jueves, 9 de septiembre de 2010

Salmos pajeros VII

XX
No sean tomadas a mal mis palabras

es solo que algunas veces las cosas parecen tener doble sentido

Como cuando digo:

Inclínate ante mí

me pondré como roca

Saca lo que tengo escondido

es lo más parecido a mi espíritu

en tus manos lo encomiendo

Te gozaré y me alegraré

Porque has conocido mi aflicción

Entonces haré resplandecer tu rostro

enmudecerán tus labios

que sostienen cosas duras

Cuán grande eres

Podrás decir después


XXI
Unos vendrán y asaltarán la camioneta

otros tocarán la ventana del carro

sin bajarse de la moto

se llevarán tu cartera y tu celular (en el mejor de los casos)

Rendidos quedarán los extorsionadores

dormirán cansados

pero se levantarán con más fuerzas

Matará al malo la maldad

De seguro lo hará más fuerte

Muchas son las aflicciones del justo

pero de todas ellas las librará Jehová


El tono irónico es evidente, ¿o no?


XXII
Nada sano hay en mi carne

mis huesos se quiebran con facilidad

mi lomo está lleno de ardor (no de envidia)

estoy encorvado y molido

casi deforme

las mujeres no voltean a verme

A punto estoy de caer

que nadie se alegre de mí

Sé que vendrá el día en el que habré de levantarme

pero no será hoy

Así de mal me sientan las borracheras

Jonás Ungido

miércoles, 25 de agosto de 2010

Los niños de Caracas —13— Y final.

Tocamos la puerta varias veces, pero nadie salía, fueron más de cinco minutos los que esperamos; en ese lapso aproveché para tratar de unir las piezas del rompecabezas. Lo que menos me hacía click era la bisexualidad de Watson, mi Watson; no era que tuviera algún prejuicio en contra de ver o imaginar a dos mujeres juntas, desnudas en la cama; por el contrario, solo pensarlo era excitante, lo que me molestaba era que no me di cuenta; claro que tal cosa no hubiera ayudado a resolver el caso, pero habría hecho realidad una vieja fantasía.

Finalmente abrieron la puerta, la misma viejecita de la vez anterior, no habló, pero hizo una señal para que la siguiéramos, y nos fuimos detrás de ella. La gran rana de piedra seguía en el jardín, pero ya no habían niños jugando, y el silencio era sobrecogedor.

Nos hizo esperar en la misma sala, ella solo dijo:

—Ahora vuelvo con su mascota.

El gato resultó más hermoso de lo que Watson pensaba, según sus palabras, era idéntico al anterior; además, parecía recordarla perfectamente, porque al nada más verla saltó hacia sus piernas.

Observando al gato estábamos cuando apareció el doctor.

—¿Qué le parece? —Dijo.

—Es impresionante. —Respondió Watson.

—¿Así que ustedes clonan mascotas? —Inquirí.

—Mascotas, y otros especímenes. —Dijo el doctor, de manera reveladora, al tiempo que acariciaba a un niño que lo acompañaba.

El gato era la prueba de que el fin último de aquel embrollo, que inició con el robo de los cabellos de Bolívar, era la clonación; aunque todo indicaba que el negocio tenía años de haber empezado. Lo raro era la apertura que el doctor tuvo con nosotros. Mi interpretación fue que, quizá, ya no quería seguir adelante con el experimento, porque el sentido original se estaba desvirtuando; así lo dio a entender cuando le preguntamos por los niños que vimos la primera vez que llegamos.

—Miren, por instrucciones de la persona que financió la investigación, los niños fueron enviados, uno a Colombia, otro a Venezuela, el tercero se quedó en Guatemala; y este jovencito, que me acompaña, va para Cuba la próxima semana. Nunca más lo haré de nuevo, porque creo que he sido engañado. —Agregó, al tiempo que ponía cara de decepción.

No dijo más, solamente cruzó unas palabras con el niño, su acento cubano era notorio.

La última noche en Casa Santo Domingo fue increíble, Watson volvió a ser mi Watson, pero me tenía reservada una sorpresa, se apareció acompañada de la turista alemana.

Por la mañana, durante el desayuno, les comenté lo que pensaba:

—Supongo que los cabellos fueron utilizados para fabricar los clones. Por supuesto, el que se va para Cuba es harina de otro costal; recuerden que los rumores de la muerte de Castro siempre han estado a la orden del día. Creo que Chávez encontró la forma de recrear el sueño de Bolívar, mucho mejor si lo hace utilizando al mismísimo Libertador.

Me quedé callado, ya no quise decir más, pero seguí escribiendo unas líneas en mi informe; al que minutos después le di send. Watson y la turista alemana jugueteaban en la cama, todavía en ropa de dormir.

Puse atención al periódico, varias noticias indicaban que la vida continuaba, igual. Una nota decía que Suo Yon, experto coreano, certificó que el agujero de la zona 2 fue ocasionado por la ruptura de la tubería que conduce el agua a los alrededores. Otra noticia mencionaba que varias cabezas humanas fueron esparcidas por toda la ciudad y que se creía que aquello era obra de la Mara Salva Ranas. Una distracción más, pensé; qué estarán tramando ahora, me pregunté.

Mi Blackberry hizo un ruido extraño, recordé que el sonido indicaba que tenía un email, era de Londres: Señor Tipo Largo, los cabellos aparecieron y están de nuevo en el museo. No dudamos que se deba a su intervención, por lo que agradecemos toda su ayuda. Gracias por el informe. Esperamos contar con sus servicios en una próxima oportunidad. La tarjeta de crédito que le enviamos, al inicio, ha sido desactivada. En su cuenta hemos depositado la cantidad convenida, más un bono adicional, ojalá sea de su agrado.

Suspiré aliviado, aunque no del todo, pues tenía la sensación de no haber hecho lo suficiente.

Cosas raras de este mundo moderno, pensé, clones en Colombia, Venezuela, Guatemala y Cuba. Parece que Bolívar volverá a cabalgar en América latina, y Castro seguirá vivo unos cuantos años más.

Fin.

Danilo Brownie

miércoles, 18 de agosto de 2010

Los niños de Caracas —12—

Luego del terremoto en Haití, ese brutal sismo que dejó más de doscientos mil muertos, Chávez señaló que aquello había sido provocado por los pitiyanquis, así les dice él, de cariño, a los estadounidenses. Lo de Chávez raya en la esquizofrenia y la paranoia, no se le puede creer nada a un tipo que declara, ante un auditorio lleno y en transmisión directa de televisión satelital, que uno de sus sueños era nombrar a su hija María Bandera, así lo dijo en alguna oportunidad, también mencionó que no lo hizo porque su esposa amenazó con echarlo a la calle si lo hacía.

El caso es que las palabras del gringo seguían dando vueltas en mi cabeza, y unidas a las declaraciones de Chávez, la destrucción en Haití, en Chile, la seguidilla de terremotos y ahora los dos desastres, en una semana, en Guatemala: la arena volcánica que paralizó los vuelos; y el agujero de la zona 2, que parecía haber sido hecho con un laser; las piezas del rompecabezas comenzaban a tener sentido.

Era como de ciencia ficción, pero había alguna lógica en todo, lo que me preguntaba, y volvía al misterio inicial: ¿cómo se conecta la situación en Guatemala con los cabellos de Bolívar? Entonces pensé, Watson, mi Watson, ya me ha dado la respuesta.

Esta vez, el viaje hacia la capital fue menos tortuoso. Ya no llovía y la ceniza había sido limpiada, aunque todavía quedaban restos en algunas calles. Watson estaba distante, ya no era mi Watson; resultó ser bisexual y las últimas noches se las pasó encerrada en la habitación de una turista alemana, que conoció en el lobby del hotel, me lo contó todo sin rodeos; pero su presencia era importante, porque íbamos por el clon de su mascota.

Llegamos a la zona 2, alrededor del agujero ya no se arremolinaban los curiosos, lo más seguro es que todos se habían acostumbrado a su existencia y no le ponían más atención.

Mientras tocábamos la puerta del laboratorio, Watson dijo:

—Estoy convencida de algo, los niños que vimos el otro día son clones de Bolívar, de seguro fueron hechos a partir de los cabellos robados, además Chávez está buscando más ADN del libertador, por eso desenterró sus restos hace poco.

Sus palabras confirmaron lo que yo supuse con anterioridad, aquello tenía lógica, la pregunta que surgió fue: ¿Qué van a hacer con ellos?

Continuará
Dentro de poco el gran final, o el final, a secas.

Danilo Brownie

jueves, 12 de agosto de 2010

Los niños de Caracas —11—

El gringo jaló una silla y se sentó. Vestía una gabardina, como las que usan los detectives en las viejas películas de detectives. Se aclaró la garganta y antes de hablar se metió la mano a la bolsa interior del impermeable, como buscando algo, luego dijo, en perfecto español.

—Cariño, creo que necesitas algo más fuerte que el té.

De su chaqueta, sacó uno esos frasquitos de metal y vertió un poco en el té de ambos, y un poco más en su vaso. Después inició un raro monólogo.

—Estoy harto de la lluvia, de la ceniza, de los derrumbes en las carreteras, de los agujeros que se abren de forma espontánea. Ya se sabe cuál es la causa, obtenemos pruebas todo el tiempo, lo informamos a nuestros superiores, pero ellos solo mueven la cabeza, sin decir nada, y nos mandan a otra misión. Estos paisitos son pintorescos, pero un mes consecutivo aquí ya es insoportable. Fucking rain, fucking country, si tan solo escucharan lo que se dice, sus presidentes deberían hacerle caso a Chávez, quizá así harían que detuvieran, de una vez por todas, esos experimentos HAARP.

Entre trago y trago, estuvo hablando como media hora, sin permitir que le dijéramos algo; mi Watson se había quedado dormida, yo estaba cansado, sin ganas de interrumpir al gringo, por lo que habló sin parar. Pensé que solo era un fulano paranoide, porque mencionó varias de las más famosas teorías de conspiración que existen, aunque siempre volvía a hacer énfasis en el rollo HAARP. Finalmente se quedó callado, permaneció sentado unos cinco minutos más y luego se fue.

Mucho de lo que dijo no tenía sentido, al menos eso pensé mientras lo escuchaba; pero ya en la habitación, recostado, después de tomar un baño caliente, al tiempo que cuidaba el sueño de mi Watson, saqué la grabadora, porque tuve el cuidado de grabar lo que el gringo dijo, y escuché todo de nuevo.

Con la mente despejada, lo primero que hice fue darme cuenta de que el gringo era igual a Mel Gibson, por eso su cara me había parecido conocida, era claro que no era él, ¿o sí? El caso es que, después de escuchar unas tres veces la grabación, sus palabras empezaron a tener sentido. Eso es, pensé, ahora tengo la información que hacía falta para llegar a algo concreto; entonces dije en voz alta:

—Voy a resolver esto de una vez por todas.

Continuará

Danilo Brownie

jueves, 5 de agosto de 2010

Los niños de Caracas —10—

El retorno hacia Antigua fue raro. La lluvia estuvo presente en todo el camino, a veces caía en forma torrencial, como cuando alguien llena un tinaco y luego le da vuelta para dejar caer el agua de un golpe; y en algunos tramos solo se sentía una leve brisa.

El conductor del taxi era extraño, apenas dijo un par de palabras durante el recorrido, y cada tanto tiempo fijaba su mirada en el espejo retrovisor, en actitud de vigilancia, nos miraba y miraba el camino, con los ojos bien abiertos; en determinado momento nuestras miradas se cruzaron y fue algo estremecedor.

Cuando estábamos por llegar a la bajada de Las Cañas, esa pendiente interminable que desemboca en la entrada de Antigua, advertí que una motocicleta nos seguía; caí en la cuenta que había estado detrás desde que salimos de la zona 2; se acercaba, subía las luces, se ponía a un lado, se retrasaba, se cambiaba de lado, miraba hacia adentro del taxi, como intimidando; al finalizar la bajada nuestro taxi entró a Antigua y el motorista siguió.

El taxista se detuvo en la entrada de Casa Santo Domingo, cuando quise pagarle volteó y dijo unas palabras, que resonaron dentro del vehículo:

—Tipo Largo, deje de entrometerse, no nos obligue a tomar medidas drásticas.

Watson, mi Watson, se había dormido en todo el camino y la voz del taxista hizo que se despertara sobresaltada, temblando. Por instinto se pegó a mí, la abracé, como se abraza a alguien a quien se quiere defender. El conductor no dijo más, ni siquiera recibió el dinero por el servicio, nos dejó bajar y se fue.

Entramos al hotel, fuimos directamente al restaurante, para conseguirle un té de tilo a mi Watson, porque estaba temblando de la impresión. Nos sentamos, ella se fue calmando, poco a poco. Ya más tranquilo, evoqué la imagen del taxista, tratando de identificarlo, aunque solo recordé que se dio vuelta y extendió el brazo entre los dos asientos delanteros, entonces visualice un tatuaje que tenía a lo largo de todo el antebrazo, las imágenes eran borrosas, pero pude recordar que decía Mara Salvaranas.

Mientras esperábamos el té, notamos que un gringo nos observaba; no era el clásico mochilero, él vestía de forma elegante, su actitud era de estar a la defensiva, mirando hacia todos lados, pero principalmente hacia la puerta y a nosotros.

Como no soy de los que se aguantan los acosos, decidí enfrentarlo, y le grité:

—Hey mister, come, sit down with us.

El gringo no se sorprendió, se levantó de su mesa, se acercó, jaló una silla, se sentó y dijo:

—Tipo largo, supongo.

Watson, mi Watson, y yo nos miramos, sin decir palabra; el gringo se me hacía familiar, pero no pude reconocerlo de inmediato.

Continuará

Danilo Brownie

miércoles, 28 de julio de 2010

Los niños de Caracas —9—

De la salita nos movimos hacia una habitación que estaba al fondo, al entrar todo se convirtió en un escenario de ciencia ficción. Al ver la casa, el jardín y la salita, era imposible imaginar lo que ahora estábamos viendo; en aquel cuarto tenían montado un inmenso laboratorio, lleno de toda clase de artilugios raros. La pieza que hacía falta en el rompecabezas del misterio en el que estaba envuelto aparecía ante mis ojos.

Watson, mi Watson, hurgó en su bolsa de mano y sacó una cajita; la abrió, con mucho cuidado, como abriendo el cofre de un tesoro, y mostró el contenido al doctor; él tomó la caja y extrajo, con unas pinzas transparentes, un puñado de pelos de gato, los puso debajo de un aparato raro, que resultó ser un microscopio, pero no se agachó a ver por un lente, no había necesidad, la imagen se proyectó, en tercera dimensión, sobre una pantalla LED que colgaba de la pared; fue algo impresionante.

—Señorita, siento mucho lo de su mascota, por lo que veo era de una raza muy especial; pero no se preocupe, vino al lugar correcto. Debo confirmarlo, pero la imagen muestra que los pelos tienen la cantidad suficiente de ADN para traer de vuelta a su gato.

Mientras el médico seguía con sus observaciones, fingí no poner atención y me asomé por una ventana que estaba en la pared opuesta a la pantalla. Desde ahí se alcanzaba a ver el jardín. Afuera jugaban tres niños, idénticos, parecían trillizos.

Luego de una pequeña negociación, acordamos el precio, unos cuantos miles de dólares en efectivo; en ese tipo de negocios no se aceptan cheques, ni tarjetas de crédito, ni pensar en pedir fiado.

—Mire niña, por este precio se podría comprar hasta mil gatos, pero ninguno sería como el que tenía. —Dijo el doctor, como queriendo justificar el elevado precio de sus servicios.

Quedamos en que regresaríamos en unos días, para recoger a la nueva mascota; cruzamos un par de palabras más y nos despedimos.

Antes de buscar un taxi que nos llevara de regreso a Antigua, decidimos echarle otro vistazo al agujero. A estas alturas ya no había espacio para sorpresas, pero ambos nos miramos cuando comprobamos que el tamaño del cráter, abierto en plena calle, era más grande de lo que apreciamos la primera vez, y confirmamos la perfección de su circunferencia, al tiempo que notamos una mancha café en todo el borde, como una especie de quemadura. Los curiosos decían que aquello era producto del colapso de las tuberías que conducen el agua, pero yo tenía mi propia teoría.

La única duda que me quedaba era si habían fallado a propósito, como haciendo una advertencia, o bien el agujero tenía que haberse tragado la casa que estaba a cincuenta metros.

Continuará

Danilo Brownie

jueves, 22 de julio de 2010

Los niños de Caracas —8—

La clínica estaba ubicada a unos cincuenta metros del agujero. Había algo curioso, las paredes de todas las casas de la cuadra tenían pintas que decían: Mara Salva Ranas; la piel se me erizo y Watson, mi Watson, se puso a temblar. Me detuve, me puse frente a ella, la miré a los ojos y le di un fuerte abrazo; sin pronunciar palabra alguna traté de decirle que yo la protegería de cualquier cosa.

Por fin encontramos la casa, al frente tenía un portón negro, metálico; hicimos sonar una aldaba de esas que tienen forma de mano, era pequeña, pero el golpeteo retumbó producto del eco; escuchamos unos pasos y unos instantes después la cara de una viejecita se asomó por una ventanilla, se nos quedó viendo de pies a cabeza, cuando estuvo segura, ¿de no sé qué?, nos dejó entrar.

Atravesamos un muy bien cuidado jardín, en el que se podían ver restos de la arena volcánica caída en los días previos, en el centro había una fuente, me sorprendí cuando me di cuenta que se trataba de una enorme rana de piedra, automáticamente hice la relación con la mara Salva Ranas.

La clínica era pequeña, con sala de espera igual que todas; es decir, sillones raídos, revistas viejas que reposaban sobre una mesita de vidrio, poca decoración, posters de anuncios de medicina; el ambiente era silencioso, no había nadie más en la salita. La anciana nos invitó a sentarnos, luego se fue hacia adentro; mientras caminaba dijo: Pónganse cómodos, el doctor los atenderá en unos minutos.

Pasaron diez minutos, empezamos a sentirnos inquietos, pues nadie apareció, me levanté para ver si podía husmear por ahí, justo estaba asomando la cabeza dentro de un cuarto, cuando apareció de nuevo la anciana, traía una bandeja con café y pastelitos, que nos ofreció con mucha cortesía. Puso todo en la mesita de vidrio y se sentó frente a nosotros. Quise conversar con ella, lo primero que se me ocurrió fue preguntarle su edad, a lo que respondió: Tengo catorce años. Watson, mi Watson, volteó a verme, ambos quedamos sorprendidos, porque al menos se le podían calcular unos setenta años a la señora.

Terminado el café y los pastelitos, la anciana levantó la bandeja y volvió a dejarnos solos. Un minuto después el médico se asomó por el pasillo. Era un tipo común y corriente, como de unos cincuenta años, con mucho pelo y sin una cana, nada que pudiera delatarlo como alguien especial; venía acompañado de un niño de al menos diez años, de inmediato me hizo recordar al niño que semanas antes había visto al lado de Chávez, fue sorprendente, pero logré quedarme callado.

El médico le dijo unas palabras al niño, quien salió corriendo en dirección al jardín. El médico entró a la salita, se sentó en diagonal a nosotros y con voz chillona dijo: ¿En qué les puedo servir?

Continuará

Danilo Brownie

viernes, 16 de julio de 2010

Los niños de Caracas —7—

La distancia entre Antigua y la ciudad capital no era larga, pero se hizo interminable, porque habían derrumbes y deslizamientos de tierra, provocados por la lluvia, en varios tramos de la carretera. Era domingo y todavía seguía lloviendo, ya no caía arena volcánica, pero las calles estaban cubiertas de un manto negro. En la ciudad capital el tráfico era poco y circulaba despacio, el aeropuerto permanecía cerrado, el cielo estaba lleno de nubes, no se veían posibilidades de que el sol fuera a alumbrar.

Cuando estábamos cerca de la clínica, ya circulando por la zona 2, el médico nos llamó, estaba un poco agitado y hablaba en voz baja, como tratando de no ser escuchado. Hubo un incidente, dijo, en tono enigmático. Nos indicó que no era posible llegar en carro hasta donde él estaba, tendríamos que dejarlo estacionado como a dos cuadras de distancia y luego caminar.

Finalmente llegamos, el lugar estaba lleno de gente, curiosos que se aglomeraban para ver lo que a simple vista parecía un vacío abierto en medio de la calle; nos acercamos y, efectivamente, lo que todos miraban era un enorme agujero, de circunferencia casi perfecta, su profundidad era tal que al abrirse se tragó toda una casa de tres niveles.

Increíble, primero hace erupción un volcán, luego una tormenta tropical y ahora este agujero, dijo Watson, mi Watson.

Guardé mis conjeturas, pensé que ninguno de aquellos eventos era aislado, empezaba a confirmar que mis sospechas tenían fundamento, lo de los cabellos de Bolívar se estaba convirtiendo en una conspiración, quizá de alcances globales.

Continuará

Danilo Brownie

miércoles, 7 de julio de 2010

Los niños de Caracas —6—

Los siguientes días fueron intrascendentes, los pasé entre caminatas y tomando café en los alrededores del parque. El tema de los cabellos y la mara Salva Ranas ocupaba todos mis pensamientos, y también la evocación de los momentos que pasé con Watson, la mujer que me habló con franqueza y me hizo pasar dos noches inolvidables.

Ya era jueves y la investigación no avanzaba, mientras caminaba de regreso al hotel, como a las siete de la noche, pensaba en regresar a Caracas, para indagar por aquel lado; en esas estaba cuando sentí que la lluvia me golpeó en la mejilla. Después de varios aguijonazos noté que la lluvia era gruesa y caliente. Extendí la mano, por unos segundos, y pude ver que, poco a poco, se ponía negra, al rato me di cuenta que no era agua lo que caía del cielo, era arena negra.

Apresuré el paso, tratando de conservar la calma, en la calle se había hecho el caos. Llegué al hotel, en el lobby un grupo de personas se arremolinaba frente a un televisor que informaba acerca de la erupción de un volcán, además de lava, estaba lanzando arena volcánica hasta una distancia de más de sesenta kilómetros. Recordé que la ciudad de Antigua está rodeada de volcanes y temí que todos hicieran erupción en cadena, puse atención al televisor, pronto comprendí que, si bien el volcán estaba cerca, no era ninguno de los que se veían por la ventana.

En pocos minutos, según informaban en el noticiero, la arena alcanzó la ciudad capital, situación que obligó al gobierno a cerrar el aeropuerto internacional; no hay escapatoria, lo que sea que vaya a pasar tendré que pasarlo aquí, me dije.

Algunos de los turistas lanzaron maldiciones, cuando escucharon el anuncio del cierre del aeropuerto dijeron al unísono: Fucking country, y de inmediato se organizaron para irse por tierra a El Salvador, de esa forma se pondrían a salvo, en El Salvador; curioso pensé.

No había terminado la lluvia de arena, cuando empezó a llover agua; arena y agua me sonó a playa, pero el paisaje que se estaba formando afuera no se parecía en nada a una playa.

Me fui a la habitación, después de varias horas logré conciliar el sueño. Cuando desperté el dinosaurio todavía estaba ahí, no, ese es otro rollo; el caso es que ya no caía arena, pero la lluvia de agua seguía incrementando su fuerza. En la televisión mostraban imágenes de la ciudad capital, que parecía zona de desastre, aunque ya se miraban algunas cuadrillas que trataban de limpiar. Quise ir a la capital, pero ningún taxista se arriesgó a llevarme, dijeron que no podían manejar en esas condiciones, que las carreteras estaban peligrosas; fue otro día perdido.

La mañana del sábado las cosas mejoraron, apareció Watson, mi Watson. Es algo que no suele sucederme, pero extrañaba a aquella chica. Llamó para decirme que estaba en el lobby del hotel, que había conseguido una cita con el médico que clonaba mascotas, dijo que teníamos que ir a la ciudad capital, que su clínica quedaba en la zona 2, que había que ir el domingo, ella pensaba que por ahí encontraríamos alguna pista para dar con quienes estaban detrás del robo de los cabellos de Bolívar.

Me pareció que viajar el domingo era buena idea, de esa forma podríamos pasar todo el sábado en la habitación del hotel. En unas horas nos dimos cuenta que permanecer encerrados era lo mejor; la lluvia arreció y no paró en todo el día, ya para la tarde las noticias anunciaban inundaciones y deslaves, todo el país estaba hecho un desastre, el gobierno había declarado estado de calamidad pública; empezaron a contar muertos, damnificados y desaparecidos.

En la habitación todo estaba a pedir de boca: comida, bebidas, el cuerpo desnudo de mi Watson. Afuera, primero fue la arena, luego la lluvia, entre ambas se confabularon para llevar al país a la crisis. Prestábamos atención a las noticias, era sexo, pausa y noticias.

En una de esas pausas, puse atención a lo que decía el presentador; salté de la cama cuando mencionó que había un derrumbe en la ciudad, que un agujero se tragó una casa, y todo sucedió en la zona 2. Algo me dijo que las pistas conseguidas por Watson eran correctas, que nos estábamos acercando al objetivo.

Continuará

Danilo Brownie

jueves, 1 de julio de 2010

Los niños de Caracas —5—

Llegue a Guatemala un viernes. Conocedor de las costumbres de sus habitantes decidí no perder tiempo buscando información, era fin de semana y la burocracia considera sagrados esos días, por lo que decidí ir directamente a la Antigua, pasaría la noche en Casa Santo Domingo.

Por la mañana, después del delicioso desayuno de frijoles volteados, huevos, queso, crema y tortillas recién salidas del comal, acompañando el café con esos panitos redondos, aplanados y tostados, a los que llaman Champurradas, salí a caminar y llegué hasta el parque.

Mientras observaba la obscena, pero hermosa caída de agua en la fuente del parque, con sus sirenas tocándose los pechos, una mujer se me acercó y preguntó: ¿Acaso no es usted Roberto Don Largo? Le dije que la traducción correcta de mi apellido, y la que yo prefería, era Tipo Largo, porque lo de Don me sonaba a gangster del Chicago de los 50. La mujer siguió hablando, casi gritando: Quiero que sepa que no me gustan sus libros. Me extrañó su franqueza, los guatemaltecos son muy dados a ocultar lo que piensan, podría decir que son hipócritas, si, ese es el término adecuado para definirlos, aunque no quiero generalizar; el caso es que tal franqueza me anunció que la mujer era especial.

—Cuénteme, ¿por qué no le gustan mis libros? —Esa fue la apertura a un diálogo que se extendió hasta el almuerzo, un rico plato de Pepián, y luego un café en La Condesa. La conversación fue de lo más agradable, al grado que consideré afortunado aquel encuentro, necesitaba un Watson, alguien con quien pudiera intercambiar opiniones y ella parecía ideal.

—Mire Roberto, para mí que los Salva Ranas no son tan importantes, el verdadero misterio es lo que se puede lograr con esos cabellos.

Dicho esto me pasó un panfleto en el que se leía: ¿Extraña a su mascota? A continuación describía el proceso de clonación de animales, que se llevaba a cabo precisamente en Guatemala; curioso, justo como en la película del Schwarzenegger, pensé. De inmediato vino a mi mente la imagen de los niños que ofrecen artesanías en el parque, y del país lleno de pobreza, ¿era posible que existiera esa compleja tecnología en este lugar de niños hambrientos?

Mi nueva amiga y yo pasamos la noche en el hotel. Poco a poco me fui encontrando con otros panfletos que ofrecían cirugías mayores, tratamientos dentales, cirugías plásticas, y una gran oferta de servicios médicos y cosméticos, a precios menores que en los Estados Unidos; la publicidad se encontraba en la mesita de noche, en la recepción del hotel, en el restaurante en el que tomamos el desayuno del día siguiente, en los locales comerciales a los que entramos durante el paseo de la mañana.

Durante la caminata, justo después de separarme de Watson, ella tenía que salir en un tour hacia la playa, empezó a llover. Para mí, caminar bajo el agua que cae es uno de los mayores placeres de la vida. Vestido con una gabardina y sombrero me sentí como un solitario y moderno Sherlock Holmes.

Finalmente decidí refugiarme del aguacero, entré a uno de los tantos cafés que hay en Antigua, me senté, comí algo, descansé, y sobre todo esperé, con mucha paciencia; en el ambiente había algo raro, intuía que algo iba a suceder, pero en realidad no tenía idea del desastre que estaba por llegar.

Continuará

Danilo Brownie

martes, 22 de junio de 2010

Los niños de Caracas —4—

Muchas horas pasaron hasta que terminó el desfile, luego caminé un poco por el centro de Caracas, así se pasó el día, cuando me di cuenta ya había oscurecido, por lo que volví al hotel, en donde me esperaba el jacuzzi, masaje y bebidas, lo mínimo necesario para recobrar energías.

La mañana siguiente me dirigí al museo de Bolívar, llegué sin contratiempos, esta vez no hubo desfile. Traté de ubicar a los responsables de la administración del lugar, nadie dijo Yo soy, y quienes respondieron me vieron con suspicacia.

Después de pasado un tiempo, por fin conseguí que alguien conversara conmigo, el conserje fue el único que me puso atención. Habló con todo detalle de las cualidades del Libertador, su explicación fue abrumadoramente abundante, sabía todo lo que de Bolívar uno se pudiera preguntar; sin embargo, cuando inquirí acerca de los cabellos se quedó callado, expresó un: ejem, seguido de: Cónchale vale, yo que pensaba que Bolívar había sido pelón. La conversación resultó decepcionante, pero no quise despedirme sin intentar algo, por lo que sin más mencioné a los Salva Ranas, su mirada me dijo que había tocado un punto importante, pero trató de evitar la incomodidad que le produjeron mis palabras, y solo dijo: ¿Acaso no son de Guatemala?, aquí no los encontrará".

Mis pesquisas en Caracas no estaban dando frutos, no quería rendirme, pero no habían más pistas ni mensajes de los Salva Ranas. Me fui a la cama tratando de atar cabos, esa noche soñé con el mozalbete moreno, me desperté sobresaltado, intuyendo que el muchacho era parte de la solución al misterio.

Decidí volar a Guatemala, recordé que la última vez que estuve en aquella ciudad rescaté a una hermosa doncella que había sido raptada por la famosa mara; no me hice ilusiones de encontrarla, pero el misterio de los Salva Ranas era el principal atractivo; por eso regresé a la ciudad de los pilotos asesinados y los agujeros en las calles.

Continuará

Danilo Brownie

martes, 15 de junio de 2010

Los niños de Caracas —3—

Desistí de ir a Londres, no por las amenazas escritas en la nota, pensé que tenían razón, para ese entonces los cabellos de Bolívar ya deberían estar en camino hacia otro lugar; además el marido de Penélope aún seguía por allá.

Con la sensación de no querer salir de París, me despedí de Penélope y volé en dirección hacia el lugar que la nota parecía indicar, Venezuela; lo deduje porque el matasellos del sobre que enviaron los Salva Ranas tenía ese origen.

Al bajar del avión, en el aeropuerto de Caracas, el calor rondaba los 40 grados Celsius; casi me desmayo, el cambio de los 18 grados en París al clima tropical me afectó.

Metido en la alberca del hotel, deliraba sobre cómo encontrar el mechón robado, la pregunta fundamental que me hacía era: ¿para qué quiere alguien el pelo de un tipo muerto hace casi doscientos años? Decidí que tenía que ir al Panteón nacional, los restos de Bolívar reposan ahí.

Me topé con una manifestación en apoyo a Hugo Chávez, el caudillo iba justo adelante, montado en un caballo, a la par de él cabalgaba un mozalbete, como de doce años, flaco, moreno, vestía uniforme de campaña y boina roja.

Algo me dijo que ese niño era parte del misterio, pero en ese momento solo eran conjeturas.

Continuará

Danilo Brownie

jueves, 10 de junio de 2010

Los niños de Caracas —2—

Me cité con Penny en París, su marido estaba en Londres, por lo que ir para allá de inmediato no era buena idea; ella habría querido acompañarme y no podía exponerme a que nos descubrieran, nuestra relación lleva muchos años y me interesa conservarla.

La ola de robos en los museos parisinos me dio la excusa perfecta para quedarme unos días; aunque por otro lado, la primera impresión del robo del cabello del Libertador indicaba que detrás había una conspiración; por lo que de inmediato intuí que el asalto a los museos era un distractor.

Esa noche con Penélope fue intensa. Le dije que tenía que ir a Londres, mis pesquisas en París habían terminado y no tenía más tiempo que perder. Quiso ir conmigo, como lo supuse, ideamos un plan para llegar de incognito, pero la noticia del robo estaba en todos los periódicos, por lo que llegar sin ser vistos era imposible, en algo tan importante se supone que debo aparecer, mi sola presencia calma los ánimos.

Tuvimos una última noche de sexo, luego del desayuno tendría que despedirme. Me levante temprano, salí a recoger el diario, cuando lo abrí, sentado en el inodoro, encontré una nota que decía: Señor Tipo Largo, no hace falta ser usted para darse cuenta que no tiene nada que hacer en Londres. Salí del baño, con la nota en una mano, se la extendí a Penny, la leyó y solo pronunció: Firma, La mara Salva Ranas, a continuación dijo: Increíble. Así es querida, dije, la globalización puede con todo.

¿Qué hacía la mara Salva Ranas en el viejo continente? Fue lo que me pregunté en todo el trayecto hacia el aeropuerto.

Continuará

Danilo Brownie