—Está bonito ese su camión cisterna.
—¿Verdad que sí?, lo acabo de añadir a la flotilla.
—¿Y cuántos tiene pues?
—Ya ajusté ocho.
—O sea que el negocio camina.
—Fíjese que sí, va sobre ruedas, a pesar de los tiempos tan difíciles.
—Si hombre, tan cara que está la gasolina
—Eso es lo paradójico, porque vio que el agua ya casi se vende al mismo precio de la gasolina.
—Pero a nosotros, que andamos en el negocio de vender agua, eso nos conviene.
—¿Cómo así? No tenía usted una agencia de viajes pues.
—Siempre, ¿se acuerda que organizo tours hacia Egipto? Pues ahora también estoy vendiendo agua.
—Púchica, pero como que le está yendo bastante bien.
—Apenas estoy empezando, estos tres meses han sido para encarrilarme.
—No chingue, ni modo que sólo tres meses y ya hasta compró ese Mercedes, yo llevo toda mi vida en esto y, aunque no me quejo, el negocio no da para tanto.
—Todo es cuestión de estrategia.
—Pues páseme el chivo.
—Mire pues, me asocié con una empresa de teléfonos, con otra que emite tarjetas de crédito, el resto fue sencillo, hasta fue fácil adaptar la campaña de publicidad.
—¿Qué dice pues?
—Boleto de avión a Egipto, con tour incluido: US$2,500.00. Llamada telefónica: US$10.00. Un vaso de agua en el desierto, no tiene precio. Hay cosas que el dinero no puede comprar, para todo lo demás existe Maestro Card.
—¿Y le funcionó entonces?
—Ya vio que siempre hay gente que se pierde en los tours.
Water Mercado
viernes, 28 de agosto de 2009
lunes, 24 de agosto de 2009
Diálogos incongruentes IX
—Vos, ¿será que aquel tu cuate? Ese que es editor hombre, el que vos decís que te publicó un libro, ¿será que lee mis textos?
—Dejame decirle, aquel es buena onda, a mí me publicó y no me cobró nada.
—Púchica muchá, ¿cómo así? No se supone que es el editor quien tiene que pagarle al escritor para poder publicar su libro pues.
—Nel, aquí no es así la cosa, aquí o tenés cuates que sean cuates de los editores o si vos sos cuate del editor, entonces te publican.
—Simón, vaya que yo me logré meter a ese círculo, pero ustedes no se ponen las pilas.
—Y ¿cómo te metiste mano?
—Lo que pasa es que cuando salí de la U hice mis prácticas en la editorial de aquel, pero después de terminar me dio la oportunidad de seguir corrigiendo textos, buena onda aquel, no me pagó pero gané bastante experiencia; eso sí, ya me publicó mi librito.
—Que rayado mano.
—Puta, yo no entiendo nada, ¿vos decís que le trabajaste gratis y que por eso buena onda?
—Gratis no vos, porque, al final, me publicó mi libro.
—Mirá mano, yo tengo un cuate que sale a chupar con un chavo que tiene una editorial, hasta compadres se hicieron, y a ese cuate, poeta él, ya le publicaron tres libros.
—Mirá pues, que buena onda ese editor, hasta su compadre lo hizo.
—Uña y mugre son, y así ni le cobró la edición.
—No muchá, ustedes son algo mulitas, pero si siguen así, de seguro, más de algo les publican.
—Vos sos el mula, regalando tus textos en internet y encima nadie te lee.
—Al menos no estoy como esas viejitas de pueblo, primero tuvieron que echarse a la bolsa al editor, luego pagaron de su bolsa el libro, la presentación la hicieron con su pisto; se han vendido como tres ediciones y a ellas no les han dado ni un centavo; lo bueno, como ustedes dicen, es que no les cobraron la segunda y tercera edición, esas corrieron a cargo del editor, quien encontró un buen negocio, el libro lo utilizan como texto en un instituto público, que tiene más de 3,000 estudiantes. Y a vos, decime, ¿cuánto te pagaron por tu libro?
—Buena onda aquel, el 20% me dio, imprimió 100 libros y me dio 20, me rayé, porque a otros sólo les dan el 10%.
—No te digo pues, te rayaste vos.
—Si muchá, son meros mulitas ustedes, a’i pagan las chelas pues, porque yo ya me voy.
Tedito tulibrito perochiniunlen
—Dejame decirle, aquel es buena onda, a mí me publicó y no me cobró nada.
—Púchica muchá, ¿cómo así? No se supone que es el editor quien tiene que pagarle al escritor para poder publicar su libro pues.
—Nel, aquí no es así la cosa, aquí o tenés cuates que sean cuates de los editores o si vos sos cuate del editor, entonces te publican.
—Simón, vaya que yo me logré meter a ese círculo, pero ustedes no se ponen las pilas.
—Y ¿cómo te metiste mano?
—Lo que pasa es que cuando salí de la U hice mis prácticas en la editorial de aquel, pero después de terminar me dio la oportunidad de seguir corrigiendo textos, buena onda aquel, no me pagó pero gané bastante experiencia; eso sí, ya me publicó mi librito.
—Que rayado mano.
—Puta, yo no entiendo nada, ¿vos decís que le trabajaste gratis y que por eso buena onda?
—Gratis no vos, porque, al final, me publicó mi libro.
—Mirá mano, yo tengo un cuate que sale a chupar con un chavo que tiene una editorial, hasta compadres se hicieron, y a ese cuate, poeta él, ya le publicaron tres libros.
—Mirá pues, que buena onda ese editor, hasta su compadre lo hizo.
—Uña y mugre son, y así ni le cobró la edición.
—No muchá, ustedes son algo mulitas, pero si siguen así, de seguro, más de algo les publican.
—Vos sos el mula, regalando tus textos en internet y encima nadie te lee.
—Al menos no estoy como esas viejitas de pueblo, primero tuvieron que echarse a la bolsa al editor, luego pagaron de su bolsa el libro, la presentación la hicieron con su pisto; se han vendido como tres ediciones y a ellas no les han dado ni un centavo; lo bueno, como ustedes dicen, es que no les cobraron la segunda y tercera edición, esas corrieron a cargo del editor, quien encontró un buen negocio, el libro lo utilizan como texto en un instituto público, que tiene más de 3,000 estudiantes. Y a vos, decime, ¿cuánto te pagaron por tu libro?
—Buena onda aquel, el 20% me dio, imprimió 100 libros y me dio 20, me rayé, porque a otros sólo les dan el 10%.
—No te digo pues, te rayaste vos.
—Si muchá, son meros mulitas ustedes, a’i pagan las chelas pues, porque yo ya me voy.
Tedito tulibrito perochiniunlen
martes, 18 de agosto de 2009
De la serie negocios fabulosos -5-
—Ay mi amor, no lo sé, ¿será buena idea?
—Te digo que sí, ya lo calculé bien, además no es mucha la inversión.
—Pero es que, mmm, ¿qué tanto podemos ganar con eso?
—Bueno, ya se sabe, el que no arriesga no gana, pero aquí el riesgo es mínimo.
—Tengo mis dudas, hay mucha diferencia, ¿de ginecólogo a panadero?
—Ah, pero no pienso dejar la ginecología, la panadería será un complemento.
—¿Cómo así?
—Y no es que vaya a vender pan, el negocio es asegurar el futuro del recién nacido.
—No entiendo.
—Ay mi amorcito con vos, es sencillo, ¿has escuchado decir que los niños vienen con el pan bajo el brazo? Pues yo garantizaré que así sea, y luego lo cobro en el precio del parto.
Dr. Panito
—Te digo que sí, ya lo calculé bien, además no es mucha la inversión.
—Pero es que, mmm, ¿qué tanto podemos ganar con eso?
—Bueno, ya se sabe, el que no arriesga no gana, pero aquí el riesgo es mínimo.
—Tengo mis dudas, hay mucha diferencia, ¿de ginecólogo a panadero?
—Ah, pero no pienso dejar la ginecología, la panadería será un complemento.
—¿Cómo así?
—Y no es que vaya a vender pan, el negocio es asegurar el futuro del recién nacido.
—No entiendo.
—Ay mi amorcito con vos, es sencillo, ¿has escuchado decir que los niños vienen con el pan bajo el brazo? Pues yo garantizaré que así sea, y luego lo cobro en el precio del parto.
Dr. Panito
martes, 11 de agosto de 2009
De la serie el cuento de la muerte -5-
Estaba la muerte un día dibidí, sentada en su escritorio dobodó...
El canto de los niños le cayó encima, claro y a todo volumen, le resultaba imposible abstraerse, ellos palmeaban y reían al ritmo de la vieja tonada. Alicia, su asistente, le había solicitado permiso para tenerlos en la oficina durante unos días, mientras resolvía algunos problemas familiares. Tomó la hoja y se dispuso a revisar la carta que hacía un instante Alicia había puesto en su escritorio, junto a la humeante taza de café. Respiró profundo, se tapó los oídos, cerró los ojos, pero el ruido seguía ahí; sintió ganas de pedirle que se los llevara, pero se contuvo; sin embargo, aunque la oficina era amplia, los niños se metían debajo de la escalera que estaba pegada a su despacho, justo atrás de su cabeza.
...buscando papel y lápiz dibidí, para escribirle al lobo dobodó...
La redacción estaba impecable, como siempre, Alicia era eficiente, no podía negarlo. Dio un sorbo largo al café, tomó la pluma de nácar, herencia de la abuela, mojó la plumilla de oro en la tinta china, detestaba los bolígrafos y las plumas fuente, firmó y selló, luego colocó la carta en un sobre con membrete, derritió el lacre, una carta a la antigua, como debe ser. Posó el sello de bronce, también heredado, y dejó marcadas las iniciales BM, rodeadas de una corona de laurel. Alicia tomó la carta y se alejó. "Decile a tus hijos que vayan a jugar a otra parte y traeme dos aspirinas", le dijo, sin gesto de enojo.
...el lobo le contestó: que si, que no...
El dolor de cabeza no había cedido en todo el día. Acomodó la frente sobre el filo del escritorio, con las manos también hizo lo mismo, cerró los ojos, suspiró, estiró la mano derecha y abrió una gaveta, buscando sus píldoras para el corazón sintió el frío del metal.
...la muerte se enojó...
Imaginó la cara que pondrían sus hijos cuando se enteraran que no había herencia, la empresa estaba casi muerta, las deudas eran impagables, la liquidación de los activos únicamente serviría para cubrir un porcentaje. Alicia lo sabía, pues era la única empleada que quedaba, su última tarea consistía en preparar los papeles de la liquidación; por eso no le extrañó que aquel hombre irrumpiera, eso se había vuelto costumbre; intentó detenerlo, sin hacer mayor esfuerzo, no tuvo éxito. El sonido de la puerta fue lo último que escuchó, una nube negra cayó sobre sus ojos, la convulsión hizo que sus manos apretaran la orilla del escritorio.
...y un tiro le metió.
La risa de los niños acompañó el sonido del disparo, que se incrustó en la pared después de haber agujereado el respaldo de la silla. Un segundo antes don Bonifacio había dejado de existir.
Rondo Lirondo
El canto de los niños le cayó encima, claro y a todo volumen, le resultaba imposible abstraerse, ellos palmeaban y reían al ritmo de la vieja tonada. Alicia, su asistente, le había solicitado permiso para tenerlos en la oficina durante unos días, mientras resolvía algunos problemas familiares. Tomó la hoja y se dispuso a revisar la carta que hacía un instante Alicia había puesto en su escritorio, junto a la humeante taza de café. Respiró profundo, se tapó los oídos, cerró los ojos, pero el ruido seguía ahí; sintió ganas de pedirle que se los llevara, pero se contuvo; sin embargo, aunque la oficina era amplia, los niños se metían debajo de la escalera que estaba pegada a su despacho, justo atrás de su cabeza.
...buscando papel y lápiz dibidí, para escribirle al lobo dobodó...
La redacción estaba impecable, como siempre, Alicia era eficiente, no podía negarlo. Dio un sorbo largo al café, tomó la pluma de nácar, herencia de la abuela, mojó la plumilla de oro en la tinta china, detestaba los bolígrafos y las plumas fuente, firmó y selló, luego colocó la carta en un sobre con membrete, derritió el lacre, una carta a la antigua, como debe ser. Posó el sello de bronce, también heredado, y dejó marcadas las iniciales BM, rodeadas de una corona de laurel. Alicia tomó la carta y se alejó. "Decile a tus hijos que vayan a jugar a otra parte y traeme dos aspirinas", le dijo, sin gesto de enojo.
...el lobo le contestó: que si, que no...
El dolor de cabeza no había cedido en todo el día. Acomodó la frente sobre el filo del escritorio, con las manos también hizo lo mismo, cerró los ojos, suspiró, estiró la mano derecha y abrió una gaveta, buscando sus píldoras para el corazón sintió el frío del metal.
...la muerte se enojó...
Imaginó la cara que pondrían sus hijos cuando se enteraran que no había herencia, la empresa estaba casi muerta, las deudas eran impagables, la liquidación de los activos únicamente serviría para cubrir un porcentaje. Alicia lo sabía, pues era la única empleada que quedaba, su última tarea consistía en preparar los papeles de la liquidación; por eso no le extrañó que aquel hombre irrumpiera, eso se había vuelto costumbre; intentó detenerlo, sin hacer mayor esfuerzo, no tuvo éxito. El sonido de la puerta fue lo último que escuchó, una nube negra cayó sobre sus ojos, la convulsión hizo que sus manos apretaran la orilla del escritorio.
...y un tiro le metió.
La risa de los niños acompañó el sonido del disparo, que se incrustó en la pared después de haber agujereado el respaldo de la silla. Un segundo antes don Bonifacio había dejado de existir.
Rondo Lirondo
lunes, 10 de agosto de 2009
Habemus libro
Estimado público que lee y que visita este blog, está página electrónica, este su rincón de la cultura; en esta oportunidad se me ha encomendado venir a ofrecerles lo que es esta pequeña publicación, este novedoso objeto de sabiduría, este pequeño libro. El mismo se llama Cuentos pajeros vol. I y le trae lo que es la recopilación de una serie de relatos, narrativas, cuentos, que se inscriben dentro del género pajero.
Este ejemplar, publicación, hermoso libro, no está a la venta en librerías, únicamente por el día de hoy se me ha autorizado para que se lo ofrezca a usted especialmente.
Su colección de cuentos, recopilación, hermoso libro, le tiene un valor simbólico de Q30.00, sólo treinta quetzalitos, los que equivalen a unos US$3.64, mucho menos de lo que le cuesta comprar una cerveza o un libro de otros autores menos reconocidos.
Si usté hace su pedido al correo electrónico jobuwa@gmail.com le estaremos enviando lo que es su libro, Cuentos pajeros Vol. I, directamente en la puerta de su casa, sin que eso le signifique recibir cargos extras.
Escriba ya.
EL LIBRO TAMBIÉN LO PUEDEN ADQUIRIR PERSONALMENTE EN:
COPIMAX
8a AVENIDA 20-44 ZONA 1
(Frente al edificio de Finanzas)
Este ejemplar, publicación, hermoso libro, no está a la venta en librerías, únicamente por el día de hoy se me ha autorizado para que se lo ofrezca a usted especialmente.
Su colección de cuentos, recopilación, hermoso libro, le tiene un valor simbólico de Q30.00, sólo treinta quetzalitos, los que equivalen a unos US$3.64, mucho menos de lo que le cuesta comprar una cerveza o un libro de otros autores menos reconocidos.
Si usté hace su pedido al correo electrónico jobuwa@gmail.com le estaremos enviando lo que es su libro, Cuentos pajeros Vol. I, directamente en la puerta de su casa, sin que eso le signifique recibir cargos extras.
Escriba ya.
EL LIBRO TAMBIÉN LO PUEDEN ADQUIRIR PERSONALMENTE EN:
COPIMAX
8a AVENIDA 20-44 ZONA 1
(Frente al edificio de Finanzas)
jueves, 6 de agosto de 2009
De la serie el cuento de la muerte -4-
La muerte no me asusta, me asustan los vivos que huelen a muerto, decía mi abuelita, mientras buscaba su suéter en el ropero, de donde salía olor a bolitas de naftalina.
Mi abuelito, más sabio, tenía en el tapanco un ataúd que había comprado hace ya varios años. Desde que lo compró siempre hubo discusiones con la abuelita, ella opinaba que nadie debería comprar su propio ataúd, porque eso era llamar a la muerte.
Yo siempre fui más apegado a mi abuelito, él me compraba dulces, me hacía juguetes de madera y, lo mejor de todo, dejaba que subiera al tapanco, ahí me ponía a jugar al muertito, aunque no siempre me gustaba esa sensación de miedito que experimentaba, pues a pesar que no cerraba del todo la tapa, imaginaba que, de repente, el gato pasaría corriendo y dejaría trabada la aldabita y no podría salir de la caja; entonces abría de un manotazo y salía a respirar, feliz de no haberme asfixiado.
En las reuniones familiares salía el tema del ataúd del abuelito, todos se mostraban a favor de la postura de la abuelita. Así fue durante años, pero en cuanto tuve edad para opinar el abuelito tuvo un aliado. Él nunca daba argumentos, sólo los escuchaba, por eso cuando gané mi primer sueldo, para demostrarle mi apoyo, compré mi propio ataúd.
Con el paso de los años las reuniones familiares tenían cada vez menos asistencia y, llegado el momento, sólo nos juntábamos para cumpleaños y funerales.
El abuelito lloró mucho cuando murió la abuelita. Ya ninguno de sus hijos lo pudo consolar, los nietos que quedaban vivían en el extranjero, pero yo no me separé de su lado.
Después del entierro subió al tapanco, decidido a usar el ataúd, pero las polillas habían hecho de las suyas. Me pidió que bajara el cajón y que lo tirara a la basura. Con un poco de esfuerzo lo conseguí. Terminado el asunto, él se sentó en su silla preferida, conversamos un rato, luego se quedó dormido.
Vladimiro Tepeu
Mi abuelito, más sabio, tenía en el tapanco un ataúd que había comprado hace ya varios años. Desde que lo compró siempre hubo discusiones con la abuelita, ella opinaba que nadie debería comprar su propio ataúd, porque eso era llamar a la muerte.
Yo siempre fui más apegado a mi abuelito, él me compraba dulces, me hacía juguetes de madera y, lo mejor de todo, dejaba que subiera al tapanco, ahí me ponía a jugar al muertito, aunque no siempre me gustaba esa sensación de miedito que experimentaba, pues a pesar que no cerraba del todo la tapa, imaginaba que, de repente, el gato pasaría corriendo y dejaría trabada la aldabita y no podría salir de la caja; entonces abría de un manotazo y salía a respirar, feliz de no haberme asfixiado.
En las reuniones familiares salía el tema del ataúd del abuelito, todos se mostraban a favor de la postura de la abuelita. Así fue durante años, pero en cuanto tuve edad para opinar el abuelito tuvo un aliado. Él nunca daba argumentos, sólo los escuchaba, por eso cuando gané mi primer sueldo, para demostrarle mi apoyo, compré mi propio ataúd.
Con el paso de los años las reuniones familiares tenían cada vez menos asistencia y, llegado el momento, sólo nos juntábamos para cumpleaños y funerales.
El abuelito lloró mucho cuando murió la abuelita. Ya ninguno de sus hijos lo pudo consolar, los nietos que quedaban vivían en el extranjero, pero yo no me separé de su lado.
Después del entierro subió al tapanco, decidido a usar el ataúd, pero las polillas habían hecho de las suyas. Me pidió que bajara el cajón y que lo tirara a la basura. Con un poco de esfuerzo lo conseguí. Terminado el asunto, él se sentó en su silla preferida, conversamos un rato, luego se quedó dormido.
Vladimiro Tepeu
martes, 4 de agosto de 2009
Crónica de un viaje forzado al festival de Atitlán y de una visita breve, y de consuelo, a la FILGUA.
Ahí les dejo una anécdota bien chilera, eso digo yo; a ver si la leen pue.
http://johanbush.blogspot.com/
Salú pue.
http://johanbush.blogspot.com/
Salú pue.
jueves, 30 de julio de 2009
De la serie el cuento de la muerte -3-
No le asustaba la muerte, a su edad eso no era importante, por eso en su ruta diaria no le preocupaba pasar por el cementerio que estaba atrás de la vieja iglesia; ahí habían sido enterrados muchos notables del pueblo, antes que fuera inaugurado el nuevo camposanto.
Ese día, por la mañana, tembló fuerte; todos comentaban si era prudente continuar con la rutina diaria, pero como no hubo más temblores la vida siguió.
Tomó el camino del cementerio, como de costumbre. Cinco tumbas adentro vio que una mano huesuda se agitaba y cuando estuvo cerca escuchó una voz que le decía: Hola, ¿cómo estás? Se quedó parado, como quien piensa qué hacer, leyó el nombre en la lápida y siguió su camino.
Cuando llegó a la escuela, lo primero que hizo fue preguntar: Maestra, ¿es de mala educación no saludar a un muerto?
Aisi Dedpipol
Ese día, por la mañana, tembló fuerte; todos comentaban si era prudente continuar con la rutina diaria, pero como no hubo más temblores la vida siguió.
Tomó el camino del cementerio, como de costumbre. Cinco tumbas adentro vio que una mano huesuda se agitaba y cuando estuvo cerca escuchó una voz que le decía: Hola, ¿cómo estás? Se quedó parado, como quien piensa qué hacer, leyó el nombre en la lápida y siguió su camino.
Cuando llegó a la escuela, lo primero que hizo fue preguntar: Maestra, ¿es de mala educación no saludar a un muerto?
Aisi Dedpipol
lunes, 27 de julio de 2009
jueves, 23 de julio de 2009
De la serie el cuento de la muerte -2-
Había un pueblito en donde la gente se moría de la risa. Algo difícil de creer, pero totalmente cierto. Era un pueblo triste, nadie quería morirse, menos hacerlo en plena carcajada, porque se quedaban con la boca abierta y luego era imposible hacer que la cerraran; cuando tal cosa sucedía era necesario romperles la quijada y así ponerla en su lugar.
Las funerarias eran creativas pues cuando la persona moría encogida de la risa, deteniéndose la panza, y no lograban enderezarlo a tiempo, los ponían en una caja cuadrada.
Durante un tiempo la gente se cagaba de la risa y después caía muerta, ese fue el primer diagnóstico; sin embargo, estudios posteriores demostraron que la gente se cagaba después de haberse muerto de la risa.
Cierta vez llegó al pueblo un tipo circunspecto, serio, Ruperto se llamaba, quien afirmaba que sólo una vez en la vida había soltado una carcajada, fue en el circo, pero luego de ver a aquel payaso su vida fue lúgubre, por eso le resultó fascinante la idea de vivir en aquel lugar; su lógica era, y lo gritaba a viva voz: si nada me provoca risa seré inmortal, si muero por fin seré feliz.
Lanzó un reto, después de afirmar que aquel pueblo no le haría ni cosquillas, dijo que se casaría con la mujer que lo hiciera reir, que estaba dispuesto a cederle toda su fortuna y a morir en el lugar.
La hija del alcalde aceptó el reto y de inmediato se hicieron los arreglos para la boda. El cura bendijo el matrimonio, la novia lloró de la emoción, tanto que las lágrimas hicieron que se le corriera todo el maquillaje; cuando el flamante esposo levantó el velo, de golpe le vino el recuerdo de aquella vez en el circo.
El padre de la novia lanzó un suspiro, mientras leía la inscripción que había mandado a poner en el regalo de bodas, la lápida decía: Aquí yace Don Ruperto, muerto de la risa, quinto esposo de Rosita, la hija del alcalde, quien nunca aprendió a manejar sus emociones, ni a maquillarse.
Rigo Mortis
Las funerarias eran creativas pues cuando la persona moría encogida de la risa, deteniéndose la panza, y no lograban enderezarlo a tiempo, los ponían en una caja cuadrada.
Durante un tiempo la gente se cagaba de la risa y después caía muerta, ese fue el primer diagnóstico; sin embargo, estudios posteriores demostraron que la gente se cagaba después de haberse muerto de la risa.
Cierta vez llegó al pueblo un tipo circunspecto, serio, Ruperto se llamaba, quien afirmaba que sólo una vez en la vida había soltado una carcajada, fue en el circo, pero luego de ver a aquel payaso su vida fue lúgubre, por eso le resultó fascinante la idea de vivir en aquel lugar; su lógica era, y lo gritaba a viva voz: si nada me provoca risa seré inmortal, si muero por fin seré feliz.
Lanzó un reto, después de afirmar que aquel pueblo no le haría ni cosquillas, dijo que se casaría con la mujer que lo hiciera reir, que estaba dispuesto a cederle toda su fortuna y a morir en el lugar.
La hija del alcalde aceptó el reto y de inmediato se hicieron los arreglos para la boda. El cura bendijo el matrimonio, la novia lloró de la emoción, tanto que las lágrimas hicieron que se le corriera todo el maquillaje; cuando el flamante esposo levantó el velo, de golpe le vino el recuerdo de aquella vez en el circo.
El padre de la novia lanzó un suspiro, mientras leía la inscripción que había mandado a poner en el regalo de bodas, la lápida decía: Aquí yace Don Ruperto, muerto de la risa, quinto esposo de Rosita, la hija del alcalde, quien nunca aprendió a manejar sus emociones, ni a maquillarse.
Rigo Mortis
jueves, 16 de julio de 2009
De la serie el cuento de la muerte -1-
Una vez un tipo encontró a su amante en la cama con otro hombre. Cuando los vio sintió que la muerte se le venía encima, entonces dijo: no es ahora que quiero morirme, será después de matar a estos dos; y la muerte se quedó quieta, como quien espera a hacer un negocio redondo. El hombre se metió la mano a la bolsa y encontró un revólver, de inmediato murmuró: es el destino, yo nunca puse la pistola en mi bolsa y ahora aparece en el momento justo; sí, es el destino, debo matarlos. Dicho eso disparó contra ambos y ahí quedaron muertos. La muerte soltó una carcajada, pero se quedó esperando el desenlace.
El sujeto vio los cadáveres y suspiró, como quien se siente vengado; luego pensó de nuevo en el arma, en ese momento notó que la ropa que llevaba puesta no era de él; la muerte nunca se impacienta y sonrió cuando le escuchó decir: todas las mujeres son iguales, éste debe ser el pantalón del amante de mi mujer. Sin decir más, dio la vuelta y se dirigió a su casa, la muerte se fue detrás de él.
You Black
El sujeto vio los cadáveres y suspiró, como quien se siente vengado; luego pensó de nuevo en el arma, en ese momento notó que la ropa que llevaba puesta no era de él; la muerte nunca se impacienta y sonrió cuando le escuchó decir: todas las mujeres son iguales, éste debe ser el pantalón del amante de mi mujer. Sin decir más, dio la vuelta y se dirigió a su casa, la muerte se fue detrás de él.
You Black
lunes, 13 de julio de 2009
Operación M
Parece que mi carrera como experto en seguridad está llegando a su fin, no es por falta de trabajo, en estos tiempos hay hasta de sobra; lo que pasa es que me estoy cansando de esos ricos excéntricos, cada vez piden cosas más raras.
Hace casi un año me contactaron para un proyecto, me citaron en un lugar público. Sin darme mayores detalles sobre la identidad del cliente, y firmado el acuerdo de confidencialidad, dijeron que la idea era recoger al único pasajero de un jet privado; el hombre llegaría las 5:00 a.m., en fecha que me revelarían después, al hangar de la fuerza aérea; ahí debería ser recibido por el grupo de choque, unos tipos entrenados para repeler cualquier ataque, ellos lo escoltarían hacia la casa que se tenía que habilitar para hospedarlo. Mi trabajo consistiría en coordinar todo, incluso acondicionar la mansión para que el cliente se sintiera cómodo y seguro.
Desde ese día he estado instalando el equipo de seguridad: cámaras, micrófonos, sensores de movimiento, detectores de metales, lo usual; eso sí, todo de alta tecnología. La cosa empezó a complicarse cuando requirieron que me hiciera cargo de comprar muebles y todo lo demás para hacer confortable el lugar. Hice mal gesto y a punto estuve de mencionar que no soy diseñador, pero la cifra en el cheque que extendieron como anticipo era para convencer a cualquiera; además en este trabajo no se hacen preguntas.
La casa está ubicada en el centro de un bosque de veinte manzanas, es enorme, pero se ve pequeña en la inmensidad del terreno; tiene gimnasio, sala de estar, invernadero, casa de huéspedes y un ambiente grande en donde será instalada una clínica. Lo sé porque en la lista de cosas que debo comprar aparece gran cantidad de equipo médico y hospitalario; que servirá también para colocar en todos los dormitorios.
Fuera del disgusto que me causó tener que comprar el mobiliario (aunque al final no fue tan pesado, porque siempre tuve a la disposición el jet, pues hubo que comprar todo en el extranjero), y la compra de provisiones para alimentar a un batallón durante al menos dos años, pensé que las excentricidades eran pocas; sin embargo, cuando ya todo el equipo médico estaba instalado, llegó un pedido especial, una cosa rara, hecha de vidrio transparente, parece una bóveda o un ataúd, al que conectaron los tubos que salían de la pared, tiene un temporizador que lo sella herméticamente.
Finalmente, cuando todo estuvo listo, y mi trabajo había concluido, llevaron a un chef y a una señora que será el ama de llaves; revisaron las provisiones que compré, hicieron un gesto afirmativo con la cabeza, luego se instalaron en la casa de huéspedes.
Se supone que voy a ser el jefe de seguridad y que debo vivir también en la casa de huéspedes; aún no me decido, me gusta ser independiente, pero es mucho dinero, así que hay que considerarlo.
La gente que me contactó está feliz con mis servicios, hace poco atendí a una rubia famosa, cantante ella; vino a ver a unos niños huérfanos que quería adoptar; le enseñaron como media docena, al parecer no le gustaron, porque estuvo un par de días y se fue; es que tuvieron el mal tino de llevarle niños de piel blanca y ella dijo que los prefería de piel oscura
Desde ayer no hay nada que hacer, me la he pasado viendo televisión, pero con el sistema satelital que se instaló sólo se ven los canales estadounidenses, que no han parado de transmitir la noticia de la muerte de Michael Jackson; a mí nunca me gustó la música de ese chavo, además me cae mal y no lo soporto por renegado; así que mejor apagué la tele; entonces empecé a aburrirme; unas horas habían pasado cuando sonó mi celular: el cliente llega mañana.
Al otro día el itinerario se cumplió sin fallas, mi equipo recibió al pasajero, yo los esperé en la mansión.
Cuando llegaron pasaron de una vez hacia el dormitorio principal, me levanté rápido; sólo alcancé a ver la silueta de una figura esbelta, de pelo lacio, nariz recta, pómulos saltones y hoyuelo en la barbilla, que se metía al ataúd de cristal.
Recordé las noticias del día anterior, me restregué los ojos, moví la cabeza en señal negativa. No puede ser, a ese cerote si que no lo soporto, dije en voz alta; como todos estaban terminando de acomodarlo, aproveché para dar la vuelta y me fui. Que se busquen otro jefe de seguridad, esto ya es el colmo, pensé mientras me alejaba.
Daniel Oceano
Hace casi un año me contactaron para un proyecto, me citaron en un lugar público. Sin darme mayores detalles sobre la identidad del cliente, y firmado el acuerdo de confidencialidad, dijeron que la idea era recoger al único pasajero de un jet privado; el hombre llegaría las 5:00 a.m., en fecha que me revelarían después, al hangar de la fuerza aérea; ahí debería ser recibido por el grupo de choque, unos tipos entrenados para repeler cualquier ataque, ellos lo escoltarían hacia la casa que se tenía que habilitar para hospedarlo. Mi trabajo consistiría en coordinar todo, incluso acondicionar la mansión para que el cliente se sintiera cómodo y seguro.
Desde ese día he estado instalando el equipo de seguridad: cámaras, micrófonos, sensores de movimiento, detectores de metales, lo usual; eso sí, todo de alta tecnología. La cosa empezó a complicarse cuando requirieron que me hiciera cargo de comprar muebles y todo lo demás para hacer confortable el lugar. Hice mal gesto y a punto estuve de mencionar que no soy diseñador, pero la cifra en el cheque que extendieron como anticipo era para convencer a cualquiera; además en este trabajo no se hacen preguntas.
La casa está ubicada en el centro de un bosque de veinte manzanas, es enorme, pero se ve pequeña en la inmensidad del terreno; tiene gimnasio, sala de estar, invernadero, casa de huéspedes y un ambiente grande en donde será instalada una clínica. Lo sé porque en la lista de cosas que debo comprar aparece gran cantidad de equipo médico y hospitalario; que servirá también para colocar en todos los dormitorios.
Fuera del disgusto que me causó tener que comprar el mobiliario (aunque al final no fue tan pesado, porque siempre tuve a la disposición el jet, pues hubo que comprar todo en el extranjero), y la compra de provisiones para alimentar a un batallón durante al menos dos años, pensé que las excentricidades eran pocas; sin embargo, cuando ya todo el equipo médico estaba instalado, llegó un pedido especial, una cosa rara, hecha de vidrio transparente, parece una bóveda o un ataúd, al que conectaron los tubos que salían de la pared, tiene un temporizador que lo sella herméticamente.
Finalmente, cuando todo estuvo listo, y mi trabajo había concluido, llevaron a un chef y a una señora que será el ama de llaves; revisaron las provisiones que compré, hicieron un gesto afirmativo con la cabeza, luego se instalaron en la casa de huéspedes.
Se supone que voy a ser el jefe de seguridad y que debo vivir también en la casa de huéspedes; aún no me decido, me gusta ser independiente, pero es mucho dinero, así que hay que considerarlo.
La gente que me contactó está feliz con mis servicios, hace poco atendí a una rubia famosa, cantante ella; vino a ver a unos niños huérfanos que quería adoptar; le enseñaron como media docena, al parecer no le gustaron, porque estuvo un par de días y se fue; es que tuvieron el mal tino de llevarle niños de piel blanca y ella dijo que los prefería de piel oscura
Desde ayer no hay nada que hacer, me la he pasado viendo televisión, pero con el sistema satelital que se instaló sólo se ven los canales estadounidenses, que no han parado de transmitir la noticia de la muerte de Michael Jackson; a mí nunca me gustó la música de ese chavo, además me cae mal y no lo soporto por renegado; así que mejor apagué la tele; entonces empecé a aburrirme; unas horas habían pasado cuando sonó mi celular: el cliente llega mañana.
Al otro día el itinerario se cumplió sin fallas, mi equipo recibió al pasajero, yo los esperé en la mansión.
Cuando llegaron pasaron de una vez hacia el dormitorio principal, me levanté rápido; sólo alcancé a ver la silueta de una figura esbelta, de pelo lacio, nariz recta, pómulos saltones y hoyuelo en la barbilla, que se metía al ataúd de cristal.
Recordé las noticias del día anterior, me restregué los ojos, moví la cabeza en señal negativa. No puede ser, a ese cerote si que no lo soporto, dije en voz alta; como todos estaban terminando de acomodarlo, aproveché para dar la vuelta y me fui. Que se busquen otro jefe de seguridad, esto ya es el colmo, pensé mientras me alejaba.
Daniel Oceano
jueves, 9 de julio de 2009
De la serie negocios fabulosos -4-
—¿Y ese su gallo?
—Lo compré.
—No me diga que se lo va a comer en caldo.
—Para nada, lo quiero para otra cosa, un negocio que me hará millonario.
—¿Peleas de gallos?
—No, eso es cruel, venga le muestro.
—¡Ulugrún! Si son un chingo de gallos los que tiene.
—Pero ya se han muerto varios, no aguantaron.
—¿Qué les hizo pues?
—Los alimenté y se murieron
—¿A saber qué les dio de comer?
—Granitos de oro
—¿Cómo así?
—Mire, yo no pierdo nada, los gallos comen granos de oro, hasta ahora todos se han muerto; eso sí, los granos quedan enteros en la panza del animal. Le digo algo, si alguno sobrevive, ya verá como después tendré la gallina de los huevos de oro.
El gallo Claudio
—Lo compré.
—No me diga que se lo va a comer en caldo.
—Para nada, lo quiero para otra cosa, un negocio que me hará millonario.
—¿Peleas de gallos?
—No, eso es cruel, venga le muestro.
—¡Ulugrún! Si son un chingo de gallos los que tiene.
—Pero ya se han muerto varios, no aguantaron.
—¿Qué les hizo pues?
—Los alimenté y se murieron
—¿A saber qué les dio de comer?
—Granitos de oro
—¿Cómo así?
—Mire, yo no pierdo nada, los gallos comen granos de oro, hasta ahora todos se han muerto; eso sí, los granos quedan enteros en la panza del animal. Le digo algo, si alguno sobrevive, ya verá como después tendré la gallina de los huevos de oro.
El gallo Claudio
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