miércoles, 17 de abril de 2013

El tambo — Capítulo 3



Se puede decir que estoy castigada. El editor de la sección lleva un año queriéndose propasar conmigo, como no le he dado nada, entonces se las ingenió para trasladarme a nacionales, ahí me pusieron a cubrir la nota roja.

Yo no sirvo para eso, lo mío es la página de sociales, qué rico es eso de asistir a reuniones. Por otro lado, los anfitriones tratan bien a los periodistas, con tal de salir en la página social hacen cualquier cosa, además piden que uno les mande fotos, apuntan sus nombres, aunque ahora ya no les gusta que se ponga el nombre completo, por el miedo a las extorsiones.  Pequeñas molestias, un par de veces a la semana.  El trabajo de redactar y pegar fotos no es nada del otro mundo. Una beca. Ahora, heme aquí cubriendo la nota roja.

No niego que me dio miedo, los bombazos fueron como veinte. Heridos por aquí, quemados por allá, un montón de gente tomando fotos y grabando videos. Ya estaba terminando la nota cuando me mandaron a cubrir una conferencia de prensa. Tenía que ver con la explosión, por lo que el editor andaba acelerado: “Van a revelar información importante, vayan y se vienen rápido, porque quiero la noticia antes del cierre”. 

El salón estaba lleno, todo mundo había puesto sus cámaras hasta adelante y andaban alborotados. Tocó que esperar, miraba el reloj a cada rato, porque tenía la hora de cierre ya próxima.  Yo iba acompañada de la Heidi, la fotógrafa, una chava lesbiana que me lleva ganas, pero es buena para tomar fotos. A veces la descubro viéndome las nalgas o los pechos, hasta se enoja cuando los otros colegas me sacan conversación y miran sobre mi escote.

El ministro de gobernación apareció después de un buen rato. Puso una foto en la pantalla, se miraba que había sido tomada de un carné universitario, tenía borrado el nombre de la universidad, pero se veía claramente, en el fondo, el escudo de la misma. Se trataba de un patojo normal.

Sin decir buenas noches, o algo que se pareciera a un saludo, el ministro dijo: “Como todos sabemos, hoy fuimos víctimas de una canallada, una tremenda amenaza a nuestra libertad, un ataque contra el país más bello del mundo, nuestro país. Aunque no hay un comunicado oficial y todavía nadie se ha adjudicado el atentado, tenemos información que nos lleva a sospechar que se trata de los, recientemente descubiertos, nexos que Al Qaeda tiene con la mara salvatrucha”.

Casi suelto la carcajada, el salón se llenó de murmullos y se veía a muchos tapándose la boca y mirando hacia abajo.  El ministro prosiguió, lo siguiente que hizo fue describir al de la foto: "Parece ser que su familia tiene una larga historia de violencia, uno de sus tíos fue miembro de una célula de la guerrilla”.

El ministro se quedó callado, mientras tanto pusieron un video, en donde se podía ver que el joven de la foto levantaba un tambo de gas propano y lo subía por la puerta de atrás de un bus del transporte público.  "Este es el momento en el que el terrorista, descaradamente, le pasa la bomba incendiaria a su cómplice suicida, quien aún no ha podido ser identificada".

Como si no bastara con las palabras del ministro, un colega que estaba sentado a la par mía, después de darme un pequeño golpe con el codo, susurró: "Vos, sabías que esa empresa de gases tenía una demanda, hace unos meses hubo una explosión en sus instalaciones, se murió un empleado, también han sido demandados porque los tanques que venden chingaron el equipo de varios clientes, parece que sus productos son desechados en otros países, ellos los compran como basura, pero aquí los venden como nuevos".  No me extrañaría, le dije, sin ponerle mucha atención, porque el ministro seguía hablando.

"En los próximos días estaremos informando de la detención de algunos cómplices que ya hemos identificado, no quiero adelantarles mucho, para no entorpecer la investigación, pero esta célula guerrillera, fundamentalista y mahometana, ha logrado implicar a algunas de las mejores familias del país".

Cuando terminó la conferencia Heidi se veía extraña, tenía cara de quien se está aguantando la risa, sólo atinó a decirme: "vos, ese maje está verdaderamente loco".  Al rato apareció Leonel, mi dolor de cabeza, mi ex novio, llegó solo para decir: "Vos, ese chavo vive en tu colonia, yo lo conozco, te encargo que tengás cuidado".

Finalmente salimos del salón, nos fuimos para el periódico, Heidi y yo, a terminar de hacer la nota. Más tarde, mientras nos echábamos un café, vimos la versión televisada de la conferencia. El noticiero hablaba del sanguinario y despreciable guerrillero fundamentalista mahometano y su cómplice suicida.

 Continuará
Rubén a secas.

martes, 9 de abril de 2013

El tambo — Capítulo 2



Que se me chingara el carro fue una verdadera cagada.  Iniciando el semestre, justo el día que daba inicio el curso que tenía que repetir. No es una gran nave, en realidad es una chatarra que mi padre usó cuando era joven, la reparamos con mi primo, eso de estudiar en universidad privada y no llevar carro pues no queda bien y el carrito me sirvió fielmente el primer año, pero ahora se chingó.

El asunto es que llegué tarde, por lo que no tuve otra que inscribirme en un grupo de tres chavas, medio nerdas ellas, y nada bonitas, más bien gorditas, quienes parecían tener arreglada su vida, pero fueron las únicas que se ofrecieron a aceptarme para hacer el trabajo colectivo, ya se sabe, nadie se arriesga con alguien que llega tarde, se supone que así será siempre.

Una semana después no había podido arreglar el bendito carro y de nuevo llegué tarde a clases.  Las chavas me vieron feo, me disculpé, les expliqué lo del carro. Sin ponerme atención, dijeron que teníamos que reunirnos para planificar una presentación para la siguiente clase, por eso había que arreglarlo todo de una vez. Dispusieron platicar en un McDonald’s.  Las tres niñas, al unísono, me convencieron, dijeron que era urgente hablar, pero no querían estar en ese Mc que estaba cerca de la U, ellas querían ir a otro lado.

—Como no tenés carro Paola te puede llevar, nos juntamos allá.
Yo y mi bocota, le había pedido jalón a un cuate, pero por lo de la tarea de grupo no tuve escapatoria.  Hasta ahí no imaginaba que me querían tender una trampa. Quince minutos después de haber llegado, después de tragarse las papas fritas, las otras dos se despidieron, inventaron cualquier excusa y me dejaron solo con la Paola.

Entonces fue que me di cuenta, lo que querían las tres era dejarme solo con la Paola, en un lugar donde no hubieran conocidos, por eso no quisieron que nos juntáramos en el Mc de la U.

También así me di cuenta que esas chavas no perdían el tiempo, porque en cuanto desaparecieron sus cuatas la Paola se me abalanzó a lo grueso: “Quiero con vos”, dijo. Me habló del apartamento de su hermano: "Queda en la zona viva, no estamos tan lejos, rapidito llegamos, total a esta hora no hay mucho tráfico”.

Abrió la bolsa, para buscar sus llaves, las sacó, las puso en la mesa, al hacerlo dejó al descubierto una cajita de preservativos, que estaban casi en la superficie.  "Te lo puedo poner con la boca", dijo, sin ruborizarse, yo en cambio sí me puse rojo, y el paquete se me achiquitó.  La niña era de armas tomar, más bien de “armas al hombro”, pensé. El problema era que el guardaespaldas estaba parado en la puerta, un hombre grandote, fornido, con el arma debajo de la chaqueta. Ni loco, me dije.
Como ella fue lanzada, entonces yo me animé a decirle que no me gustaban las mujeres fáciles, que prefería que nos conociéramos más, para saber como era ella, que no podía acostarme sin amor, sabía que sonaba gay, pero al final le dije que era cristiano renacido, y que había prometido tener sexo solo con la mujer con la que me casara.  No me detuve a pensar, lo que quería era zafar bulto.

El rollo funcionó, la Paola lloró un ratito sobre mi hombro, se echó el consabido "qué vas a pensar de mÍ",  le di un besito de despedida y se fue.

Me quedé sentado un rato, sin terminar de creer lo que había pasado, pues no todos los días le tiran a uno el calzón de esa forma.  Cuando consideré que ya no la encontraría afuera me levanté y, sin salir de mi asombro, caminé a esperar la camioneta. 

De seguro me tocaría esperar un buen rato, a esa hora las camionetas van más despacio, y se quedan paradas hasta conseguir un aceptable número de pasajeros. Todo lo contrario de las horas pico, cuando los brochas se arrebatan y tratan de meter a todo el que puedan al bus, llenándolo prácticamente a presión.

Entre los que esperábamos sobresalía una señora, nada fuera de lo común, vestida a la antigua, con un delantal que le cubría la falda, pero era fácil fijarse en ella porque a duras penas sostenía un tambo de gas propano, de esos de veinticinco libras. ¿Quién sale a comprar gas en estos tiempos? ¿Acaso por su casa no venden? Además, con tantas empresas que reparten a domicilio.  No pude dejar de verla, mientras me hacía tales preguntas.

La doñita le hizo señas a la camioneta que venía, la camioneta paró, ella se dirigió a pagar su pasaje, habló algo con el chofer, bajó del bus, se me quedó mirando y dijo: "Joven, hágame el favor, por vida suya, ayúdeme a subir el tambo por la puerta de atrás”.

Agarré el tambo y haciendo alarde de fuerza lo subí con una mano. Algo sucedió en ese momento, porque la camioneta arrancó y de inmediato pude ver que la señora estaba tirada en el suelo, gritando sin parar

La señora gritaba, mi bus no aparecía, la camioneta y el tambo siguieron su rumbo, mientras se alejaba se podía ver como trataba de adelantarse a otra camioneta, tratando de ganarle el pasaje de la próxima parada.

Un automóvil de lujo, una Blazer creo que era, de plano iba demasiado rápido, o se pasó un alto, porque fue directo a chocar en uno de los lados del bus.  La Blazer hizo un trompo, pero luego se enderezó y siguió su camino.

La camioneta se descontroló, unos metros adelante se estrelló contra un edificio, que resultó ser una venta de gases industriales.  El bus cayó sobre su costado, después se escuchó un estruendo, ahí se desató el pandemonio. La gente corría y gritaba: “Estalló el bus, estalló el bus, el edificio se quema”, se podía escuchar entre la locura.

Las detonaciones que siguieron me hicieron notar que la cosa era más seria de lo que se miraba.  Me quedé viendo a la mano con la que ayudé a la señora, ella apenas se estaba levantando del suelo.  El tambo de gas se había convertido en una bomba, fue lo que pensé. 
Continuará
Rubén a secas.

jueves, 4 de abril de 2013

El tambo — Capítulo 1



Las horas que vienen después del almuerzo y que preceden al tráfico de las cinco de la tarde se vuelven tediosas.  Los restaurantes de comida rápida se quedan vacíos, los buses hacen cola para pescar pasajeros, los gritos del brocha se incrementan, la gente aprovecha para subir bultos al bus.  Cosas que en otro momento del día sería imposible transportar. Los estudiantes universitarios se reúnen en grupos, para preparar el examen del otro día, los carros aceleran la marcha, la gente camina con lentitud, como que vivieran en otra ciudad.  Ese espacio de tiempo trae consigo el sueño, los pasajeros duermen en las camionetas, los comensales cabecean mientras leen un periódico, hasta los que van por las aceras parecen caminar dormidos.

La ciudad parece otra ciudad, se toma un descanso, es como si no pasara nada, los asaltos suceden a plena luz del día, pero temprano en la mañana. Los ladrones y los sicarios también se detienen a almorzar.  El sol deja de quemar, las citas se posponen, se deja de lado la prisa, al menos por unas horas.

En los espacios cerrados, en la calle, es posible abstraerse de todo y escuchar un sonido a la vez:  la bocina de un carro, el rechinar de unas llantas, el rapidito señora que no tenemos todo el día, el por cinco quetzales más le agrandamos su menú,  la voz que dice “por qué no te vas con Paola” o la que entre sollozos apenas balbucea: “Qué vas a pensar de mi”, las incoherencias que se vuelven excusas, los pasos que se alejan, el silencio de la chica que se queda sola, los pensamientos de quien la deja abandonada, la voz de la señora que pide ayuda con el tambo, los murmullos del peatón que reniega porque tiene que dejar de fumar, el ruido de las monedas cuando se sube al bus, el taconeo mientras llega hasta la parte de atrás, el sonido de la chispa del fósforo al encenderse, el ronroneo del motor del bus al alejarse, los acelerones del carro que se acerca, la  pequeña explosión, los gritos de la gente, el crash del bus cuando choca y la tremenda explosión.

Continuará
Rubén a secas.

martes, 19 de junio de 2012

Morir a los veintisiete


Sesenta y nueve años de edad no son muchos, sucede que a veces la demencia senil empieza temprano.

Nació en el siglo XX, pero se le ha olvidado. De la década de los sesentas nada tiene en la memoria y de los setentas apenas conserva algunos recuerdos, específicamente de 1970, aquel año en el que se internó en la selva y viajó por carretera con su compañero; luego le queda la sensación de un fogonazo, de la sustancia que suspendió sus latidos y del calor que derritió su cuerpo. Después solo quedó su voz.

El acetato vuelve a sonar, lo pide a toda hora. Ella escucha, sin enterarse quién lo pone en la tornamesa. Tararea la canción, de letra en inglés, y mira el despintado poster que cuelga en la pared. Yo la conocí, balbucea.

Hay días en los que la lucidez le alcanza para recordar que estuvo enamorada, que tuvo dos hijos, que alguna vez viajó hasta San Francisco para escucharla cantar, que brincaba en los conciertos, que siempre la acompañó el tipo a quien llamaba el hombre de su vida.

Veintisiete años son pocos para morir, lo son menos para seguir viviendo y perder lo que se ama. El accidente la dejó sola, sin hijos y sin pareja. Desde entonces se dedicó a viajar, dejando en cada lugar un poco de su memoria, hasta que ya no pudo más y tuvo que quedarse estática.

En el asilo la cuidan y le dicen Janis. Ella no recuerda su nombre, no pocas veces confunde su historia con la de la chica que sostiene el micrófono en el poster. Las pistas de Pearl vuelven a sonar. Ya no puedo cantar, balbucea.

Juanita Jopli

jueves, 17 de mayo de 2012

Vivo retrato

Ella repetía: Tú eres el padre. Él se quedaba callado, pensando, viendo al bebé, como buscando rasgos propios. Ella decía que no buscara en su memoria, que abrazara al recién nacido, así podría sentir la conexión de la sangre. Él siempre estuvo enamorado de ella, pero dudaba, hacía nueve meses que no la miraba.

Es tuyo, lo juro, repetía. Él recordó que aquella noche tuvo sexo, pero fue con otra, de eso estaba seguro; así se lo mencionó. Tienes razón en dudar, pero te juro que fui yo la de aquella noche, dijo mirándolo a los ojos.

Recuerdo que estuve con otra, pero ahora entiendo cuando dicen que el amor es ciego, y veo que el niño es mi vivo retrato; tenemos que casarnos. Ella suspiró.

Mandy Lon

lunes, 30 de enero de 2012

Fuiste tú

Luego de veinte años de no tener contacto quisimos encontrarnos. Ella fue mi ilusión, pero era prohibida. Estuvo en mi cama solo unas horas, nunca lo conté a nadie. Ahora ambos estamos en proceso de divorcio, los dos con casos complicados; pero teníamos ganas de vernos sin que supusiera problemas, por eso escogimos el rincón más apartado del mundo para estar juntos de nuevo.

Manejé durante casi tres horas en el camino de terracería que conduce a Champey. Ella tenía que manejar un poco menos. Estaba ansioso y la imaginé ansiosa. Aquel lugar alejado del mundo parecía el más adecuado para poner fin a tan prolongada ausencia. Semuc Champey es uno de los paraísos naturales que tiene este país, su entorno agregaría romanticismo a nuestro encuentro.

Faltaba poco para llegar al hotel de nuestra cita, solo había que cruzar un puente, pero no pude. La entrada estaba bloqueada, cientos de vehículos la tenían convertida en parqueo. Conductores y pasajeros se bajaron y consiguieron crear un tumulto. Había cámaras que filmaban a un tipo alto, quien cruzaba de un lado a otro fingiendo naturalidad.

Esperé unos minutos y aquello no mejoraba. Mi celular no tenía señal. No podía pasar y la intuición me decía que ella estaba del otro lado.

Me desvié hacia el pueblo más cercano a buscar un teléfono. Fue imposible, todos los negocios estaban cerrados, aquello parecía un lugar fantasma, todos se habían movilizado hacia el puente. Nervioso y enojado, decidí volver al sitio del tumulto, de alguna manera tenía que cruzar.

La situación estaba peor, cada momento llegaba más gente. Entre el murmullo logré escuchar de qué iba el asunto. Ricardo Arjona estaba grabando un video.

Sabía que ella estaba del otro lado, pero no tenía cómo avisarle que yo estaba ahí; quería gritar que me esperara, que la filmación del bendito video no podría durar mucho tiempo.

Varias horas después, finalmente, pude cruzar y llegar al hotel. Arjona firmaba autógrafos y fingía la sonrisa. Yo tenía ganas de gritarle mil maldiciones.

Llegué al hotel y ella no estaba. Pedí que me prestaran el teléfono, la llamé de forma insistente y no respondió. Esperé y volví a llamar, y vuelta a esperar; no dio señales de vida.

Un helicóptero vino para llevarse al cantante. Poco a poco el sitio se fue quedando vacío y ella no apareció.

Resignado volví al carro, caminando sobre el puente. Me detuve a la mitad, saqué de la cartera la foto que me había enviado, la vi por última vez, la hice pedacitos y los lancé al río.

Puse el motor en marcha, el radio se encendió y sonó la canción que Arjona grabó con Gaby Moreno. El orgullo que sentía por el compatriota se convirtió en odio. Cómo se le pudo ocurrir filmar el puto video precisamente hoy.

Chepito De La Discordia

lunes, 16 de enero de 2012

Despecho

Sabía que era la última vez, para mí no había perdón. Si tan solo sus ojos no me hubieran visto. No hubo palabras, lanzó una última mirada y se alejó. Apenas tuve tiempo para darle el regalo de despedida, sé que le gustan las aves. En la jaula iba un cuervo con piel de canario.

Vicky de Poc

jueves, 17 de noviembre de 2011

#UnHate


Terminada la conferencia por la paz mundial decidimos ir a comer todos juntos. Escogimos un lugar apartado, pero de lujo. Buena comida, excelentes bebidas, y otros complementos que no deben faltar en una reunión que se respete.

No era la primera vez que coincidíamos, y no era la primera vez que una simple cena se convertía en algo más divertido.

Al finalizar la comida nos olvidamos del protocolo y empezamos la fiesta. No hubo más títulos nobiliarios, religiosos, ni políticos; cada quien escogió pareja y agarramos parejo.

La euforia dio paso al desenfreno. Para cuando nos dimos cuenta de los flashazos era tarde, el paparazzi había tomado distancia y fue imposible alcanzarlo.

La fiesta terminó y la noche cayó en el olvido. Fue solo ahora que la famosa marca italiana de ropa inició la campaña publicitaria que todos recordamos. “Ratzi” fue el más indignado, pero todos sabemos que estuvo ahí. A los demás nos ha parecido divertido, total, ¿quién puede creer que aquello sucedió?

Benitto Colores

jueves, 28 de julio de 2011

Cuando mi hermana apague la luz

El día se ha convertido en eterno tormento, Ana María, levántate que se hace tarde para el colegio, dice mamá. Ana María, recuerda llevar tu almuerzo, grita papá. Ana María, no olvides entregarle la nota a tu amiga, me susurra al oído mi hermano. Ana María, no te pongas mi ropa, reclama mi hermana, al tiempo que hace una señal de amenaza.

En el colegio es igual: la maestra, los compañeros, todos quieren enseñarme cómo debo andar por la vida.

La noche es mi refugio, aunque tarde en llegar la oscuridad, por eso deseo no ser la menor, no tener que compartir cuarto.

Por ahora debo conformarme con empezar a vivir, cuando mi hermana apague la luz.

 Bella Durmiente

martes, 12 de julio de 2011

Cita

Se sentó en el avión, el dolor en la ingle le quemaba. Hacia adentro solo hay podredumbre, repitieron los dos o trescientos médicos consultados en los últimos meses; nada por hacer, que las cosas sigan su curso.

Al principio lo ocultó, luego le contó a los más íntimos; no quería su lástima, ni verles la cara larga. "Dios Sabe lo que hace", le dijo el sacerdote con quien hablaba los fines de semana. No esperaba milagros, esperaba la muerte.

Se puso las gafas, para intentar leer; era complicado, por su escasa visión, pero recién había comprado un lector electrónico y podía hacer la letra tan grande como quisiera. Llevaba algunas cosas que descargó de internet, en ese momento era el turno de una revista en inglés.

El corazón se le aceleró y empezó a transpirar. Se limpió el sudor con el antebrazo y suspiró. En una epifanía, la revista le mostraba la solución a sus problemas.

El avión descendió sobre techos de lámina y casas de cartón, la lluvia caía a torrentes. La vista al aterrizar era igual. Latinoamérica completa cabe en la misma esquina, que puede ser en Managua, el DF, Caracas o Guatemala, pensó.

Prepararlo todo fue fácil. Hizo su presentación, dijo los mensajes de siempre, la gente se emocionó, igual que en París, igual que en Chile, igual que aquí, luego se despidió.

Subió al carro, preguntó si todo estaba listo, “ellos esperan”, dijo, sin explicar nada. Se acomodó las gafas, llevaba el lector electrónico en la mano; pero no iba a leer, la madrugada estaba oscura y vacía.

El bombero que recogió el cuerpo no se fijó en el lector electrónico, en la pantalla se podía leer: The New Yorker, A Murder Foretold.

Danilo Brownie

jueves, 16 de diciembre de 2010

The Twelve Days of Christmas

La carretera que lleva a su casa está llena de tierra y de baches. Suele quejarse de las autoridades, que no hacen nada para arreglarla y por culpa de ellos la suciedad llena su vehículo; pero luego piensa que si hubiera asfalto no habría plantas y animales, todo sería gris.
Del campo de girasoles, atrás de su casa, salen volando dos aves que se posan sobre una verja, se hacen arrumacos y vuelan juntas.

Son dos tortolitas, dos palomas silvestres de cola festoneada; las mira y de pronto se sorprende a sí misma cantando: Two turtle doves, And a partridge in a pear tree..., y sonríe, mientras recuerda a un tenor obeso, quien intentando meter aire a los pulmones, cantaba, el día 10, de un mes cualquiera, hace unos años, en un acto de navidad de la escuela.

Es la canción de navidad que más le gusta, porque no es religiosa, porque habla de cosas bonitas, que no hay en todo el mundo; porque le recuerda su casa, sus amigos; y porque no la han traducido a este idioma ajeno. Ya le arrebataron su: Deck the Halls, lo cambiaron por: Alegría por doquier, que no dice nada, que no significa lo mismo.

Hoy es 13 de diciembre, faltan doce días para navidad. Un chorro de lágrimas amenaza con salir de sus ojos. Recuerdos de navidades felices, de cantos navideños en un idioma que ya no es el suyo; de nieve que cae, dulce como flores, sobre sus manos enguantadas.

El sol la quema, abusivo; siente la tierra que se cuela por el vidrio, la falta de civilización se vuelve importante y solloza. Se queda estática, no se baja del carro, a pesar de sentirse asfixiada por el calor del trópico; afuera hará unos veinticinco grados, demasiado caliente, no parece navidad.

Las tórtolitas regresan, saca la cámara y toma una foto, y otra, y otra. Imagina las doce fotos en su perfil de Facebook, todos sus amigos comentarán y se reirán de su navidad tropical. Tiene las tórtolas, pero no encontrará la perdiz sobre un árbol de peras; tampoco hay jóvenes rubias ordeñando leche, ni jóvenes lords dando brinquitos, ni siquiera los cinco anillos de oro, o las aves graznando, o las gallinitas francesas del libro ilustrado que su madre le leía cuando faltaban doce días para navidad.

Entra a la casa, encuentra sobre la mesa las campanas de barro y los ángeles de tusa que él ha comprado. El olor del pino y la manzanilla es distinto al de pie de manzana, al de la cidra. No está en casa, pero esta tendrá que ser su casa.

Mery Crismas

jueves, 2 de diciembre de 2010

Electricista

Listo Don Pablo, ya está instalada la lámpara del estudio. Don Pablo, el corto circuito fue arreglado, espero que no le de más problemas. Aquí le hace falta un interruptor, con mucho gusto lo pongo, hoy mismo quedará funcionando. La alarma ya está instalada, es la última tecnología, nadie podrá entrar a robarle Don Pablo.

Durante tres años el electricista trabajó diligentemente, Don Pablo siempre quedaba feliz con el trabajo que realizaba; eres un artista y no cobras tan caro, le decía; por eso era muy generoso al momento de pagarle.

El electricista era un tipo humilde y nunca quiso gastar lo que Don Pablo le pagó durante esos tres años; hasta que llegó a los setenta de edad, se sabe que en la vejez algunas cosas se antojan.

Ahora, cuarenta años después de haber trabajado para el famoso pintor, reclama certificados de autenticidad, dice que todo fue un regalo, que si no tienen la firma es porque no quiso importunar al artista, pero que las doscientas setenta y una obras que posee salieron de la mismísima mano de Pablo Picasso.

Hilario Guardadito

jueves, 9 de septiembre de 2010

Salmos pajeros VII

XX
No sean tomadas a mal mis palabras

es solo que algunas veces las cosas parecen tener doble sentido

Como cuando digo:

Inclínate ante mí

me pondré como roca

Saca lo que tengo escondido

es lo más parecido a mi espíritu

en tus manos lo encomiendo

Te gozaré y me alegraré

Porque has conocido mi aflicción

Entonces haré resplandecer tu rostro

enmudecerán tus labios

que sostienen cosas duras

Cuán grande eres

Podrás decir después


XXI
Unos vendrán y asaltarán la camioneta

otros tocarán la ventana del carro

sin bajarse de la moto

se llevarán tu cartera y tu celular (en el mejor de los casos)

Rendidos quedarán los extorsionadores

dormirán cansados

pero se levantarán con más fuerzas

Matará al malo la maldad

De seguro lo hará más fuerte

Muchas son las aflicciones del justo

pero de todas ellas las librará Jehová


El tono irónico es evidente, ¿o no?


XXII
Nada sano hay en mi carne

mis huesos se quiebran con facilidad

mi lomo está lleno de ardor (no de envidia)

estoy encorvado y molido

casi deforme

las mujeres no voltean a verme

A punto estoy de caer

que nadie se alegre de mí

Sé que vendrá el día en el que habré de levantarme

pero no será hoy

Así de mal me sientan las borracheras

Jonás Ungido