viernes, 30 de enero de 2009

miércoles, 28 de enero de 2009

De la serie diálogos incongruentes VI

—¿Y si nos subimos a esa?

—¿Cómo, otra vez la misma?

—Yo digo que es distinta, pero me dejaste con la duda.

—Te digo que si vos, es la misma, además esto ya no me parece divertido, ya todo se ha vuelto rutinario.

—Ya te estás quejando de nuevo vos, no seás chillón hombre.

—No soy chillón vos, pero ya viste que todo está más difícil ahora.

—Ya vas, no vengás vos también a hablar de la crisis.

—Pero qué puedo hacer vos, si yo pensé que esto era sencillo, así fue al principio, pero ahora ya no saca uno nada vos.

—Bueno, pero el curso quizá nos sirva de algo vos, ya viste que ese Don dijo que uno siempre tiene que afilarse la sierra.

—La mera verdá creo que ese curso no nos va a servir de nada vos, como si una sierra fuera útil.

—No seas malagradecido vos hombre, ya te dije, hay que ver el lado bueno, el curso quizá no sirva, pero no negués que obtuvimos más de lo invertido.

—Eso si vos, entre laptops y celulares el negocio resultó; pero lo que no me gusta a mi es que cada día hay que invertir más tiempo vos; levantarse más temprano, ser más creativo; aunque la jornada se termina antes del anochecer, ya sabés que yo prefiero la noche, pero como la situación está tan jodida, entonces la gente ya no sale, mejor se encierra en sus casas.

—Ni modo vos, pero recordate cuando estábamos en el call center, ahí si nos explotaban.

—Eso me consuela vos, al menos en este trabajo tenemos más tiempo libre, y las ganancias se ven más o menos rápido, por eso hay que evitar la rutina, de uno depende vos, pero hay mucha competencia; pero mejor esperemos otra, porque esa es la misma de ayer vos, seguro que si.

—Vaya que tenés buen ojo vos, esperemos otra pues, aunque pensándolo bien, ¿qué te parece si mejor nos tomamos el día libre?

—No hombre vos, si tengo que comprar los útiles de los patojos.

—Es cierto vos, pero estaba pensando que lo de las camionetas ya está muy peligroso, cualquiera viene armado ahora, ya no es como antes.

—Vaya si no vos, ya viste que al Mario lo balearon el otro día, y el Jorge se escapó de ser linchado, pero se llevó un plomazo en el brazo.

—Si hombre vos, ya no se puede con la violencia, mejor dediquémonos a asaltar viejitos vos.

—No vos, yo para eso si no tengo corazón, con los viejitos no meto vos.

Elmar Ero

viernes, 23 de enero de 2009

martes, 20 de enero de 2009

Copy Bryce

Confieso que no lo inventé, no puede uno andar por la vida atribuyéndose autorías que no le corresponden, eso es algo muy feo; tampoco es algo nuevo, ni siquiera del siglo pasado, es un método viejo, reconocido por la gente y utilizado por los consagrados.

La historia siempre es la misma, yo, por ejemplo, hurgaba en el ático de la abuela Filomena y tuve la suerte de toparme con un fardo de páginas escritas a mano y a máquina. La tía Cecilia me dijo, con desgano: son los papeles de Julio, tu tío, ni siquiera sé qué tienen, pero pasó toda la vida escribiéndolos. Recordé que el tío era un hombre raro, trabajó como telegrafista y se recluyó a los cuarenta años para escribir la obra que nunca publicó.

Tomé el paquete, con la esperanza de que hubiera algo bueno, el tiempo demostró que no me equivoqué. Fue cuestión de limpiar un poco los textos y pasarlos a la computadora. Envié una novela a varios concursos, tuve suerte, porque gané un premio importante, el reconocimiento vino de inmediato.

Las notas del tío Julio sirvieron como base para una segunda novela, un rollo alucinante, era la exageración de la vida de un amigo de su infancia. Mi fama se consolidó, vinieron los viajes, las conferencias, los talleres, todo antes de haber cumplido treinta años.

Con la fama y los contratos por cumplir, porque las editoriales quieren que uno escriba y escriba, hay que ingeniárselas para conseguir el material, para eso los talleres de literatura son buena fuente; llegan personas solitarias, uno que otro diamante en bruto, muchos con autoestima baja; dan a leer sus originales, con toda confianza, algunos son verdaderos mamotretos, sin valor literario; pero buscando, con paciencia, en la soledad suele brotar el genio.

Tenía que hablarles con toda franqueza, pero con delicadeza, les decía que era imposible leer tales esperpentos, que mejor se dedicaran a otra cosa, que no perdieran su tiempo. Casi todos dejaban de escribir, de esa forma me quedé con buenos manuscritos que alimentaron mi obra. Claro que ellos llegaban a odiarme, por eso no leían mis libros; por otro lado, si demandaban ¿le creerían a una mujer histérica, en tratamiento para la depresión, o a un reconocido escritor?

De esa forma todo caminó bien durante muchos años; el problema sobrevino porque, llegado el momento, me comprometí a escribir más de lo que podía. Varios contratos de publicación, sumados al compromiso de escribir columnas periodísticas en distintos medios; sin embargo, a grandes males, grandes remedios.

Ahora tengo a mi servicio tres asistentes, buenos muchachos ellos, tienen talento, pero les he dicho que eso no es suficiente en el mercado editorial, prefieren recibir el dinero que yo les pago, texto escrito, texto pagado. Les llamo amigos, pero técnicamente son ghost writers o negros literarios.

Pero como la gente tarde o temprano se vuelve malagradecida, y se pelean con uno, entonces tengo que estar explorando otras posibilidades.

Afortunadamente surgen nuevas fuentes, hoy día existe una cantera inagotable en los blogs y los periódicos de barrio; por supuesto que es necesario tener buen ojo, tiempo, ser dedicado para la búsqueda. Jóvenes escritores llenan páginas de buena literatura y columnas de opinión que nadie lee, excepto sus cuates, su mamá o su novia. De ahí salieron varias columnas, que tomé prestadas, les hice una especie de homenaje, por aquellos que escriben en el anonimato.

Como les comenté, el método no es de mi invención, solo lo he ido perfeccionando, pueden ponerlo en práctica, sin pena, jamás los acusaría de plagiarios, solo tomen en cuenta que del dinero que se ganen tienen que ahorrar una buena parte, porque llegado el momento de perder un pleito hay que pagar la multa respectiva.

Wilfredo Brais Del Chinique

viernes, 16 de enero de 2009

Salmos pajeros II

IV
Sálvame

¿por qué tengo enemigos?

ellos me hacen la vida imposible


¿Seré yo el problema?


Acaso no es mi enemigo el que no da fiado

está mi alma conturbada


Escucha mi ruego

no dejes que me consuma

necesitas de gente como yo

no existirías sin tus adoradores


V
Contaré las maravillas

tu nombre cantaré

no te fijes en mi voz

has sido juez justo

creador del cielo y las estrellas

eres refugio del pobre

todos juntos te alabaremos

porque derribaste muros

destruiste ciudades

y permites que tu pueblo bombardee al vecino


VI
Heme aquí

reclamando con justicia


¿Por qué permitiste que se multiplicaran?


¿No era suficiente con las telenovelas?

los malos noticieros

los comentaristas que imitan el acento argentino

el monopolio de la TV


¿Hasta cuando esconderás tu rostro?


Alumbra mis ojos

no permitas que te vea primero en pantalla chica

Jonás Ungido

martes, 13 de enero de 2009

Salmos pajeros

I
Muéstrame señor la congregación de los justos

es algo que debo saber

llegaré

yo pecador

me sentaré en sus sillas

no volverán a usarlas

observarán tus mandamientos

será divertido

luego

verlos de pie


II
¡Oh! Cuanto se han multiplicado mis acreedores

A ti clamaré

para que

en mi aflicción

los hieras en la quijada

quebrantes sus dientes

sus teléfonos

que no sigan llamando


III
Sabed pues

que los diezmos

financiaron el Razor Ribbon

has guiado a tus ovejas

las ofrendas

alcanzaron para la alarma

la cuota de la seguridad


En paz me acostaré

asimismo dormiré

porque solo así puedo estar seguro

Jonás Ungido

martes, 6 de enero de 2009

Crónica pajera de año nuevo

Guatemala es un país de tradiciones, durante el fin de año se manifiestan varias de ellas: La quema del diablo, la visita al santuario de la Virgen de Guadalupe, las posadas, la navidad, el robo del niño Jesús, el día de los inocentes, el año nuevo, entre otras; pero como todo en la vida cambia, la gente cambia, las tradiciones cambian, o se actualizan, depende como quiera verse.

La víspera de año nuevo es tradicional celebrarla entre fiesta y fiesta, no son pocos los hoteles que ofrecen paquetes, todo incluido, para que la celebración sea inolvidable. Una de las que han cobrado auge, en los últimos años, es El festival de la calle del narco, en la ciudad colonial, es toda una experiencia visitarlo.

Desde lejos es posible apreciar la algarabía, pero en la medida que uno se acerca se abre la puerta a un mundo aparte.

Para este año, los encargados de dar la bienvenida eran unos tipos en zancos, de aquel grupo que se hace llamar Caja lugubre; tenían pintada la cara tipo comando, al estilo Rambo, saltaban de un lado a otro, sonriendo a todo mundo, también estaban listos para dar la voz de alerta, por si llegaba la policía; ya se sabe, ellos podrían ganarles el negocio.

En la entrada se podía ver un rótulo que decía: obligatorio portar arma, si no tiene puede pasar a la caseta y alquilar una.

La música de fondo era interpretada por el grupo de moda, los indiscutibles Tigres del monte, cuando llegué cantaban su narco-corrido emblemático: La banda del hummer rojo.

La primera atracción de la noche fue La quema del carro de diputados. Tradición iniciada en oriente, no en oriente medio; consiste en escoger un carro, todo mundo le dispara, luego le prenden fuego. También se forman equipos y se compite para ver quien lo hace más rápido, el premio es una estadía, todo pagado, en el área VIP del sector 12.

En el otro extremo de la calle los niños se divertían, todos corrían detrás de un tipo que portaba un chaleco antibalas; alrededor de ellos, todo mundo coreaba: Póngale la bala al pusher, póngale la bala al pusher.

Otro grupo de niños estaba entretenido, llevaban algún tiempo tratando de resolver El misterio de la matanza de Santa Cruz; pero los más emocionados eran aquellos que participaban en el juego: Encuentre la mercancía robada; se trataba de un juego en equipo, si llegaban a encontrar los cinco kilos que se habían escondido podían quedarse con ellos. Resultaba buen negocio, pues luego los podían vender entre sus compañeritos de escuela.

Segundos antes de la media noche toda la actividad se detuvo, la mayoría se quedó de pie, otros se pusieron de rodillas y el silencio se apoderó de la calle. Llegado el primer segundo del año nuevo volvió la algarabía, pues se dio paso al Ritual de los doce tiros al aire. Todos pidieron un deseo por cada tiro; fue gracioso ver gente cayendo al suelo, uno por aquí otro por allá, con sangre en la cabeza, eso le dio más vivacidad y realismo al evento.

Pasada la primera hora del nuevo año la actividad empezó a decaer, algunos siguieron dándose abrazos; no faltó el borracho que se quedó tirado en el piso, con la pistola a un lado y la billetera casi de fuera; pero lo bonito fue que se portaron bien honrados, porque en lugar de robarle lo ayudaron a llegar a su vehículo y cuidaron que no manejara en estado de ebriedad.

El festival de la calle del narco es algo que merece ser visto.

Manolito

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Solo

Les dejo, en mi blog personal, el último textito del año.

Por aquello que alguien pase por acá.

http://johanbush.blogspot.com

Feliz navidá pue.



lunes, 22 de diciembre de 2008

Patines rosa

Mi abuelo era lo que se dice un viejo de verdad; entrado en años, pero además así le decían mis tíos; quienes no podían entender que a nosotros nos llevara al zoológico, a los juegos electrónicos, nos comprara chucherías y otras atenciones, pues a ellos, durante su niñez, no les había dado ni un caramelo.

Tenía doce años y la palabra enamorarse daba vueltas por primera vez en mi cabeza; por eso pensaba que esas vacaciones serían perfectas: mi madre prometió comprarme los patines rosa para mi cumpleaños y con la vecina, Alejandra, planificamos la forma perfecta de conquistar a Edgar, un chavo de nombre feo pero guapísimo, quien vivía al final de la cuadra, sus papás estaban peleando y decidieron no viajar este año, entonces tendría tres meses para lograr mi objetivo.

Las calles de la colonia estaban recién arregladas, así que podríamos patinar en el pavimento lisito, yo nunca lo había hecho, pero con patines nuevos sería fácil.

Durante todo septiembre Edgar había lucido sus habilidades en patines y patineta, junto con otros chicos de la cuadra; nosotras, en bicicleta, pasábamos cerca de ellos o los veíamos de lejos; estaba segura de poder atraerlo con los patines, que él me ayudaría a aprender, me tomaría por la cintura, yo simularía caer y me tomaría en sus brazos.

La escuela terminó y dos días después mis padres nos dieron la noticia: nos vamos a separar.

Aquello implicaba que mi madre se mudaría a la casa de mi abuelo, ell tenía el pretexto perfecto, pues quedaba más cerca de su trabajo; además no quería ni voltear a ver a mi padre. La situación me hacía llorar, no tanto por verlos separados, pues los gritos y peleas ya eran insoportables, por eso que se divorciaran era lo mejor; lo duro era dejar la cuadra, no vería más a Alejandra, mi fantasía con Edgar se volvía irrealizable, y tendría que vivir en ese barrio viejo, quien sabe cuanto tiempo. Me encerré a llorar.

Mi madre llegó a decirme que lo sentía mucho, a repetía que mi hermano y yo no teníamos la culpa, pedía que entendiera, mil razones más dio antes de mencionar que no podría comprarme los patines que me había ofrecido, tal vez para navidad.

Cuando nos fuimos de la colonia, la madre de Alejandra me dijo que podía llegar a dormir cuando quisiera, que su casa era mi casa. Ella lo hacía por cortesía, pero lo agradecí; yo sabía que no iba a volver al barrio.

Como no había nada que hacer en casa del abuelo, entonces me portaba mal. Salir a jugar era ver a esas niñas y niños tontos pegarle a la pelota. Aunque habían chicos interesantes, el barrio era bajo, eso era seguro.

Cinco días después me peleé con una niña de la cuadra, mi cara reflejaba las consecuencias. Mientras la abuela me revisaba la nariz, el abuelo llegó con una cajita y dijo: probátelos, eran de tu mamá.

En la caja resplandecían unos patines de metal, de esos que se ajustaban al zapato con unas correas de cuero, las ruedas, también de metal, hacían un ruido horrible; me puse roja solo de pensar como se verían, sentí vergüenza; pero la sonrisa del abuelo hacía suponer que él esperaba mi felicidad. Se los puse a los chapulines, inesperadamente quedaron perfectos; cuando intenté ponerme de pie me fui al suelo, los cojinetes estaban recién aceitados y se deslizaban con rapidez.

Pasada la vergüenza, me dispuse a utilizarlos, trataba repetidamente de avanzar por la acera, los patines funcionaban, pero yo no, así que cada tanto estaba sentada en el suelo. En una de esas, sentí la mano de alguien, me ofreció apoyo, mientras decía: si querés te ayudo a aprender, cuando subí la mirada encontré unos ojos azules y una sonrisa divertida. El chico, casi pelirrojo, poseedor de una mirada intensa, me ayudó a dar vueltas, me indicaba como apoyarme; así pasamos un buen rato, cuando ya casi oscurecía, nos sentamos en la banqueta y le escuché decir: puchis, esos patines son clásicos, están bien chileros, ya vas a ver que cuando uses los modernos te van a parecer de chiste. A partir de ese momento el barrio cambió de color, me pasaba la mañana pensando que por la tarde compartiría el tiempo con el chico guapo, amable, cariñoso y extraño.

Habían pasado dos semanas cuando, al fin, le pregunté su nombre: Andrés y no vivo por aquí, respondió. Me contó que su padre, médico él, tenía una clínica en el barrio, que estaba viniendo por las tardes, que sus padres se estaban divorciando, y como no querían dejarlos solos (a Andrés y su hermano), entonces uno estaba con el papá y el otro con la mamá.

Andrés tenía poco menos de catorce años, en su compañía las semanas pasaron rápido, quemamos el diablo, fuimos a comprar buñuelos, por el día de Guadalupe, y cuando iban a dar inicio las posadas dijo: ya no vengo más, me voy con mi madre. Sentí que el mundo se caía de nuevo, perdía otro amigo. Esa última tarde nos sentamos en la acera, el frío calaba, su padre saldría pronto, a las siete, como siempre, al mismo tiempo que la abuela llamaba a cenar. Puso su bufanda en mi cuello, me tomó de la mano, luego sus labios se posaron en los míos, un calorcito suave me llenó, era mi primer beso, mi primera decepción.

El veinticuatro de diciembre, en casa, comimos un tamal amargo, lleno del llanto de mi madre, bromas pesadas de mis tíos y reclamos idiotas. Bajo el árbol habían dos regalos para mí y dos para mi hermano. Uno contenía mis primeros brasieres, comprados por mi madre y mis tías, también venían algunas moñas para el pelo. En el otro el abuelo había envuelto unos patines rosa, preciosos, las llantas blancas y cintas nuevas, los acompañaba una nota: gracias por usar la chatarra y disfrutarla, estos son para que puedas presumir. Lloré de nuevo, porque ya no había a quien presumirlos.

En enero cambié de colegio, el antiguo era de corte religioso y mi madre no quería dar explicaciones, así que nos inscribió en otro.

El primer día, como pollito comprado, me dispuse a entrar a un salón donde se oían risas, parada en la puerta lo recorrí con la mirada, tenía la esperanza de encontrar a alguien conocido; una cabellera roja y alborotada sobresalía. Andrés tomó mi mano, me llevó a un escritorio, a la par del suyo. El año iniciaba de lo mejor.

Lolita dos patines

Para la Prosódica

viernes, 19 de diciembre de 2008

El coyol

Le decíamos el coyol porque cuando era patojo su mamá lo rapó completamente y le dejó la cabeza lisa.

Éramos adolescentes y no habíamos salido nunca de Poptún cuando apareció el John. Venía con el cuerpo de paz o algo por el estilo, tenía unos treinta años, era un chavo sin más oficio que fumarse la hierba que cultivaba en los huertos familiares de las doñitas del pueblo, los que, por cierto, él enseñaba como se hacían.

Doña Lucía le cogió aversión cuando lo descubrió viendo fijamente al coyol, quien tendría unos dieciséis años, pero estaba pasando a convertirse en un hombrón; bueno, en realidad no muy grande. Resulta que un día unos patojos se pusieron a chingar al coyol; él era calmado, pero si llegaban a sacarle la madre, entonces respondía con toda su furia, eso sucedió; eran cuatro ellos, y como no dejaban de fastidiarlo, finalmente se cansó y a puño limpio los fue dejando tirados, a uno por uno. Fue por eso que el John se entusiasmo.

La cosa es que el gringo dio en traer cosas para doña Lucía: que un delantal nuevo, que dulces, que chocolates, que collarcitos y, poco a poco, se fue ganando la confianza de la doñita, ella en reciprocidad le decía Juanito y le daba almuerzo todos los días.

Un día John llegó con una caja de pizza y Pollo Campero, durante el almuerzo trató de convencer a la doña de prestarle al coyol por unos meses; él le pagaría por la molestia, con ese dinero ella podría invertir más en la tienda, comprarse una máquina de coser, y ayudarse para la comida de sus otros hijos; pasado ese tiempo, si el patojo aprendía bien lo que John le iba a enseñar, se lo llevaría a los Estados Unidos, y le aseguró que el muchacho le enviaría unos mil dólares mensuales.

La doñita se hizo de rogar, lloro un poco, incluso fue a pedirle consejo al cura; ambos llegaron a la conclusión que no podía ser cosa buena lo que ese gringo quería, que todo era muy sospechoso. La decisión final la tomó cuando la vecina le dijo: no tenés hijas y si ese gringo quiere con tu patojo, pues, ¿qué de malo le puede hacer? Además el dinero nunca está de más. Ese argumento la convenció y dejó que se lo llevaran.

El John se fue a la capital y se llevó al coyol; como cinco días después regresaron con equipo para hacer ejercicios, ropa nueva y otras cosas. El cura hizo que el doctor examinara al patojo, para saber si no le había pasado algo raro, pero el diagnóstico fue que estaba enterito.

Durante los siguientes seis meses el coyol no hizo otra cosa que comer bien, hacer ejercicio, mucho ejercicio, por la mañana y por la tarde, pegarle a una bolsa que colgaba del techo. El John le enseñaba a hablar en inglés, a caminar bien, a peinarse, a vestirse, y otras cosas que yo también aprovechaba. Aprendimos inglés y nuestros cuerpos se hicieron fuertes.

John insistía en que el coyol no saliera mucho al sol, que no hiciera trabajos físicos, menos si implicaban que podía lastimarse las manos, para eso le pagaba a la mamá, decía cada tanto tiempo. Todos veían raro al coyol, pero doña Lucía se quedaba calladita, porque recibía buen pisto. Al final, era buen negocio para ella.

Pasados los seis meses el John dijo que el patojo estaba listo y que había llegado la hora de llevárselo a los Estados Unidos. La madre lloraba a mares, pero cuando le recordaban que estaría recibiendo sus dolaritos cada mes, entonces se consolaba.

Cuando el coyol se fue para los estados, yo me fui para la capital, con el cuerpecito que tenía conseguí trabajo en un gimnasio, pronto uno de los clientes, un viejón él, me prometió un apartamento nuevo y como yo pensaba que lo mismo estaba haciendo el coyol, pues no me pareció mala idea. De vez en cuando regresaba a Poptún, doña Lucía recibía puntuales sus dólares, muchos más de los mil que le habían ofrecido y la tienda estaba de lujo; de esa forma pasaron los años.

Hace unos días, ojeando una revista de esas que le gustan al don con el que vivo ahora, observé las fotos de un tipo pelón, a quién habían nominado al Globo de oro, así se podía leer. Puta no puede ser, ese es el coyol, dije, ese es, claro que si, volví a decir en voz alta. Ya más atento me puse a leer, había un historial de sus trabajos en el cine, contaban como se había convertido en actor después de haberse lesionado la rodilla, por eso no pudo seguir su carrera como boxeador, que desde sus inicios en Top Gun no había aceptado un papel tan arriesgado como el que hizo en Tropic Thunder, en donde se burlaba de él mismo, por eso la prensa extranjera había nominado a Tom Cruise.

—Que de a huevo, ya Tom Cruise, ya Top Gun, coyol más cabrón, si Tomás Cruz de Poptún es que se llama el cerote.

Oliverio Estont

martes, 16 de diciembre de 2008

De la serie diálogos incongruentes V

—Maese, ¿cómo amaneció?

—Bien, la verdá, pero fíjese que siento un sabor raro en la boca, la lengua la tengo pegajosa y no se me quita un dolor que me baja de la cabeza hasta el dedo chiquito del pie.

—Pues de plano, si no fue poco lo que se atragantó de todos los brebajes habidos y por haber.

—¿Cómo así? ¿Qué brebajes usté?

—Ya vio que se estuvo tomando hasta las sobras que la mara dejaba en los vasos.

—No puede ser mano, si yo no chupo, además no me acuerdo de nada.

—Mejor si no se acuerda.

—Puta, ¿tantos clavos hice?

—No se achiguate, pero como dice la mara, con los que hizo bien puede poner una su ferretería.

—No mano, no me asuste, de verdá que no me acuerdo, lo único es que siento esta incomodidad en la garganta, como que tuviera una bola de pelos trabada.

—Puta, ni que fuera gato, si lo que mordió fue el perro pekinés de la esposa del jefe.

—¿Cómo así?

—Mire pues, la doña estaba encampanada con el Güicho, el patojo ese de créditos, al que todas las chavas le llevan ganas, pero como el cerote es güeco no le pasaba balón, él estaba tratando de conectarse al Meme.

—¿Y eso qué tiene que ver con el chucho?

—En eso llegó la Claudia, y sin mediar palabra le dio un beso en la boca.

—¿Al Güicho?

—Nel hombre, a la doñita.

—No me chingue.

—La vieja se levantó, trastrabillando, y la jaló del pelo.

—No me diga que le dio un pijazo.

—Para nada, la jaló para que no se le escapara, luego ya no la soltó.

—¿Y el chucho?

—Ah, lo que pasa es que usté se puso necio, típico bolo, ya sabe, casi le arranca el brazo a la doña tratando de llevarla a la pista, pero ella no quería bailar, ella necia con el Güicho, y el Güicho con el Meme, y la Claudia que llegó de repente y el perro que no dejaba de ladrar, entonces cuando ella se levantó, usté estaba colgado del brazo y del impulso se cayó, entonces el chuchito se le fue encima, le agarró el pantalón y se lo rompió, la doña ya iba caminando con la Claudia, pero usté trató de agarrarle la pierna, en eso el chucho se le orinó encima, entonces usté se voltió, agarró al perrito entre sus manos y le pegó la gran mordida.

—Puuuta, no le creo.

—Es la puritita verdá

—Mire, ¿y el jefe? ¿lo vio todo? Hoy si me va a echar.

—No se ahueve, él ni cuenta se dio, como estaba dándole tremenda agarrada a la Lyn.

—Con eso si no chingue, usté sabe que la Lyn es mi novia y nos vamos a casar.

—Yo solo le cuento lo que vi.

—Viejo cerote, hoy si lo voy a pijiar.

—Nel hombre, tranquilo, si ella ni se debe acordar, con lo borracha que estaba.

—Alaputa, y a todo esto, ¿usté que estaba haciendo?

—Yo bien aburrido compadre, como estoy tomando medicina, entonces no me pude echar ni un solo traguito.

Lupe Reyes

viernes, 12 de diciembre de 2008

La carta

Los invito, con todo el entusiasmo que me provoca publicar un texto, a que pasen a leer a mi blog personal.

http://johanbush.blogspot.com/

Salú pue.