lunes, 22 de marzo de 2010

Se nos subió el azúcar

Todos los periódicos anunciaron en su primera página que el azúcar aumentaría un quetzal por libra.

Reunidos en la suite principal de uno de los clubes más exclusivos, los hombres brindaron porque la estrategia había funcionado.

Los mayores aplausos los recibió quien había tenido la brillante idea de trasegar el producto hacia el vecino país del norte, nadie pondría en duda que allá estaban pagando mejor precio por kilo.

Desarrollar la logística, contratar a la gente para mover el edulcorante, hacer los contactos con la prensa, dar el seguimiento adecuado; eso fue lo más sencillo.

Pensar que unas semanas atrás todos estaban tristes porque no habría bonificación extraordinaria. Ahora la felicidad salta a la vista, la producción del 2009 se venderá a mayor precio de lo estimado, los gastos para lograrlo fueron pocos y todo mundo se creyó la historia.

Juanito Insulino

lunes, 15 de marzo de 2010

Son tus perfúmenes

Apestás, le dijo su mejor amiga, después que la dejó entrar a su apartamento. Él estaba medio despierto y tenía ojeras de mal dormir que le hacían una enorme sombra en la cara.

¿No te vas a bañar?, le recriminó la amiga, quien se tapaba la nariz, sin disimular su asco. No, dijo él, al tiempo que amagaba con darle un abrazo. Ante la amenaza, ella se escabullo como pudo y se dirigió a la cocina, para prepararse un café.

Sacó de la alacena el bote con café y le volvió a recriminar: ¿Cómo hacés para heder tanto? Se rascó un sobaco, dejando escapar un poco más de su mal olor, luego dirigió su mano a la nariz, respiró profundo y respondió: Nada.

—¿Cómo querés el café?

Con un dedo hurgando en su nariz, y con la otra mano rascándose la ingle, dijo: Fuerte.

Ella se asomó por el marco de la puerta de la cocina y lo sorprendió cuando estaba a punto de meterse la mano en el trasero, y le gritó: No te da asco estarte oliendo, apestás a desagüe.

Se rascó el otro sobaco, aspiró el olor y dijo: Más bien huelo a mí. Te podría describir mi olor como la mezcla del aroma de un viejo ron, con almizcles bien curtidos; y el sudor de dos días de sol, cuatro horas de camino en la montaña, seis horas en bus de segunda y una noche de desvelo, escribiendo y comiendo queso azul.

—En serio, ¿no te molesta heder tanto?

Él movió la cabeza de un lado a otro.

—No querés que venga ¿verdad?, sos tan desagradable.

En un descuido, la tomo de la mano y empezó, poco a poco, a olerla. Ella quiso retirarse de inmediato, pero él no la dejó, entonces se puso a forcejear, a gruñir y a insultarlo. En medio de los jaloneos, gritos, patadas, aruñones y sudores, él logró restregar su nariz contra sus firmes y morenos pechos; sintió un fresco olor a guayabas recién cortadas, mezclado con un leve aroma despedido por una brizna de sudor, provocado por el forcejeo; después de un momento de aspiración profunda la soltó. Ella, ofendida, a punto de la histeria, y con lágrimas en los ojos, le gritó: ¿Qué te pasa patán, mal oliente, miserable, violador? Él, bajando la cabeza, y con tono de disculpa, respondió: No pasa nada, nada, no te ofendás, solo necesitaba aspirar tu olor a tierra, a mujer de pasto, tu esencia de ser humano; porque no aguanto cuando entrás por esa puerta y siento tu fragancia a jabón, a perfume de pérgola de tienda cara, a mujer de revista.

Ella, en silencio, con los ojos inyectados de cólera, tomó la taza de café y se la tiró a la cabeza, luego gritó: Ahora olés a café capuchino, y se retiró, somatando la puerta.

Él gritó desde adentro: Que delicioso aroma a furia.

Patricio Suskinder

martes, 9 de marzo de 2010

El que castra sana

Respaldado por la Organización de las naciones unidas, el experto en seguridad se instaló en el país. El reto era enorme, pero sabía que las oportunidades para demostrar sus conocimientos eran mayores, pues tal y como lo imaginó nadie tenía conocimientos criminalísticos, ni existían laboratorios para examinar pruebas, ni cosa por el estilo; lo que encontró no se parecía en nada a lo que se mira en CSI, la famosa serie de detectives forenses.

Su función sería complicada, debido a las limitaciones de presupuesto, el poco personal asignado a su institución tenía que dedicarse a investigar solo los casos de alto impacto en la sociedad.

Nada lo amedrentó, desde que le ofrecieron el puesto tenía claro cuál era su objetivo, por eso no dudaba cuando decía que lo único que le interesaba era ayudar al gobierno y de esa forma al país.

Después de varios casos, su figura fue ganando credibilidad en la opinión pública; pero el verdadero salto a la fama lo dio cuando resolvió el caso del abogado que planificó su propia muerte.

Su más reciente aporte al gobierno lo confirmó como el héroe que es. Ante el problema que le plantearon: esa mujer sigue pidiendo los expedientes. La solución fue sencilla.

Hoy los periódicos anuncian que el funcionario extranjero descubrió un plan para asesinar a la diputada, por lo que le aconsejó abandonar el país de inmediato, que ya le tenía arreglado el asilo. Es eso o arriesgarse a que las amenazas se hagan realidad.

Agatas Cristi

lunes, 1 de marzo de 2010

Al filo del recuerdo

A la distancia, oyó el pitido del afilador de cuchillos y recordó cuando su abuela se apresuraba a sacar, de entre ollas agujereadas, sartenes despeltrados y cucharas dobladas, una gran cacerola llena de cuchillos, sin cacha, romos y sin filo.

Salía a la puerta con el cargamento de chatarra, que sonaban a campanillas de iglesia, y se encontraba con un afable viejito, quien sonreía mostrando sus últimos cuatro dientes. Se acomodaba y daba vueltas, por medio de un pedal destartalado, a una piedra afiladora.

Al ritmo de la rueca contaba la historia de cómo unos gitanos lo abandonaron y fue criado en el bosque por una familia de mapaches; el cuento era rematado por una frase inintelegible, desde niño imaginaba que provenía de un dialecto magiar. La abuela sacaba unas monedas de la bolsa de su delantal, las ponía en las manos del viejo; él agradecía haciendo una reverencia, al tiempo que levantaba las manos y la mirada hacia el cielo.

Volvió a escuchar el pitido y, emulando aquel recuerdo de su infancia, corrió a sacar, de su empaque original, cuatro cuchillos que había utilizado pocas veces; los compró en rebaja, en uno de esos hipermercados.

Se había afanado en cortar una bolsa hermética, desmenuzar un pavo importado, deshuesar un pato, filetear un pescado, rodajar un lomo de cerdo, pero todos los intentos fallaron, por lo que decidió regresarlos a su estuche, resignado a lucirlos como adornos en el trinchante, o convertirlos en escultura conceptual.

En medio de la evocación, y con los cuchillos en la mano, dudó, pues pensó que la piedra afiladora, del descendiente de gitanos, sucumbiría ante el acero inoxidable.

Abrió la puerta, se encontró con tres tipos; uno le ofreció arreglarle los zapatos; otro las goteras del techo; el tercero, que tenía el pito en la boca, le arrebató los cuchillos, sacó un afilador de batería, marca Craftsman, y de inmediato se puso a trabajarlos

Se quedó absorto ante la pericia del afilador, hasta ese momento cayó en la cuenta que ya no era necesaria aquella piedra de sus recuerdos.

La conversación entre los artesanos lo sacó de su trance. Hablaban de un tal Chiqui, a quien habían conocido en la cárcel, contaban de lo hábil que era con las navajas de acero inoxidable, decían que para comprobar el filo se las pasaba en medio de la lengua, dejando salir un hilo de sangre, que luego se daba gusto tragándolo. Cuando estaba seguro que tenían suficiente filo rebanaba la punta de la nariz a alguno de los compañeros de cuadra, sus víctimas eran conocidos como los chatos; pero su máximo placer lo obtenía cuando las navajas se quedabn sin filo, y con ellas arrancaba orejas a diestra y a siniestra. No tenía dudas, el Chiqui era un tipo interesante, como el viejo criado por mapaches; la historia lo tenía capturado.

Después de cinco minutos el afilador le devolvió los cuchillos y le dijo: Son ochenta quetzales. Se quedó como quien recibe un directo a la mandíbula, recordó que lo pagado por los cuchillos no llegaba a cuarenta quetzales.

Buscó entre las bolsas del pantalón, se sacó unos cuantos billetes, se los dio al afilador, quien luego de contarlos le dijo: esto no alcanza.

Aturdido, y con miedo, metió una pierna entre la puerta y el marco, y se deslizó hacia adentro, al tiempo que decía: No tengo más, llévese los cuchillos, quizá el Chiqui se los compre.

Victor Inox

jueves, 18 de febrero de 2010

Salmos pajeros VI

XVII
Ella es mi luz

pero le temo

Los malos me acechan

me llevan a lugares de perdición (¡Ah, los amigos!)

¡Oh paradoja de paradojas!

es ahí donde encuentro mi camino

Después tengo que esconder el rostro

no puedo verla

bajo la cabeza

percibo su ira

Salen palabras de mi boca

ten misericordia

Una cosa demando

estar todos los días de mi vida en su casa (Sale caro pagar doble renta)


XVIII
Tributad...oh hijos de los poderosos

porque nosotros

los que andamos a pie (y muchos de los que andan en carro)

no tenemos liquidez (el dinero no alcanza muchá)

Y la voz de la SAT nos hace temblar

como sonido de truenos

con potencia

por eso florece el negocio de las facturas chafa

nadie hace caso (bien por eso)

suficiente con recaudar el IVA

el ISR mes a mes

no a nosotros

Ellos deben pagar


XIX
Si fuera próspero (no Penados Del Barrio)

pagaría

no tendrían que perseguirme

ni llamarme en la madrugada

podría evitar los avisos que anuncian morosidad

En su ira ellos pueden quitarme el sustento

difamarme

¿Qué provecho hay en dejarme sin trabajo?

¿Podrá hacer algo mi cartera vacía?

Como dijo Tevie (el de la película)

Qué de malo habría en que yo tuviera un poco

Jonás Ungido

lunes, 8 de febrero de 2010

¿En el principio?

Cuando Lillith se fué Adán se sintió decepcionado y traicionado por Dios. Eva era hermosa, dulce y sumisa, hacía todo lo que él quería; pero nada se comparaba con la locura sexual de Lilith y sus experimentos en la cama.

Eva siempre lo hacía de la misma forma. Lo esperaba a oscuras, cubierta hasta el cuello con una piel de borrego y una manta tejida, que siempre se negaba a retirar; se tendía placidamente y casi nunca hacía gestos ni sonidos. Adán terminaba decepcionado, extrañaba a Lillith y sus inventos.

Con el paso del tiempo la decepción se transformó en temor, la fertilidad de Eva hacía que quedara embarazada cada vez que tenían sexo; después lo evitaba durante todo el embarazo, su mal humor era insoportable.

El mundo se fué poblando de sus hijos y los hijos de sus hijos. Eva se consumía y Adán perdió el interés en ella.

Un día, en su edad madura, Adán salió a caminar, dispuesto a ver el mundo con otros ojos. Se quedó viendo a un grupo de muchachos, entre quienes sobresalía uno hermoso, de formas perfectas y mirada profunda; lo supo cuando logró que sus ojos se cruzaran, al rato conversaba con él. Algo sucedió, pues ambos quedaron fascinados con el otro, por lo que siguieron encontrándose, se volvieron inseparables.

Esteban descendía de los hijos de Dios que tomaron para sí mujeres hijas de los hombres. Él podía ser dulce como Eva y siniestro, como Lillith; no era como los descendiente de Adán, no lo obedecía ni lo servía, menos reverenciarlo. Adán se sentía retado y atraído.

Aquella mañana salieron de cacería, el sol todavía no calentaba; corrieron detrás de las presas, no tuvieron suerte, por lo que cansados se recostaron bajo una datilera, a la orilla de una cascada, que formaba una poza cristalina. Esteban se tornó servicial, consiguió unos dátiles y los puso en la boca de Adán; dejando, sutilmente, que este le lamiera los dedos.

Luego del descanso Adán quiso nadar. Se hundió en el agua, mientras Esteban lo observaba y pensaba que aquel cuerpo, aunque maduro, revelaba la belleza de la creación. Unos minutos después se metió a la poza, se acercó a Adán y le dijo: No hay duda, en verdad eres creación divina.

Todo terminó en un jugueteo, en el que Adán descubrió que podía tener sexo sin temor a la reproducción, aunque eso implicara sacrificar algún orificio. Ahí quedaron dormidos a la sombra de la datilera.

Adán llevó a Esteban a su casa, como su protegido, fué él quien administró sus bienes cuando sus hijos se mataron entre si.

Eva no tuvo más hijos, por lo que dedicó su tiempo a la alfarería, sus figuras de barro se volvieron famosas y se vendían por montones. La gente daba cualquier cosa por tener una, y las pedían cada vez más grandes.

Billy Granjas

lunes, 1 de febrero de 2010

La pulga

Jamás se nos cruzó por la mente nombrarlo Diego, eso marca a los pibes, Diego solo hay uno, es irrepetible; por eso le pusimos Lionel, para dotarlo de un poder invencibe, además también es nombre de rey, Lionel, Leo, León; nada podría contra él.

Es el deseo de todo padre que su hijo chute la pelota como los dioses, pero con Leo no nos hicimos esperanzas, él nunca fue normal, lo supimos desde el principio, apenas pesó tres libras al nacer, por eso le dimos un nombre poderoso, para ayudarlo un poco al pibe.

No era como los demás, hasta pensamos que era ciego, porque se quedaba mirando fijamente al techo, ahí no había nada, solo una bombita de luz.

En cuanto caminó empezó a golpear el balón, a los cuatro años ya driblaba a todos los del barrio, corría como ningún otro, pero no crecía, pasaban los años y se iba quedando pequeño, por eso se ganó el mote de la pulga.

Se fue a la escuela pero no duró mucho, porque no aprendía, con mucho esfuerzo supo leer y escribir. Lo enviaron con la sicóloga, ella era elegante, pero no tuvo pena cuando dijo: Ché, el pibe es autista, tenés que tener paciencia con él.

Hizo falta más que paciencia, el pibe no aprendía. Eso sí, cuando ibamos para la cancha, viste, el pibe era otro, parecía tener poderes especiales, era un barrilete cósmico, pero era un chiquilín, así nadie lo iba a querer en su equipo.

Quisimos curarlo, al menos hacerlo crecer, pero no había gita y ningún club se quizo hacer cargo, apenas tenían para pagarle a sus jugadores.

Ahora tiene diez y siete años, y la estatura de un pibe de doce, se pasa todo el día con la pelota, nosotros lo dejamos. Sabemos que el nombre no le ayudó en nada, tampoco que nosotros tratáramos de fingir el acento argentino. Si tan solo nuestro patojo hubiera nacido en pibelandia, sería igual que ese chiquitín que juega en el Barça; pero ya se sabe, viviendo acá nadie nos iba a prestar atención; además, de Guatemala no puede salir ningún buen jugador de futbol.

Diego Iespien

miércoles, 20 de enero de 2010

CR7

La primera temporada de futbol que vi fue cuando el Real Madrid tenía una colección de muñecos, que comenzaba con David Beckham. Me tiraba todos los partidos en la tele, no me perdía uno, hasta llegué al extremo de hacerme socia del equipo y, por supuesto, ir al Bernabeu a verlos en vivo; ahí conocí a Luis, quien no tenía un cuerpo de colección, pero era coleccionable.

No creo entrar en la categoría de Cougar, aunque paso de los cuarenta, mi posición económica es desahogada, tengo trabajo estable, auto deportivo y cuerpo decente, ni siquiera porque mis parejas usualmente son menores que yo; Luis, por ejemplo, tenía veintiún años cuando lo conocí.

El futbol no era lo mío, pero los hombres si, por eso me hice fan, de esas a las que llaman groupies. En un par de años llegué a tener suficiente influencia en la porra, y con los directivos del equipo, por lo que las invitaciones a los afterparties eran frecuentes.

La experiencia que dan los años me ayudaba a no andar de cacería, las oportunidades llegaban de forma espontánea, cuando sucedían le entraba.

Las jovencitas eran impactantes, muchas de ellas esculturales, yo no; aun así, muchas veces me tocaban los bocados más suculentos, otras tenía que conformarme con alguien más grandecito; doy fe, por ejemplo, que dar cabezazos no es la única habilidad de Zidane, era excelente en otras áreas, y no hablo de cosas relacionadas con futbol.

Mis amigas siempre preguntaban: ¿Cuál es el atractivo?, ¿qué les ves? Nunca me entendían, a pesar de que les enseñaba las fotos de Beckham y los demás.

Cuando apareció Cristiano me quedé helada, el niño es hermoso. Nunca antes vi un cuerpo como el suyo, con esa carita tan dulce.

Tenía que llegar hasta él, no sabía qué hacer, porque la lista de espera era enorme; hasta a Paris Hilton se le antojo, lo montó en su avión y se lo llevó varios días; presumo que la única monta fue la del avión, porque luego dijo que no era su tipo, que le pareció muy femenino.

Lo mejor que pudo pasar, para mí, no para el equipo, fue la lesión de Cristiano. Me las ingenié para hacerle de enfermera; no fue en una fiesta, pero conseguí estar con él, sentir su olor y sus manos; también él sintió las mías, y yo su duro trasero.

Hace unos días, mis amigas volvieron a preguntar: ¿Por qué te hiciste fan?. Les mostré un poster de Cristiano, en el que hace publicidad de ropa interior; les conté de mi experiencia como enfermera y les dije que Paris Hilton tenía razón. Creo que a partir de ahora habrá cinco loquitas más que seguirán al Real Madrid.

Karla Yanina

miércoles, 13 de enero de 2010

Me llamo R

Yo tengo la culpa de todo, estoy aquí sin poder decir nada, todos saben en donde está mi cuerpo, pero no puedo hablar, estoy muerto, de eso no hay duda, lo escuché en las noticias, también supe quienes fueron mis ejecutores, los pude ver aunque esté muerto, no sé cómo explicarlo, se supone que no puedo ver nada, es un misterio.

Me enteré que hubo desórdenes, durante varios días, que las aguas subieron de nivel, pero no pasó a más, no fue suficiente, quizá por eso estuve aquí los meses pasados, era necesario esclarecer mi muerte, para que pudiera descansar. Ahora ya no veo nada, he pasado por un túnel oscuro, para luego salir a la luz; lo último que pude ver fue la conferencia de prensa, la animada alocución con acento español, en la que decían que todo estaba resuelto, que fui yo mismo el que lo planeó todo.

Es imposible negarlo, no tengo voz, he confirmado que los muertos no hablan, sus cuerpos pueden decir cosas, pero nada puede salir de sus bocas, aunque se grite, nadie te escucha; las cosas no son perfectas, debí haber planeado también mi resurrección; lo dicho, no soy perfecto, nunca lo fui, no preví que no hay comunicación desde el más allá.

Los muertos no pueden atacar ni defenderse, esa es mi condición, los vivos tienen creatividad, vean de lo que fui capaz. Nunca pierdan de vista que siempre habrá otros que son más vivos, y algunos que querrán pasarse de vivos, la imaginación no tiene límites; se los digo yo que no puedo hablar, pues algunos imaginaran que soy quien no soy.

Orano Pa Muko

lunes, 11 de enero de 2010

Apretaíto

Parada frente a mí, ella repetía algo que no pude o no quise comprender. El show daría inicio en cinco minutos, no tenía tiempo para escuchar explicaciones, la oportunidad es una, no se tienen más, se toma o se deja; lo único que alcancé a entender fue: No sé qué pasó, lo siento mucho.

Ese día se enfermó Centurión, el vocalista principal del grupo, por lo que me tocaba hacer el solo, recién en ese momento caí en la cuenta, lo que ella decía representaba complicaciones.

De algún lugar saqué valor y dije: ¿qué es lo peor que puede pasar? Ella seguía balbuceando: Podría romperse; ¿y qué? Respondí.

Tenía tanta seguridad en mí mismo que pensé: este cuerpo es perfecto, para qué ocultarlo.

Con esfuerzo pude meterme en el traje, no había tiempo para conseguir otro, en realidad se había encogido un par de tallas.

Los zapatos eran totalmente visilbles, pues el pantalón quedó bastante corto; por fortuna la tela se amoldó a mis caderas, aunque era evidente que estaba constreñida; me pusé la camisa, fue imposible cerrarla, de hacerlo los botones hubieran saltado, quedó abierta casi hasta la cintura; con la chaqueta sucedió lo mismo, apenas logré encajar dos broches; mi forma de caminar resultaba algo afeminada, además tenía el paquete aprisionado, formando un bulto que llamaba la atención.

Sonó la música y me concentré en cantar. Las mujeres se pusieron a gritar, casi al borde de la histeria; el bullicio me animó, entonces intenté moverme como Elvis; a pesar de lo apretado de la ropa, creo que lo hice, al menos se generó el caos. En medio del relajo, unas chicas subieron al escenario, sentí unas manos sobre mis nalgas, besos en el rostro, los de seguridad empujaban, intentando bajarlas. El éxito fue impresionante.

Agradecí a Clarita por haber lavado mi traje. Desde ese día nunca he vuelto a usar ropa de mi talla, me di cuenta que lo apretado me sienta mejor.

Mi amigo el Puma

martes, 5 de enero de 2010

De regreso

La llamó para decirle que regresaría. Se fue hace algunos años, compró un boleto de ida, abordó el bus y dijo en voz alta: Cuando uno no sabe a dónde ir cualquier dirección que se tome es buena.

Se pasó la mano por la calva, pensando en el rumbo que había seguido su vida desde que pronunciara esas palabras.

Hizo el recuento y notó que salía ganando, a pesar de la depresión profunda del inicio, cuando salió de la cama hasta que los piquetes del hambre fueron tantos que se vio forzado a levantarse; a pesar de cómo tuvo que ganarse la vida.

Siempre pensó que aquel momento fue el que determinó todo. Cuando abordó el bus que lo llevaría a la frontera; apenas habían pasado treinta minutos y dos hombres se levantaron gritando: Esto es un asalto; luego escuchó tres disparos, sintió la humedad en el respaldo del asiento, al tiempo que su vecino se recostaba sobre él; minutos después los hombres detuvieron el bus, bajarón y se fueron con el botín.

Le dará gusto verla de nuevo, después de todo este tiempo, le dirá en tono sarcástico, mientras le enseña la maleta llena de dinero, que su ruta no lo llevó al hospital, ni a la cárcel, que cuando no se sabe a dónde ir, cualquier dirección que se tome es buena.

Pancho Pistolas

martes, 22 de diciembre de 2009

Milagro de navidad

Era víspera de Navidad y le quedaban en la cartera cincuenta quetzales, con eso a duras penas podría comer, ni pensar en comprar ropa y juguetes para los niños.

Imaginó la casa sin decoraciones, la esposa desencajada, la mesa con un par de tamales enviados por la madre de ella, repartidos en cuatro platos; hasta pudo escuchar la frase que siempre repetía: para que te casaste con ese bruto.

Caminaba por un callejón angosto, todos los comercios estaban cerrados, menos uno. Sintió curiosidad, entró deslizándose por debajo de una persiana de metal a medio cerrar, aquello era una venta de paca, no como la Mega Paca, aquí todas las cosas estaban en el suelo, aunque al fondo tenían un par de anaqueles en donde exhibían algunos juguetes.

Se puso a registrar. Encontró un traje negro, completo; una camisa de seda y una corbata. Sabía que aquella ropa, aunque usada, era fina; de las marcas que él solía vestir antes de la crisis; antes que su cartera de clientes quedara a cero. Pensar que dos años atrás todo era diferente, incluso compraba fuegos pirotécnicos, el paquete de lujo; y la fiesta de fin de año siempre en hotel de cinco estrellas, a la orilla de la playa. Ya el año anterior la cosa había sido diferente, pocos regalos, sin pavo, sin viaje. Este año no quedaba nada, los intereses de las tarjetas se lo habían comido, literalmente.

Siguió registrando, sin ganas de regresar a su casa; por algún lado apareció un robot transformer, el mismo que su hijo deseaba tanto, no tenía empaque, pero estaba en perfecto estado. Levantó una bata vieja, frente a su cara apareció una pijama violeta, de mujer, nueva, todavía con etiquetas, de la talla de su esposa. Que suerte, ahora solo necesito un oso de peluche, dijo en voz baja. Volteó la cabeza, al fondo pudo ver un oso de peluche blanco y esponjoso.

Se sintió como niño en mañana de navidad, imaginó que los cincuenta quetzales no le alcanzarían, pero se armó de valor, preguntó y casi llora cuando el vendedor le dijo: mire, ya quiero cerrar , le dejo todo eso que encontró por treinta quetzales, pero váyase ya.

Pidió unos minutos más. Entró al vestidor, se puso el pantalón, se abrochó la camisa, se colocó la corbata, aquella ropa estaba hecha a su medida; se vio como en sus mejores tiempos; se peinó, guardó los jeans gastados en una bolsa. Cuando salió, el dependiente lo miró y se quedó perplejo, de inmediato lo acosó el espíritu navideño: allá en la esquina hay unos zapatos negros, son talla 42, se los regalo, no se puede poner ese traje con tenis, le dijo, al tiempo que agarraba un abrigo de hombre, largo, negro, con cuello de gamuza, y agregó: no le queda a nadie por aquí, usted es alto y allá afuera hace frío, lléveselo. Parecía un aristócrata inglés saliendo del teatro.

Caminó con confianza, estaba feliz, en una bolsa llevaba la ropa vieja y en otra los regalos.

Encontró abierta una tienda de barrio, una mujer muy amable le empacó todo con cariño. Siguió caminando, unas diez cuadras lo separaban de su casa.

Como había frío, acomodó los paquetes en una mano y la otra la metió en la bolsa del abrigo; se encontró con un papel arrugado, lo sacó, al verlo sus ojos no daban crédito, era un billete de cien dólares.

Emocionado le hizo alto a un taxi, aunque faltaba poco quiso apresurarse. Imaginó la cara de sus hijos y su esposa, sería una navidad perfecta; además, con los cien dólares saldrían a comer y a divertirse, como en los buenos tiempos.

Un par de cuadras adelante el taxista paró el carro, sacó una pistola:

—Dame las tarjetas y el celular.

—No tengo.

La respuesta enfureció al atacante. Un hilo de sangre corrió por su rostro, luego de sentir el golpe de la cacha de la pistola. Sin darse cuenta, tres hombres más habían aparecido; lo sacaron del auto, lo registraron, le quitaron la cartera y el billete de cien dólares; al no encontrar más lo golpearon. Fueron unos cinco minutos de absorber los golpes de seis piernas que lo impactaban en forma alterna; no le dispararon, pero quedó inconsciente, tirado en la cuneta.

Despertó cuando llegó la madrugada, una mujer que pasaba se le quedó viendo, y lo reprendió: bueno está, por borracho te pegaron, pero es navidad, tené estos dos quetzales para tu camioneta, le dijo y siguió caminando. Los regalos habían quedado en el taxi; agradeció estar vivo y maldijo a la paca. Tenía el abrigo lleno de lodo, la camisa manchada de sangre y le faltaba un zapato; la peatones lo confundían con un mendigo y se alejaban, nadie más le habló.

Llegó a su casa, la esposa salió a recibirlo, lo miró de pies a cabeza, de inmediato se puso a llorar, y a gritarle: ni siquiera pensaste en nosotros, te compraste ropa lujosa y zapatos nuevos, hasta un abrigo, y jurás que no tenés dinero, seguro te emborrachaste con tus amigos en saber qué fiesta, ni me contés nada, los niños ya se fueron con mi mamá, solo te esperé porque todavía confiaba en vos, me voy, pero cuando regrese no quiero que estés aquí, ya no te soporto.

Entró a la casa, se quitó el abrigo y el traje, por costumbre revisó los bolsillos, ella siempre le reñía por dejar cosas adentro. Casi metido en el forro del saco encontró un anillo de compromiso, tenía un diamante enorme, incrustado en oro en oro blanco.

Acarició al gato, mientras pensaba que, de seguro, algún hombre se había salvado de un matrimonio. Examinó el anillo con habilidad de conocedor, agradeció estar vivo y bendijo a la paca. Sería suficiente para empezar de nuevo, en algún lugar lejano; solo, por supuesto.

Ebenicer Escrush

PD. Maestros y maestras que visitan esta casa de paja, con este cuentín les deseo feliz navidá y que el año 2010 sea de éxitos. Por ahora tomaré un descanso, nos leemos en enero.

Salú pue.

martes, 15 de diciembre de 2009

Fiel creyente

Cumplía con el evangelio y sus preceptos, vivía para la Iglesia, compraba todos los años el mismo turno para la procesión de viernes santo, había viajado a El Vaticano, Lourdes, Guadalupe y todos los años visitaba Esquipulas; lucía el cromo de la virgen en el carro, portaba un crucifijo en el cuello y, sobre todo, jamás discutía ni argumentaba sobre lo que no entendía; su cristiandad era perfecta.

Tenía una debilidad, su nieto, un niño hermoso, de ojos enormes, pestañas volteadas y sonrisa pegajosa. Lo amaba más que a sus hijas, era su vida entera.

El niño creció, fue educado según el evangelio, recibiendo el catecismo a su debido tiempo y cumpliendo con los sacramentos de la Iglesia; incluso el cura lo eligió para acólito. Con orgullo, todos los domingos, se sentaba en primera fila, para observarlo mover el incensario; disfrutaba verlo con la ropa roja y la campana, su nieto estaba cada vez más cerca de Dios.

Pasada la adolescencia, poco después de cumplir 18 años, el nieto se volvió distante, cambió su actitud, al grado de ponerse violento.

La situación se tornó insoportable, no aguantaba más, era incocebible que su criatura angelical, por quien daba la vida, se hubiera revelado. Decidió pedirle ayuda al cura.

Llegó temprano y se dirigió a la sacristía, empujó la puerta, sin previo aviso, justo en el momento que el cura se subía los calzoncillos y su nieto se incorporaba, todavía sin ropa. No supo que decir, dio la vuelta y se fue rumiando su impotencia.

Fue ahí que comprendió el por qué de la actitud del nieto. Así es la vida, no se puede competir con la juventud, pensó. Con voz entrecortada dijo: que sea feliz, aunque nunca podré perdonarlo, él era el amor de mi vida, le pagaré con la misma moneda, deben existir muchas iglesias con párrocos jóvenes.

Jean Pol Le Pup