriamente trataron de imitar. Muchos de estos escritores según información de mis discípulos, juran que fueron sorprendidos en su buena fe, y otros que, de plano, ya bien duchos en la técnica de unámonos a Tyson porque aquí se vale morder orejas, se dieron su palmada en la espalda y con ello, gracias o su buena o espuria fe, no podrán negar que a partir de ahora serán: discípulos de Johan Bush Walls nacidos fuera del canasto.
Sean ustedes bienvenidos y tomen su lugar fuera del canasto prometido, por los siglos de los siglos.
Para aquellos que no fueron convocados a esa movida y otros que como buenos ratones de biblioteca huelen el falso queso de Racumincho; les queremos informar que aún sigue abierto el concurso que desde hace algunas semanas se abrió en este blog:
http://cuentospajeros.blogspot.com/
en donde ya hemos estado recibiendo trabajos, de calidad pajera garantizada y a prueba de imitaciones, que nos envían los lectores blogueros que quieren entrarle a los cuentos pajeros de frente y en buena onda pajera. Aunque pensándolo bien, y como no somos excluyentes, pueden participar incluso los imitadores.
A todos los lectores del blog les agradezco su original preferencia y a los participantes del concurso va mi felicitación por sus trabajos pajeros tan bien logrados, que no tienen nada que envidiarle a los que escriben mis discípulos. Aunque sólo uno de ellos recibirá el primer premio.
Salud por eso.
Johan Bush Walls
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Doy la bienvenida a un grupo nutrido de escritores de la farándula Guatequilera dizque pajera, que la noche antes del asueto del primero de mayo, en acto solemne de entrega de libro y toda la paja, presentaron sus propias pajas. Al buen estilo de Simón dice; papel que involuntariamente le tocó jugar a una entidad patrocinadora española, que al ignorar la pre-existencia y paternidad de los cuentos pajeros, convocó a escritores, quienes a la usanza chapina de: metámonos a cargar (publicar) aunque no sepamos que santo llevamos, se dieron a ejercitar la manuela, sin saber que estaban consumando el truculento plan sacado de la manga maquiavélica de un imitador. Devotamente subieron en andas a un admirador de nuestro blog, quien en plan doloso inventó el agua azucarada y tituló su imitación con un término similar (como las farmacias), lo mismo pero más barato (aunque escritos con una fórmula genérica propia de El gran hermano: jóvenes: me preparan "para ayer" un cuento sobre una anécdota guatemalteca, porque les voy a publicar).
Aclaro de nuevo, las ideas pajeras originales pertenecen al subgénero literario del cuento guatemalteco: Cuentos pajeros, que ellos espuriamente trataron de imitar. Muchos de estos escritores según información de mis discípulos, juran que fueron sorprendidos en su buena fe, y otros que, de plano, ya bien duchos en la técnica de unámonos a Tyson porque aquí se vale morder orejas, se dieron su palmada en la espalda y con ello, gracias o su buena o espuria fe, no podrán negar que a partir de ahora serán: discípulos de Johan Bush Walls nacidos fuera del canasto.
Sean ustedes bienvenidos y tomen su lugar fuera del canasto prometido, por los siglos de los siglos.
Para aquellos que no fueron convocados a esa movida y otros que como buenos ratones de biblioteca huelen el falso queso de Racumincho; les queremos informar que aún sigue abierto el concurso que desde hace algunas semanas se abrió en este blog:
http://cuentospajeros.blogspot.com/
en donde ya hemos estado recibiendo trabajos, de calidad pajera garantizada y a prueba de imitaciones, que nos envían los lectores blogueros que quieren entrarle a los cuentos pajeros de frente y en buena onda pajera. Aunque pensándolo bien, y como no somos excluyentes, pueden participar incluso los imitadores.
A todos los lectores del blog les agradezco su original preferencia y a los participantes del concurso va mi felicitación por sus trabajos pajeros tan bien logrados, que no tienen nada que envidiarle a los que escriben mis discípulos. Aunque sólo uno de ellos recibirá el primer premio.
Salud por eso.
Johan Bush Walls
La edad del hule
De la serie los hombres objeto o con apodo (también las mujeres para no ser excluyente)
Elástico era su apodo, se lo gano a pulso, en un principio le llamaron chicle, hule, incluso goma, pero le hacía falta algo más que ser "de al tiro" flexible.
Era un chicle, en sus primeras épocas se pegaba a cuanto ingenuo e ingenua se dejaba, permanecía largas horas debajo de una mesa, en el canto de la tabla, agazapado, esperando en algún momento poderse pegar a algo o alguien, luego cambió de estrategia y se movió al talishte hule grueso y duro como caite viejo de hippie mal oliente, era la época en que todo le rebotaba y quedaba indemne hasta que un día le prendieron fuego y se asustó.
"Goma" fue el más efímero de sus apodos, se lo adjudicaron cuando empezó a perder la memoria, no había manera que diera una, hasta que se acoplo a su nueva personalidad: el elástico era perfecto, todo le venía guango en algún momento, pero en otro era capaz de agarrar lo más sagrado de los pelos y acarrear un gran dolor. Era un apodo que hasta reflejaba el modo en que se movía: los brazos caídos, flácidos, hacia los lados, con movimientos ondulatorios cada vez que levantaba uno. Sus palabras eran ondas de baja frecuencia articulando un lenguaje de literato rebuscado, de los que nadie lee, y ese era precisamente su dilema.
En su época de chicle se le pegaron las letras, pera ahora de elástico le era mas difícil, tenía que estarse pulsando a distintas direcciones, sin moralidad alguna; claro, esa era la parte de ser elástico que más le gustaba, oía una voz ingenua, la acoplaba a su justa frecuencia, oía una voz madura inmediatamente la rechazaba, en su nueva forma de elástico se repetía, vibrando en un juicio inmutable: “la caducidad esta en el oficio”. Hasta que un buen día, ¡oh sorpresa!, sus brazos flácidos se acalambraron, su lengua lírica sólo escupía una sarta de repeticiones, sin poder incluir una vibrante idea nueva, y de eso se dieron cuenta sus más fervientes admiradores, (porque los fue recogiendo en el camino, en sus distintas épocas), que inmediatamente le llamaron “el tieso”.
Ahora repite para sí: “la genialidad esta en el oficio de la repetición”. A eso se dedica por estos días: a repetir todo lo que no puede crear.
Poncho Pilatus
Elástico era su apodo, se lo gano a pulso, en un principio le llamaron chicle, hule, incluso goma, pero le hacía falta algo más que ser "de al tiro" flexible.
Era un chicle, en sus primeras épocas se pegaba a cuanto ingenuo e ingenua se dejaba, permanecía largas horas debajo de una mesa, en el canto de la tabla, agazapado, esperando en algún momento poderse pegar a algo o alguien, luego cambió de estrategia y se movió al talishte hule grueso y duro como caite viejo de hippie mal oliente, era la época en que todo le rebotaba y quedaba indemne hasta que un día le prendieron fuego y se asustó.
"Goma" fue el más efímero de sus apodos, se lo adjudicaron cuando empezó a perder la memoria, no había manera que diera una, hasta que se acoplo a su nueva personalidad: el elástico era perfecto, todo le venía guango en algún momento, pero en otro era capaz de agarrar lo más sagrado de los pelos y acarrear un gran dolor. Era un apodo que hasta reflejaba el modo en que se movía: los brazos caídos, flácidos, hacia los lados, con movimientos ondulatorios cada vez que levantaba uno. Sus palabras eran ondas de baja frecuencia articulando un lenguaje de literato rebuscado, de los que nadie lee, y ese era precisamente su dilema.
En su época de chicle se le pegaron las letras, pera ahora de elástico le era mas difícil, tenía que estarse pulsando a distintas direcciones, sin moralidad alguna; claro, esa era la parte de ser elástico que más le gustaba, oía una voz ingenua, la acoplaba a su justa frecuencia, oía una voz madura inmediatamente la rechazaba, en su nueva forma de elástico se repetía, vibrando en un juicio inmutable: “la caducidad esta en el oficio”. Hasta que un buen día, ¡oh sorpresa!, sus brazos flácidos se acalambraron, su lengua lírica sólo escupía una sarta de repeticiones, sin poder incluir una vibrante idea nueva, y de eso se dieron cuenta sus más fervientes admiradores, (porque los fue recogiendo en el camino, en sus distintas épocas), que inmediatamente le llamaron “el tieso”.
Ahora repite para sí: “la genialidad esta en el oficio de la repetición”. A eso se dedica por estos días: a repetir todo lo que no puede crear.
Poncho Pilatus
viernes, 2 de mayo de 2008
miércoles, 30 de abril de 2008
Sin proponérmelo

Primera derivación de los cuentos pajeros
El otro día tuve que publicar una aclaración con respecto a mi identidad, pues como soy escritor pajero hay gente que no cree lo que dice mi perfil. O sea que sin proponérmelo levanté la curiosidad en muchos y por eso se han dado a la tarea de averiguar quien soy, de donde vengo, en que trabajo, en donde me mantengo, en donde vivo; en fin, esas son cosas que solo pasan aquí. Por tal motivo también me he ganado enemigos... o admiradores, ¿quién sabe?, lo digo porque antes de cumplir dos meses de estar publicando alguien clonó mi blog, luego de eso han suplantado mi identidad y me han seguido plagiando, aunque pensándolo bien retiro lo del plagio, se oye muy feo y acusatorio, ese no es mi estilo, mejor apelo a mi reciente adquirida arrogancia y asumo que, de plano, estoy creando escuela; por ejemplo, de los cuentos pajeros se ha desprendido un ramal que han dado en llamar cuentos casaqueros, de hecho hasta una recopilación hicieron. Otro ejemplo, uno de mis discípulos, Pepe Luis Cardamomo, hace entrevistas pajeras y por ahí han surgido las entrevistas tushteras, esa se la echaron buena. Aclaro algo, por aquello que no lo sepan, casaquero viene de casaca y tushtero viene de tushte, en lenguaje coloquial ambas palabras son sinónimo de paja; esto me trae a la memoria el comentario enviado por una lectora a mi correo, decía algo así: “acaso paja no se refiere, ejem, al onanismo? pues en América, España y sus colonias Paja es sinónimo de masturbación; luego recordé que en México le dicen “chaqueta” y en este país “casaca” y que una página electrónica dice que tanto “puñeta” como “chaqueta” se refieren no al saquito, abrigo o casaca, sino más bien a la conducta de abrigar al amigo o amiga con la mano, por eso también se le llama manuela.
Hay pajas de pajas y pajeros que se las creen ellos mismos, Pero bueno, el asunto es que me topo con discípulos que carecen de rigor investigativo y se creen sus propias pajas, yo les digo, no muchá, así no son las cosas, pero ellos me dicen que la casaca es casaca porque está llena de adornos, que es pura paja pues, entonces yo les digo, otra vez, la cosa no es así, pero allá ustedes. De cualquier manera, los cuentos pajeros como el onanismo son agradables y disfrutables y, por lo visto, imitables, parece que cuando uno se echa una a los demás se les antoja.
O sea que sin proponérmelo estoy creando un estilo de escribir digno de imitar, estoy obteniendo seguidores no confesos y hasta estoy dejando huella. Confieso que a veces llego a pensar que son ingratos, pues sin decírmelo utilizan mis ideas, pero luego me digo que probablemente han sido alumnos de mis talleres o asiduos lectores de mi blog y que solo tratan de homenajearme.
Salud por eso.
Johan Bush Walls
lunes, 28 de abril de 2008
Mala espina
El día había terminado como todos los días. Ver a Ruthilia, despedirme de ella justo a tiempo para recoger a mis hijos; no menciono en donde porque habría que decir que fue en la casa de mi ex-mujer y eso me provoca un sentimiento de desesperación, su sola presencia me produce una rara sensación de asfixia. Los tuve que esperar afuera durante diez minutos. Ya dentro del carro, Juliancito subió haciendo el usual berrinche pasajero, el que le provoca su hermano quien siempre anda molestándolo, se calma luego de amenazarlo con quitarle el juguete de turno, por estos días es un PSP que le regalé en su cumpleaños, acaba de cumplir seis. Yo iba un poco molesto porque no tenía ni un centavo en la bolsa, porque el cajero automático de la oficina no servía, tengo que mencionar que casi se tragó mi tarjeta, me debitó cien quetzales y no me los dio; entonces tenía que buscar un cajero en el camino a casa, porque no había cenado y, de plano, algo tenía que comprar para quitar el hambre. Justo en la salida a la Roosevelt, en donde se termina la Mateo Flores, hay una gasolinera y un cajero automático, pero para acceder tuve que hacer una maniobra, no tan peligrosa, pero significaba recorrer una pequeña distancia en contra de la vía, igual soy anárquico. Ya con el billetito de a cien entre la billetera me relajé bastante, la falta del bendito dinero siempre los estresa a uno. Mi hijo mayor iba entretenido con el videojuego y el pequeño alargaba la cabeza para tratar de ver un poco.
Uno nunca sabe cuando las cosas rutinarias van a causar un problema, entonces pasé a la panadería, compré dos panes integrales, un bocado de reina, luego retrocedí un poco hacia la tienda y pedí cuatro salchichas para ponerlas en los panes y completar la cena. Ya en la casa hice café, los patojos se acomodaron, comí tranquilo, pero con la hueva que siempre me da el sólo pensar que debo lavar mi ropa del día anterior, tenderla y entrar la que se quedó tendida; hasta aquí no imaginaba lo que estaba por pasar. La cena terminó, terminé los quehaceres, me dispuse a ponerme cómodo, a descansar pues, fue entonces cuando sentí la molestia en la garganta, me tragué un pelo pensé, esas son cosas que suceden más o menos seguido, todo mundo sabe cual es el procedimiento para expulsar un pelo de la garganta, se carraspea un poco, como quien quiere escupir una flema, y casi siempre el pelo o lo que sea que esté trabado sale. Pero ahí está que no salió, pues le doy más duro dije, y así lo hice, carraspié, carraspié y el objeto trabado en la garganta no pude expulsar, me provoqué vomito y nada, pasaron cinco minutos y nada, diez minutos y nada, quince y nada, cuarenta y cinco y nada. ¡Ah puta! dije, bueno, no lo dije pero lo pensé, esto no es nomás, así que decidí llamar a Ruthilia para que me llevara al hospital más cercano, ella es lo mejor que me ha pasado en la vida, tengo que decirlo, y como nos vamos a casar, entonces esta fue su primera prueba para demostrar aquello que dice: "en la salud y en la enfermedad", así que nos dirigimos a uno que está en Las Charcas; luego de una gran vuelta llegamos, ese hospital es infame, de verdad, no tiene cuartitos para atender a los pacientes en la emergencia, sólo tienen unas cortinas, que gacho pensé, no voy a venir aquí a decir que por lo menos soy afortunado de poder ir a uno privado, que tendría que pensar en los que van al General. Vino un doctor calvo, a quien se le veían unas ganas terribles de irse a su casa, con esa actitud me abrió la boca, me bajó la lengua con una paleta, casi vomité; por simple inspección dedujo que tenía inflamado, que por eso tenía la molestia en la garganta y había que nebulizarme. La enfermera me nebulizó, después me hizo esperar a que regresara el doctor, él me vio de nuevo, le dije que seguía con la molestia, le pregunté si podía llamar a un otorrinolaringólogo, lo hizo a regañadientes, habló con él, después me dijo: "el doctor no puede venir ahora, lo voy a dejar internado y mañana viene él y lo examina"; mi huevo dije yo, bueno, no lo dije, pero no me quise quedar. Pagué la cuenta y de inmediato le mencioné a Ruthilia que me sentía estafado, porque tuve que pagar y no me habían curado, tengo la costumbre de alegar y exigir mis derechos, juro que es cierto; pero como eran ya casi las doce de la noche mejor decidí irme tranquilo, rumiando mi inconformidad; de alguna manera esperaba que dormiría tranquilo y al despertar la molestia en la garganta habría desaparecido.
Amaneció y ¡oh, sorpresa!, la molestia seguía ahí. ¡Qué pisados! dije, bueno, no lo dije, lo pensé, iré donde un otorrinolaringólogo a medio día. Hice la cita, espere la hora de almuerzo y fui. Ya en la clínica me examinaron, me bajaron la lengua, me metieron un bajalenguas más grande, pero nada se veía, "venga", me dijo el doctor, le haré una laringoscopía, ¡puta! dije yo, ya saben, no lo dije, lo pensé, así que me meten una cámara por la nariz y empiezan a hurgar en mi garganta, unos segundos de búsqueda, que en esos casos uno siempre siente que son horas y ¡zas! una espina cerota estaba clavada detrás de la gargola, golgota, golgotina, úgula, si, eso es úgula o campanita pues, bueno, así sonaba pero en realidad se llama úvula. El procedimiento para extraerla era sencillo, mantener la cámara dentro de mi garganta, meter una pinza y ya. Pero puta, eso si lo estoy diciendo, no fue tan sencillo, resulta que la espina cerota estaba muy adentro y la pinza no alcanzaba y el bajalenguas me provocaba nausea y lo escupía y cerraba la boca y el doctor decía aguante no trague relájese métase el bajalenguas en el culo viejo cerote pensaba yo me dejaba tranquilo un rato y después otro intento con un bajalenguas más grande pero nada la espina no cedía vamos a otro lado vamos a intentar de otra forma acuéstese ahí extienda el cuello un bajalenguas más grande abra la boca ya la vi ya la vi la tengo la tengo puta que mierda (eso lo pensó el doctor) la pinza es muy pequeña relájese voy a conseguir una pinza más grande pero ya la vi ahora si la saco acuéstese media hora después ni mierda. A todo esto yo había dado varias vueltas por la clínica, pataleado en la camilla, aguantado como los machos, el dolor era intenso, llegó otro médico, me habían metido y sacado unas cuatro veces la cámara de la nariz, el otro doctor dijo, "a ver, voy a probar yo, sólo por probar", que deahuevo pensé yo, pero que otra, tuve que dejar que interviniera y nada. "Voy a hacer un último intento con la cámara", dijo el primer doctor, si no pues lo hospitalizamos, lo dormimos y sacamos la espina. De nuevo la cámara por la nariz, buscando y buscando, pero la espina ya no estaba, ¿qué putas se hizo?, dije yo, bueno no lo dije, lo pensé. Ya no está dijo el doctor, con aire de satisfacción. Yo no estaba convencido, hubiera querido verla atrapada en la pinza, la deducción fue que de tanto verguiarme la garganta, con una pinza, con otra, con el bajalenguas, y todo eso, la espina se desprendió y me la tragué. Ahí quedó todo, bueno eso no fue todo, porque después vino la gran clavada con la cuenta y el pago del parqueo, otra espina, esta vez clavada en mi billetera. A estas alturas tengo las molestias de la gran arrastrada que me dio el doctor, me quedó la insatisfacción de no ver el artilugio que provocó todo, pero ya terminó. Al menos eso espero, porque sigo con la cosa de que no vi salir la espina.
Julian Espinoza
Uno nunca sabe cuando las cosas rutinarias van a causar un problema, entonces pasé a la panadería, compré dos panes integrales, un bocado de reina, luego retrocedí un poco hacia la tienda y pedí cuatro salchichas para ponerlas en los panes y completar la cena. Ya en la casa hice café, los patojos se acomodaron, comí tranquilo, pero con la hueva que siempre me da el sólo pensar que debo lavar mi ropa del día anterior, tenderla y entrar la que se quedó tendida; hasta aquí no imaginaba lo que estaba por pasar. La cena terminó, terminé los quehaceres, me dispuse a ponerme cómodo, a descansar pues, fue entonces cuando sentí la molestia en la garganta, me tragué un pelo pensé, esas son cosas que suceden más o menos seguido, todo mundo sabe cual es el procedimiento para expulsar un pelo de la garganta, se carraspea un poco, como quien quiere escupir una flema, y casi siempre el pelo o lo que sea que esté trabado sale. Pero ahí está que no salió, pues le doy más duro dije, y así lo hice, carraspié, carraspié y el objeto trabado en la garganta no pude expulsar, me provoqué vomito y nada, pasaron cinco minutos y nada, diez minutos y nada, quince y nada, cuarenta y cinco y nada. ¡Ah puta! dije, bueno, no lo dije pero lo pensé, esto no es nomás, así que decidí llamar a Ruthilia para que me llevara al hospital más cercano, ella es lo mejor que me ha pasado en la vida, tengo que decirlo, y como nos vamos a casar, entonces esta fue su primera prueba para demostrar aquello que dice: "en la salud y en la enfermedad", así que nos dirigimos a uno que está en Las Charcas; luego de una gran vuelta llegamos, ese hospital es infame, de verdad, no tiene cuartitos para atender a los pacientes en la emergencia, sólo tienen unas cortinas, que gacho pensé, no voy a venir aquí a decir que por lo menos soy afortunado de poder ir a uno privado, que tendría que pensar en los que van al General. Vino un doctor calvo, a quien se le veían unas ganas terribles de irse a su casa, con esa actitud me abrió la boca, me bajó la lengua con una paleta, casi vomité; por simple inspección dedujo que tenía inflamado, que por eso tenía la molestia en la garganta y había que nebulizarme. La enfermera me nebulizó, después me hizo esperar a que regresara el doctor, él me vio de nuevo, le dije que seguía con la molestia, le pregunté si podía llamar a un otorrinolaringólogo, lo hizo a regañadientes, habló con él, después me dijo: "el doctor no puede venir ahora, lo voy a dejar internado y mañana viene él y lo examina"; mi huevo dije yo, bueno, no lo dije, pero no me quise quedar. Pagué la cuenta y de inmediato le mencioné a Ruthilia que me sentía estafado, porque tuve que pagar y no me habían curado, tengo la costumbre de alegar y exigir mis derechos, juro que es cierto; pero como eran ya casi las doce de la noche mejor decidí irme tranquilo, rumiando mi inconformidad; de alguna manera esperaba que dormiría tranquilo y al despertar la molestia en la garganta habría desaparecido.
Amaneció y ¡oh, sorpresa!, la molestia seguía ahí. ¡Qué pisados! dije, bueno, no lo dije, lo pensé, iré donde un otorrinolaringólogo a medio día. Hice la cita, espere la hora de almuerzo y fui. Ya en la clínica me examinaron, me bajaron la lengua, me metieron un bajalenguas más grande, pero nada se veía, "venga", me dijo el doctor, le haré una laringoscopía, ¡puta! dije yo, ya saben, no lo dije, lo pensé, así que me meten una cámara por la nariz y empiezan a hurgar en mi garganta, unos segundos de búsqueda, que en esos casos uno siempre siente que son horas y ¡zas! una espina cerota estaba clavada detrás de la gargola, golgota, golgotina, úgula, si, eso es úgula o campanita pues, bueno, así sonaba pero en realidad se llama úvula. El procedimiento para extraerla era sencillo, mantener la cámara dentro de mi garganta, meter una pinza y ya. Pero puta, eso si lo estoy diciendo, no fue tan sencillo, resulta que la espina cerota estaba muy adentro y la pinza no alcanzaba y el bajalenguas me provocaba nausea y lo escupía y cerraba la boca y el doctor decía aguante no trague relájese métase el bajalenguas en el culo viejo cerote pensaba yo me dejaba tranquilo un rato y después otro intento con un bajalenguas más grande pero nada la espina no cedía vamos a otro lado vamos a intentar de otra forma acuéstese ahí extienda el cuello un bajalenguas más grande abra la boca ya la vi ya la vi la tengo la tengo puta que mierda (eso lo pensó el doctor) la pinza es muy pequeña relájese voy a conseguir una pinza más grande pero ya la vi ahora si la saco acuéstese media hora después ni mierda. A todo esto yo había dado varias vueltas por la clínica, pataleado en la camilla, aguantado como los machos, el dolor era intenso, llegó otro médico, me habían metido y sacado unas cuatro veces la cámara de la nariz, el otro doctor dijo, "a ver, voy a probar yo, sólo por probar", que deahuevo pensé yo, pero que otra, tuve que dejar que interviniera y nada. "Voy a hacer un último intento con la cámara", dijo el primer doctor, si no pues lo hospitalizamos, lo dormimos y sacamos la espina. De nuevo la cámara por la nariz, buscando y buscando, pero la espina ya no estaba, ¿qué putas se hizo?, dije yo, bueno no lo dije, lo pensé. Ya no está dijo el doctor, con aire de satisfacción. Yo no estaba convencido, hubiera querido verla atrapada en la pinza, la deducción fue que de tanto verguiarme la garganta, con una pinza, con otra, con el bajalenguas, y todo eso, la espina se desprendió y me la tragué. Ahí quedó todo, bueno eso no fue todo, porque después vino la gran clavada con la cuenta y el pago del parqueo, otra espina, esta vez clavada en mi billetera. A estas alturas tengo las molestias de la gran arrastrada que me dio el doctor, me quedó la insatisfacción de no ver el artilugio que provocó todo, pero ya terminó. Al menos eso espero, porque sigo con la cosa de que no vi salir la espina.
Julian Espinoza
viernes, 25 de abril de 2008
Día del libro
Les comparto, en mi blog personal, unas reflexiones sobre el día del libro.
http://johanbush.blogspot.com/
http://johanbush.blogspot.com/
jueves, 24 de abril de 2008
Entrevista pajera con Johan Bush Walls —II Parte—
“...todo mundo me quería de padrino...”
II Parte Entrevista exclusiva a Johan Bush Walls.
Centrado y a la vez perspicaz, Johan Bush Walls se toma un respiro en la conversación, se sirve una copa con vino, me ofrece otra. No puedo aceptarla. Él observa, toma un sorbo, lo mantiene en la boca unos instantes, como un gran catador.
De alguna manera, me hace intuir que no gusta hablar de ciertos temas.
¿Le gusta hablar sobre temas polémicos?
A mis talleristas les encanta, a mi eso me parece ocioso, pues no vaya uno a mencionar a alguien, menos si ese alguien se considera escritor, porque muchos tienen el ego cristalizado, entonces prefiero no tocarlos.
¿Algún tipo de complacencia?
Para nada, no estoy comprometido con nadie. Simplemente no le encuentro sentido a hacer polémica sólo para que alguien me ponga atención.
¿Cómo inicia sus talleres en este país?
Cuando vine al país encontré un nido de nuevos escritores. Que sabían todo sobre todo y al mismo tiempo nada. Una agencia de publicidad me hace la campaña para anunciar los talleres.
¿Pero su publicidad no salió en todos los medios de comunicación?
Esa fue una estrategia de mercado. Los asesores de marca me aconsejaron publicar en revistas especializadas, el grupo objetivo era el de los intelectuales, era más fácil captarlos de esta forma. Recuerde que muchos leen revistas intelectuales para sentirse intelectuales.
¿Y funcionó?
Pues ya son varias ediciones de libros las que he apadrinado.
¿Se cree padrino de la literatura local?
Nunca fue mi intención, pero todo mundo me quería de padrino, aquí piensan que si tal o cual persona, más si es un autor reconocido, hace la presentación o el prólogo de su libro se tiene la fama garantizada, eso los embriaga, aunque se trate de fama efímera.
Habla sobre padrinos, pupilos, talleres ¿Podemos creer que está descubriendo una nueva generación o grupo literario?
Eso lo dicen otros, como Sabihondo Piláz, no lo digo yo. Creo que estoy haciendo algo que nadie había hecho. Me paro a pregonar cosas que todos ven y nadie dice. Aunque para la mayoría simplemente digo pajas.
¿Es así como surgen los cuentos pajeros?
En mi país los cuentos pajeros son cuentos de relleno. Al igual que la paja sirve para rellenar colchones, estos cuentos sirven para rellenar libros. Sucede que aquí han tenido gran aceptación.
¿Y el blog?
Si en la actualidad todos tienen un blog, ¿por qué yo no puedo tenerlo? Además es una forma de democratizar los talleres. Ahora todos pueden tener acceso a los cuentos y de esa manera instruirse un poco, mire pues ya se me está agrandando el ego, pero recuerde que soy escritor pajero. También es una estrategia para publicar nuevos escritores y que los lectores, ese gran público desconocido, puedan reírse o llorar un poco entre tanta paja; ahora además de pajero estoy siendo pretencioso. Al final el blog ha sido un medio para irrumpir, sin hacer cola, en la literatura nacional, un motivo para volverme arrogante, ya vio pues.
En la última entrega Johan Bush Walls hablará sobre escritores, literatura y el futuro.
Pepe Luis Cardamomo
II Parte Entrevista exclusiva a Johan Bush Walls.
Centrado y a la vez perspicaz, Johan Bush Walls se toma un respiro en la conversación, se sirve una copa con vino, me ofrece otra. No puedo aceptarla. Él observa, toma un sorbo, lo mantiene en la boca unos instantes, como un gran catador.
De alguna manera, me hace intuir que no gusta hablar de ciertos temas.
¿Le gusta hablar sobre temas polémicos?
A mis talleristas les encanta, a mi eso me parece ocioso, pues no vaya uno a mencionar a alguien, menos si ese alguien se considera escritor, porque muchos tienen el ego cristalizado, entonces prefiero no tocarlos.
¿Algún tipo de complacencia?
Para nada, no estoy comprometido con nadie. Simplemente no le encuentro sentido a hacer polémica sólo para que alguien me ponga atención.
¿Cómo inicia sus talleres en este país?
Cuando vine al país encontré un nido de nuevos escritores. Que sabían todo sobre todo y al mismo tiempo nada. Una agencia de publicidad me hace la campaña para anunciar los talleres.
¿Pero su publicidad no salió en todos los medios de comunicación?
Esa fue una estrategia de mercado. Los asesores de marca me aconsejaron publicar en revistas especializadas, el grupo objetivo era el de los intelectuales, era más fácil captarlos de esta forma. Recuerde que muchos leen revistas intelectuales para sentirse intelectuales.
¿Y funcionó?
Pues ya son varias ediciones de libros las que he apadrinado.
¿Se cree padrino de la literatura local?
Nunca fue mi intención, pero todo mundo me quería de padrino, aquí piensan que si tal o cual persona, más si es un autor reconocido, hace la presentación o el prólogo de su libro se tiene la fama garantizada, eso los embriaga, aunque se trate de fama efímera.
Habla sobre padrinos, pupilos, talleres ¿Podemos creer que está descubriendo una nueva generación o grupo literario?
Eso lo dicen otros, como Sabihondo Piláz, no lo digo yo. Creo que estoy haciendo algo que nadie había hecho. Me paro a pregonar cosas que todos ven y nadie dice. Aunque para la mayoría simplemente digo pajas.
¿Es así como surgen los cuentos pajeros?
En mi país los cuentos pajeros son cuentos de relleno. Al igual que la paja sirve para rellenar colchones, estos cuentos sirven para rellenar libros. Sucede que aquí han tenido gran aceptación.
¿Y el blog?
Si en la actualidad todos tienen un blog, ¿por qué yo no puedo tenerlo? Además es una forma de democratizar los talleres. Ahora todos pueden tener acceso a los cuentos y de esa manera instruirse un poco, mire pues ya se me está agrandando el ego, pero recuerde que soy escritor pajero. También es una estrategia para publicar nuevos escritores y que los lectores, ese gran público desconocido, puedan reírse o llorar un poco entre tanta paja; ahora además de pajero estoy siendo pretencioso. Al final el blog ha sido un medio para irrumpir, sin hacer cola, en la literatura nacional, un motivo para volverme arrogante, ya vio pues.
En la última entrega Johan Bush Walls hablará sobre escritores, literatura y el futuro.
Pepe Luis Cardamomo
miércoles, 23 de abril de 2008
lunes, 21 de abril de 2008
Pequeña realeza
Había pasado la semana en la casa, una residencia de varios dormitorios, a la orilla del lago de Atitlán. A estas alturas ya no tenía dudas del enorme error que cometió al casarse, pero estaba hecho, no había necesidad de revertirlo, ella le daba imagen de heterosexual y con eso era suficiente en esta época de intolerancia.
Las visitas al chalet llegaban diariamente, amigos criollos, insolentes, algunos rivales de su anterior marido, todos imploraban conocer al francés. No se fueron a El Salvador porque ella prefería la sociedad guatemalteca. A él lo tenían recluido, enfermo, según ella, por eso no lo dejaba volar, así que se pasaba el día sentado cerca del lago, viendo flotar las piedras volcánicas que él mismo lanzaba, de una en una, sólo para mirarlas ascender borbotando. Ya no se sentía herido, por el contrario, la vida y la necesidad de explorar se desbordaban en su cuerpo, mientras ella se las daba de condesa, paseando por la casa vistiendo batas de seda y obligándolo a vestirse decente, para apantallar a sus amigas.
El muchachito moreno que se le quedó viendo, mientras él intentaba copiar el cerro de La campana, se rió de sus habilidades para dibujar, y luego le habló en un idioma gutural, ininteligible; su risa era contagiosa y su postura despedía un aire de superioridad indescriptible. Le revisaba los dibujos, al tiempo que le daba sugerencias con palabras que no podía entender, le hacía dibujos y notas que tampoco le era posible leer, y lo que era peor, no podía evitarlo, el niño era latoso como pocos, pero tierno a la vez.
A pesar de las diferencias en el lenguaje, luego de un par de días de verse, se las arreglaron para comunicarse. Entonces el chico, con su escaso español, le decía Don Antonio y él no sabía como llamarle. El segundo día el muchachito andaba con un corderito lanudo, así se enteró que en esas comunidades algunas personas se dedicaban al pastoreo; el chico lo invitó a subir la empinada cuesta y descubrir que en ese espacio, que parecía ínfimo, en donde pastoreaba ovejas, no muy lejos, caía hielo en la madrugada, lo que convertía el lugar en un paisaje casi alpino y decididamente familiar. Le daba la impresión que ese niño era extra-terrestre, caminaba mucho más que los pastores alpinos que recordaba; además pensaba que este pequeño país parecía siempre estar atorado de cosas, hielo y calor, montañas y volcanes, todo en un espacio tan reducido.
A la semana siguiente saldrían de ahí, pero el jovencito llegó únicamente un día más, luego desapareció. Entonces se dio cuenta de que no sabía su nombre, a pesar de eso unas pocas preguntas a la gente del servicio bastaron para averiguar en dónde vivía.
La casita quedaba bastante lejos, su deterioro era indescriptible, pensó que Consuelo lo regañaría al saber que había ido con la sirvienta a visitar a un niño menesteroso; el interior era de un solo ambiente, tenía pocos muebles y un fuego encendido en el centro. Cuando llegó, un curandero acababa de untar al niño con hierbas aromáticas, cuyo olor aún se sentía en la estancia. Los adultos lo dejaron ingresar y pudo verlo acostado en una precaria cama, su sonrisa lo dejó mudo, de inmediato percibió la gravedad de la situación y lo confirmó al verle la pierna hinchada y morada, apretada con una cinta. La sirvienta le tradujo las palabras de felicidad que el niño expresó al verlo, le contó que lo había mordido una serpiente, pero la familia se negaba a llevarlo al hospital; ni sus ruegos, ni sus ofrecimientos hicieron que cambiaran de opinión, la sonrisa del niño dio paso rápidamente a una mueca extraña y luego a una convulsión, un par de horas después expiraba plácidamente, siempre con una sonrisa en el rostro.
Cuando ofreció dinero para ayudar, un escupitajo en el rostro lo regresó a la realidad. Resignado volvió al chalet, en donde Consuelo lo esperaba para una de esas absurdas fiestas de cóctel, que eran pretexto para lucir los diez vestidos que había traído de Francia; apenas saludó y se dirigió a su habitación, salió al balcón, vio hacia el cielo y distinguió claramente las estrellas, hasta le pareció que una brillaba un poco más, quizá señalando el lugar hacia donde el pequeño príncipe había volado.
Jorge Arenas
Las visitas al chalet llegaban diariamente, amigos criollos, insolentes, algunos rivales de su anterior marido, todos imploraban conocer al francés. No se fueron a El Salvador porque ella prefería la sociedad guatemalteca. A él lo tenían recluido, enfermo, según ella, por eso no lo dejaba volar, así que se pasaba el día sentado cerca del lago, viendo flotar las piedras volcánicas que él mismo lanzaba, de una en una, sólo para mirarlas ascender borbotando. Ya no se sentía herido, por el contrario, la vida y la necesidad de explorar se desbordaban en su cuerpo, mientras ella se las daba de condesa, paseando por la casa vistiendo batas de seda y obligándolo a vestirse decente, para apantallar a sus amigas.
El muchachito moreno que se le quedó viendo, mientras él intentaba copiar el cerro de La campana, se rió de sus habilidades para dibujar, y luego le habló en un idioma gutural, ininteligible; su risa era contagiosa y su postura despedía un aire de superioridad indescriptible. Le revisaba los dibujos, al tiempo que le daba sugerencias con palabras que no podía entender, le hacía dibujos y notas que tampoco le era posible leer, y lo que era peor, no podía evitarlo, el niño era latoso como pocos, pero tierno a la vez.
A pesar de las diferencias en el lenguaje, luego de un par de días de verse, se las arreglaron para comunicarse. Entonces el chico, con su escaso español, le decía Don Antonio y él no sabía como llamarle. El segundo día el muchachito andaba con un corderito lanudo, así se enteró que en esas comunidades algunas personas se dedicaban al pastoreo; el chico lo invitó a subir la empinada cuesta y descubrir que en ese espacio, que parecía ínfimo, en donde pastoreaba ovejas, no muy lejos, caía hielo en la madrugada, lo que convertía el lugar en un paisaje casi alpino y decididamente familiar. Le daba la impresión que ese niño era extra-terrestre, caminaba mucho más que los pastores alpinos que recordaba; además pensaba que este pequeño país parecía siempre estar atorado de cosas, hielo y calor, montañas y volcanes, todo en un espacio tan reducido.
A la semana siguiente saldrían de ahí, pero el jovencito llegó únicamente un día más, luego desapareció. Entonces se dio cuenta de que no sabía su nombre, a pesar de eso unas pocas preguntas a la gente del servicio bastaron para averiguar en dónde vivía.
La casita quedaba bastante lejos, su deterioro era indescriptible, pensó que Consuelo lo regañaría al saber que había ido con la sirvienta a visitar a un niño menesteroso; el interior era de un solo ambiente, tenía pocos muebles y un fuego encendido en el centro. Cuando llegó, un curandero acababa de untar al niño con hierbas aromáticas, cuyo olor aún se sentía en la estancia. Los adultos lo dejaron ingresar y pudo verlo acostado en una precaria cama, su sonrisa lo dejó mudo, de inmediato percibió la gravedad de la situación y lo confirmó al verle la pierna hinchada y morada, apretada con una cinta. La sirvienta le tradujo las palabras de felicidad que el niño expresó al verlo, le contó que lo había mordido una serpiente, pero la familia se negaba a llevarlo al hospital; ni sus ruegos, ni sus ofrecimientos hicieron que cambiaran de opinión, la sonrisa del niño dio paso rápidamente a una mueca extraña y luego a una convulsión, un par de horas después expiraba plácidamente, siempre con una sonrisa en el rostro.
Cuando ofreció dinero para ayudar, un escupitajo en el rostro lo regresó a la realidad. Resignado volvió al chalet, en donde Consuelo lo esperaba para una de esas absurdas fiestas de cóctel, que eran pretexto para lucir los diez vestidos que había traído de Francia; apenas saludó y se dirigió a su habitación, salió al balcón, vio hacia el cielo y distinguió claramente las estrellas, hasta le pareció que una brillaba un poco más, quizá señalando el lugar hacia donde el pequeño príncipe había volado.
Jorge Arenas
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