jueves, 10 de junio de 2010

Los niños de Caracas —2—

Me cité con Penny en París, su marido estaba en Londres, por lo que ir para allá de inmediato no era buena idea; ella habría querido acompañarme y no podía exponerme a que nos descubrieran, nuestra relación lleva muchos años y me interesa conservarla.

La ola de robos en los museos parisinos me dio la excusa perfecta para quedarme unos días; aunque por otro lado, la primera impresión del robo del cabello del Libertador indicaba que detrás había una conspiración; por lo que de inmediato intuí que el asalto a los museos era un distractor.

Esa noche con Penélope fue intensa. Le dije que tenía que ir a Londres, mis pesquisas en París habían terminado y no tenía más tiempo que perder. Quiso ir conmigo, como lo supuse, ideamos un plan para llegar de incognito, pero la noticia del robo estaba en todos los periódicos, por lo que llegar sin ser vistos era imposible, en algo tan importante se supone que debo aparecer, mi sola presencia calma los ánimos.

Tuvimos una última noche de sexo, luego del desayuno tendría que despedirme. Me levante temprano, salí a recoger el diario, cuando lo abrí, sentado en el inodoro, encontré una nota que decía: Señor Tipo Largo, no hace falta ser usted para darse cuenta que no tiene nada que hacer en Londres. Salí del baño, con la nota en una mano, se la extendí a Penny, la leyó y solo pronunció: Firma, La mara Salva Ranas, a continuación dijo: Increíble. Así es querida, dije, la globalización puede con todo.

¿Qué hacía la mara Salva Ranas en el viejo continente? Fue lo que me pregunté en todo el trayecto hacia el aeropuerto.

Continuará

Danilo Brownie

lunes, 7 de junio de 2010

Los niños de Caracas —1—

Mi BlackBerry hizo un ruido extraño, nunca antes había escuchado ese sonido, claro que recién la había comprado y era la primera vez que recibía un correo electrónico; brillante, pensé, porque sin querer apaché un botón que encendió una lucesita, así es, la maquinita también hacía las veces de linterna.

Utilizando todas mis habilidades tecnológicas pude abrir el correo, después de leerlo recordé la vez que estuve en Caracas, una ciudad que no es de mi gusto, pero no se puede rechazar la hospitalidad de una Miss Universo. Como parece que atraigo los misterios y luego no puedo parar hasta resolverlos, aquella vez resulté envuelto en el extraño caso del asalto a la tumba de Simón Bolívar.

Quince horas más tarde, ese fue el tiempo que me llevó abrir el correo, más otras quince horas, llegué a París, como todas las primaveras. Esta vez no iba de vacaciones, en el correo, además de los tickets de avión, pude leer una nota que decía: Señor Tipo Largo (ya se había hecho costumbre que la gente castellanizara mi hermoso apellido inglés), usted no nos conoce, necesitamos su ayuda, en la exposición ‘Viva la libertad’ de la Biblioteca Británica, en Londres, robaron un mechón de pelo de Simón Bolívar.

Era en Londres, pero había tiempo para una escala en París.

Continuará

Danilo Brownie

martes, 18 de mayo de 2010

El buscador de musas

Rayaba las páginas de un grueso cuaderno. Cada tanto regresaba a leer lo escrito y se daba cuenta que todas las líneas iniciaban con la frase: De repente, dos palabras sencillas que repetía en las primeras cincuenta hojas de un cuaderno de doscientas.

Se me ha terminado la inspiración, pensó, al tiempo que se acordó de: El resplandor, la película de Stanley Kubrick, en la que sale Jack Nicholson, uno de sus mejores trabajos, en el que representa a un escritor que viaja con su familia a cuidar un hotel que permanece cerrado durante el invierno; en esos meses debe terminar una novela. El personaje escribe páginas y más páginas que inicia con la misma frase, producto de las alucinaciones que le provocan la soledad y los fantasmas del hotel, a la larga se vuelve loco y asesino.

A diferencia de Nicholson, él no mataría ni a una mosca, no tenía familia, no creía en fantasmas, un poco loco si estaba, pero ni en sueños iría a un hotel vacío. Todo el día tenía que estar metido en una oficina contable, en donde robaba tiempo para tratar de escribir como Pessoa, todo para justificar su desorden de personalidad múltiple.

Hubo un tiempo en el que quiso ser como Bukowski, se abandonó al alcohol, para encontrar una línea narrativa mordaz. Terminó en bancarrota y fue a parar a un sanatorio de enfermos alcohólicos; sus amigos tuvieron que hacer una colecta para pagar la cuenta del hospital; además, todo lo que escribió durante esos meses lo perdió la noche que se desnudó frente a una iglesia evangélica; el pastor salió a reprenderlo en el nombre de Dios y le predicó durante dos horas hasta que logró que aceptara a Cristo; esa temporada solo pudo escribir sermones.

Cansado de la palabra de Dios, intentó hacer lo de Truman Capote. Decidió seguir a un tal Rafa, conocido por ser el extorsionador del barrio. Su idea era adentrarse en la sicología profunda y las contradicciones del maleante. Al segundo día de estarlo siguiendo el Rafa lo encaró y le preguntó si era hueco o policía; él respondió que era escritor y que solo quería escribir una novela sobre su vida. El Rafa le dio un par de palmaditas en la espalda y le aconsejo que se buscara otro, que por andar con malas juntas, aunque fuera para escribir, podría salir lastimado.

Le dio la vuelta al cuaderno, y lo empezó a ojear por la parte de atrás. A diferencia de la de adelante, estaba llena de diagrámas, flechas, dibujos, recetas de cocina, fechas, números de teléfono, unos con nombre, otros no. Recordó que ese fue otro experimento, llamar por teléfono, al azar, en busca de experiencias eróticas para escribir. Se hacia pasar por un amante italiano; apenas sabía una frase que repetía en cada llamada: Bella donna della buonanotte, a la que nadie respondía, hasta la noche que una sensual mujer devolvió el saludo y le habló en italiano, sin parar, durante dos horas; despúes del largo monólogo colgó. Se quedó en silencio, sabiendo que había perdido la historia de su vida.

Giró de nuevo el cuaderno, buscó la próxima hoja en blanco, tomó el lapicero y escribió: De repente se fueron los días y con ellos las palabras.

Se entusiasmó, tenía una nueva idea, aquella frase la escribiría en las paredes de los baños públicos, en las cantinas, en los moteles, en baños de universidades; se fijaría en las que otros hubieran escrito y haría una antología de frases de baño.

Satisfecho, se levantó a servirse un café y a buscar algo que leer, antes de iniciar su proyecto. Buscó en la librera, ahí estaba un pequeño libro de nombre: Antología del retrete.

Musiel Posmo

lunes, 3 de mayo de 2010

¿Por qué se pelan cables?

—Ese señor está pelando cables papá.

Mi hijo quiso que yo fuera testigo de lo que dijo, pero el semáforo dio verde y no pude voltear; supuse que habían algunos técnicos de la empresa eléctrica, o de la compañía de teléfonos, revisando los cables, y que a eso se refería con lo de pelar cables; el niño no volvió a preguntar y seguimos avanzando en el tráfico, al rato ya lo había olvidado.

Al día siguiente pasé por el mismo lugar, el semáforo dio vía, por lo que aceleré, en eso observé que un hombre desnudo se ponía en mi camino, agitaba las manos y gritaba, gesticulaba como loco, por lo que tuve que frenar de golpe para no atropellarlo.

Estacioné el carro unos metros adelante, del susto no podía respirar; bajé el vidrio, para que entrara aire, en ese instante se acercó un hombre, vestía una camisa que tenía el logotipo de la empresa eléctrica, metió la cara por la ventana y dijo:

—Que susto, ¿verdad don?, fíjese que ese es mi compañero, desde ayer que estamos haciendo unos trabajos por aquí, lo noté un poco raro, pero nada del otro mundo, pero hoy si que, literalmente, peló cables.

Luz Clarita

lunes, 26 de abril de 2010

¿Por qué cuelgan los tenis?

—¿Por qué cuelgan los tenis?

La pregunta de Miguel me sacó de onda.

—¿A qué te referís?

Sin decir palabra, señaló una serie de zapatos tenis, nuevos, regulares y viejos, que colgaban del alambrado público.

Le respondí que no sabía, además le dije que me importaba poco, que esa era una de las quinientas cincuenta mil cosas que no me gustaban del barrio en el que vivía. Le dije que entrara a la casa, nos sentamos en el sillón, ellas se estaban arreglando, mientras tanto nosotros nos echamos una cerveza.

Miguel estaba aburrido, esas cuatas se tardan mucho, dijo; luego me preguntó si tenía unos zapatos que le prestara, porque necesitaba cambiarse los tenis que cargaba, pues ya estaban muy viejos. Le pasé unos mocasines que ya no usaba, se los puso, después enrolló un purito, lo encendió, le dio tremendo chupón y a los pocos minutos estaba alucinando.

—Todo está chilero mano, pero esas pendejas llevan casi media hora arreglándose, esperame un ratito, ahorita regreso.

Salió corriendo, yo salí detrás, más para que me pasara el purito; lo alcancé, lo tomé del brazo, nos quedamos parados, alzamos la mirada y ahí estaba, arriba del cerro, parecía un duende peludo, Miguel no le puso importancia, debió haber pensado que era parte de su alucine; entonces noté que llevaba los tenis en la mano, al ratito se puso a tirarlos al aire, intentando que quedaran colgados del cable. Antes que lo consiguiera las chavas salieron, pero él ya no quería irse sin dejar los zapatos en el alambre. Como tardaba tanto decidimos dejarlo y le dijimos que nos alcanzara.

La fiesta estuvo buena, pero Miguel nunca apareció; al regresar a la casa nos dimos cuenta que sus tenis colgaban del cable, que cerote más necio, dije, y le resté importancia al asunto.

Hace un rato me llamaron de la morgue, mi número estaba en su celular, me pidieron que fuera a renocerlo, al parecer un sicario lo acribilló; que cerote más necio, de verdad colgó los tenis, dije mientras me apresuraba a salir.

Adipuma Naiqui

martes, 20 de abril de 2010

No se les debe mentir a los niños

Ya no se puede confiar en la gente, se aprovechan porque uno apenas tiene trece años; el tipo me ofreció cien quetzales, pero no me los dio; dijo que esperaría en la esquina, que no me dejaría solo, pero se fue; hice lo que pidió, no fue complicado, meterle dos balazos a una doñita que apenas podía caminar no representaba reto alguno.

Ahora tendré que matar dos policías y matarlo a él, pero mis cien quetzales los cobro a como de lugar.

El chiqui

lunes, 22 de marzo de 2010

Se nos subió el azúcar

Todos los periódicos anunciaron en su primera página que el azúcar aumentaría un quetzal por libra.

Reunidos en la suite principal de uno de los clubes más exclusivos, los hombres brindaron porque la estrategia había funcionado.

Los mayores aplausos los recibió quien había tenido la brillante idea de trasegar el producto hacia el vecino país del norte, nadie pondría en duda que allá estaban pagando mejor precio por kilo.

Desarrollar la logística, contratar a la gente para mover el edulcorante, hacer los contactos con la prensa, dar el seguimiento adecuado; eso fue lo más sencillo.

Pensar que unas semanas atrás todos estaban tristes porque no habría bonificación extraordinaria. Ahora la felicidad salta a la vista, la producción del 2009 se venderá a mayor precio de lo estimado, los gastos para lograrlo fueron pocos y todo mundo se creyó la historia.

Juanito Insulino

lunes, 15 de marzo de 2010

Son tus perfúmenes

Apestás, le dijo su mejor amiga, después que la dejó entrar a su apartamento. Él estaba medio despierto y tenía ojeras de mal dormir que le hacían una enorme sombra en la cara.

¿No te vas a bañar?, le recriminó la amiga, quien se tapaba la nariz, sin disimular su asco. No, dijo él, al tiempo que amagaba con darle un abrazo. Ante la amenaza, ella se escabullo como pudo y se dirigió a la cocina, para prepararse un café.

Sacó de la alacena el bote con café y le volvió a recriminar: ¿Cómo hacés para heder tanto? Se rascó un sobaco, dejando escapar un poco más de su mal olor, luego dirigió su mano a la nariz, respiró profundo y respondió: Nada.

—¿Cómo querés el café?

Con un dedo hurgando en su nariz, y con la otra mano rascándose la ingle, dijo: Fuerte.

Ella se asomó por el marco de la puerta de la cocina y lo sorprendió cuando estaba a punto de meterse la mano en el trasero, y le gritó: No te da asco estarte oliendo, apestás a desagüe.

Se rascó el otro sobaco, aspiró el olor y dijo: Más bien huelo a mí. Te podría describir mi olor como la mezcla del aroma de un viejo ron, con almizcles bien curtidos; y el sudor de dos días de sol, cuatro horas de camino en la montaña, seis horas en bus de segunda y una noche de desvelo, escribiendo y comiendo queso azul.

—En serio, ¿no te molesta heder tanto?

Él movió la cabeza de un lado a otro.

—No querés que venga ¿verdad?, sos tan desagradable.

En un descuido, la tomo de la mano y empezó, poco a poco, a olerla. Ella quiso retirarse de inmediato, pero él no la dejó, entonces se puso a forcejear, a gruñir y a insultarlo. En medio de los jaloneos, gritos, patadas, aruñones y sudores, él logró restregar su nariz contra sus firmes y morenos pechos; sintió un fresco olor a guayabas recién cortadas, mezclado con un leve aroma despedido por una brizna de sudor, provocado por el forcejeo; después de un momento de aspiración profunda la soltó. Ella, ofendida, a punto de la histeria, y con lágrimas en los ojos, le gritó: ¿Qué te pasa patán, mal oliente, miserable, violador? Él, bajando la cabeza, y con tono de disculpa, respondió: No pasa nada, nada, no te ofendás, solo necesitaba aspirar tu olor a tierra, a mujer de pasto, tu esencia de ser humano; porque no aguanto cuando entrás por esa puerta y siento tu fragancia a jabón, a perfume de pérgola de tienda cara, a mujer de revista.

Ella, en silencio, con los ojos inyectados de cólera, tomó la taza de café y se la tiró a la cabeza, luego gritó: Ahora olés a café capuchino, y se retiró, somatando la puerta.

Él gritó desde adentro: Que delicioso aroma a furia.

Patricio Suskinder

martes, 9 de marzo de 2010

El que castra sana

Respaldado por la Organización de las naciones unidas, el experto en seguridad se instaló en el país. El reto era enorme, pero sabía que las oportunidades para demostrar sus conocimientos eran mayores, pues tal y como lo imaginó nadie tenía conocimientos criminalísticos, ni existían laboratorios para examinar pruebas, ni cosa por el estilo; lo que encontró no se parecía en nada a lo que se mira en CSI, la famosa serie de detectives forenses.

Su función sería complicada, debido a las limitaciones de presupuesto, el poco personal asignado a su institución tenía que dedicarse a investigar solo los casos de alto impacto en la sociedad.

Nada lo amedrentó, desde que le ofrecieron el puesto tenía claro cuál era su objetivo, por eso no dudaba cuando decía que lo único que le interesaba era ayudar al gobierno y de esa forma al país.

Después de varios casos, su figura fue ganando credibilidad en la opinión pública; pero el verdadero salto a la fama lo dio cuando resolvió el caso del abogado que planificó su propia muerte.

Su más reciente aporte al gobierno lo confirmó como el héroe que es. Ante el problema que le plantearon: esa mujer sigue pidiendo los expedientes. La solución fue sencilla.

Hoy los periódicos anuncian que el funcionario extranjero descubrió un plan para asesinar a la diputada, por lo que le aconsejó abandonar el país de inmediato, que ya le tenía arreglado el asilo. Es eso o arriesgarse a que las amenazas se hagan realidad.

Agatas Cristi

lunes, 1 de marzo de 2010

Al filo del recuerdo

A la distancia, oyó el pitido del afilador de cuchillos y recordó cuando su abuela se apresuraba a sacar, de entre ollas agujereadas, sartenes despeltrados y cucharas dobladas, una gran cacerola llena de cuchillos, sin cacha, romos y sin filo.

Salía a la puerta con el cargamento de chatarra, que sonaban a campanillas de iglesia, y se encontraba con un afable viejito, quien sonreía mostrando sus últimos cuatro dientes. Se acomodaba y daba vueltas, por medio de un pedal destartalado, a una piedra afiladora.

Al ritmo de la rueca contaba la historia de cómo unos gitanos lo abandonaron y fue criado en el bosque por una familia de mapaches; el cuento era rematado por una frase inintelegible, desde niño imaginaba que provenía de un dialecto magiar. La abuela sacaba unas monedas de la bolsa de su delantal, las ponía en las manos del viejo; él agradecía haciendo una reverencia, al tiempo que levantaba las manos y la mirada hacia el cielo.

Volvió a escuchar el pitido y, emulando aquel recuerdo de su infancia, corrió a sacar, de su empaque original, cuatro cuchillos que había utilizado pocas veces; los compró en rebaja, en uno de esos hipermercados.

Se había afanado en cortar una bolsa hermética, desmenuzar un pavo importado, deshuesar un pato, filetear un pescado, rodajar un lomo de cerdo, pero todos los intentos fallaron, por lo que decidió regresarlos a su estuche, resignado a lucirlos como adornos en el trinchante, o convertirlos en escultura conceptual.

En medio de la evocación, y con los cuchillos en la mano, dudó, pues pensó que la piedra afiladora, del descendiente de gitanos, sucumbiría ante el acero inoxidable.

Abrió la puerta, se encontró con tres tipos; uno le ofreció arreglarle los zapatos; otro las goteras del techo; el tercero, que tenía el pito en la boca, le arrebató los cuchillos, sacó un afilador de batería, marca Craftsman, y de inmediato se puso a trabajarlos

Se quedó absorto ante la pericia del afilador, hasta ese momento cayó en la cuenta que ya no era necesaria aquella piedra de sus recuerdos.

La conversación entre los artesanos lo sacó de su trance. Hablaban de un tal Chiqui, a quien habían conocido en la cárcel, contaban de lo hábil que era con las navajas de acero inoxidable, decían que para comprobar el filo se las pasaba en medio de la lengua, dejando salir un hilo de sangre, que luego se daba gusto tragándolo. Cuando estaba seguro que tenían suficiente filo rebanaba la punta de la nariz a alguno de los compañeros de cuadra, sus víctimas eran conocidos como los chatos; pero su máximo placer lo obtenía cuando las navajas se quedabn sin filo, y con ellas arrancaba orejas a diestra y a siniestra. No tenía dudas, el Chiqui era un tipo interesante, como el viejo criado por mapaches; la historia lo tenía capturado.

Después de cinco minutos el afilador le devolvió los cuchillos y le dijo: Son ochenta quetzales. Se quedó como quien recibe un directo a la mandíbula, recordó que lo pagado por los cuchillos no llegaba a cuarenta quetzales.

Buscó entre las bolsas del pantalón, se sacó unos cuantos billetes, se los dio al afilador, quien luego de contarlos le dijo: esto no alcanza.

Aturdido, y con miedo, metió una pierna entre la puerta y el marco, y se deslizó hacia adentro, al tiempo que decía: No tengo más, llévese los cuchillos, quizá el Chiqui se los compre.

Victor Inox

jueves, 18 de febrero de 2010

Salmos pajeros VI

XVII
Ella es mi luz

pero le temo

Los malos me acechan

me llevan a lugares de perdición (¡Ah, los amigos!)

¡Oh paradoja de paradojas!

es ahí donde encuentro mi camino

Después tengo que esconder el rostro

no puedo verla

bajo la cabeza

percibo su ira

Salen palabras de mi boca

ten misericordia

Una cosa demando

estar todos los días de mi vida en su casa (Sale caro pagar doble renta)


XVIII
Tributad...oh hijos de los poderosos

porque nosotros

los que andamos a pie (y muchos de los que andan en carro)

no tenemos liquidez (el dinero no alcanza muchá)

Y la voz de la SAT nos hace temblar

como sonido de truenos

con potencia

por eso florece el negocio de las facturas chafa

nadie hace caso (bien por eso)

suficiente con recaudar el IVA

el ISR mes a mes

no a nosotros

Ellos deben pagar


XIX
Si fuera próspero (no Penados Del Barrio)

pagaría

no tendrían que perseguirme

ni llamarme en la madrugada

podría evitar los avisos que anuncian morosidad

En su ira ellos pueden quitarme el sustento

difamarme

¿Qué provecho hay en dejarme sin trabajo?

¿Podrá hacer algo mi cartera vacía?

Como dijo Tevie (el de la película)

Qué de malo habría en que yo tuviera un poco

Jonás Ungido

lunes, 8 de febrero de 2010

¿En el principio?

Cuando Lillith se fué Adán se sintió decepcionado y traicionado por Dios. Eva era hermosa, dulce y sumisa, hacía todo lo que él quería; pero nada se comparaba con la locura sexual de Lilith y sus experimentos en la cama.

Eva siempre lo hacía de la misma forma. Lo esperaba a oscuras, cubierta hasta el cuello con una piel de borrego y una manta tejida, que siempre se negaba a retirar; se tendía placidamente y casi nunca hacía gestos ni sonidos. Adán terminaba decepcionado, extrañaba a Lillith y sus inventos.

Con el paso del tiempo la decepción se transformó en temor, la fertilidad de Eva hacía que quedara embarazada cada vez que tenían sexo; después lo evitaba durante todo el embarazo, su mal humor era insoportable.

El mundo se fué poblando de sus hijos y los hijos de sus hijos. Eva se consumía y Adán perdió el interés en ella.

Un día, en su edad madura, Adán salió a caminar, dispuesto a ver el mundo con otros ojos. Se quedó viendo a un grupo de muchachos, entre quienes sobresalía uno hermoso, de formas perfectas y mirada profunda; lo supo cuando logró que sus ojos se cruzaran, al rato conversaba con él. Algo sucedió, pues ambos quedaron fascinados con el otro, por lo que siguieron encontrándose, se volvieron inseparables.

Esteban descendía de los hijos de Dios que tomaron para sí mujeres hijas de los hombres. Él podía ser dulce como Eva y siniestro, como Lillith; no era como los descendiente de Adán, no lo obedecía ni lo servía, menos reverenciarlo. Adán se sentía retado y atraído.

Aquella mañana salieron de cacería, el sol todavía no calentaba; corrieron detrás de las presas, no tuvieron suerte, por lo que cansados se recostaron bajo una datilera, a la orilla de una cascada, que formaba una poza cristalina. Esteban se tornó servicial, consiguió unos dátiles y los puso en la boca de Adán; dejando, sutilmente, que este le lamiera los dedos.

Luego del descanso Adán quiso nadar. Se hundió en el agua, mientras Esteban lo observaba y pensaba que aquel cuerpo, aunque maduro, revelaba la belleza de la creación. Unos minutos después se metió a la poza, se acercó a Adán y le dijo: No hay duda, en verdad eres creación divina.

Todo terminó en un jugueteo, en el que Adán descubrió que podía tener sexo sin temor a la reproducción, aunque eso implicara sacrificar algún orificio. Ahí quedaron dormidos a la sombra de la datilera.

Adán llevó a Esteban a su casa, como su protegido, fué él quien administró sus bienes cuando sus hijos se mataron entre si.

Eva no tuvo más hijos, por lo que dedicó su tiempo a la alfarería, sus figuras de barro se volvieron famosas y se vendían por montones. La gente daba cualquier cosa por tener una, y las pedían cada vez más grandes.

Billy Granjas

lunes, 1 de febrero de 2010

La pulga

Jamás se nos cruzó por la mente nombrarlo Diego, eso marca a los pibes, Diego solo hay uno, es irrepetible; por eso le pusimos Lionel, para dotarlo de un poder invencibe, además también es nombre de rey, Lionel, Leo, León; nada podría contra él.

Es el deseo de todo padre que su hijo chute la pelota como los dioses, pero con Leo no nos hicimos esperanzas, él nunca fue normal, lo supimos desde el principio, apenas pesó tres libras al nacer, por eso le dimos un nombre poderoso, para ayudarlo un poco al pibe.

No era como los demás, hasta pensamos que era ciego, porque se quedaba mirando fijamente al techo, ahí no había nada, solo una bombita de luz.

En cuanto caminó empezó a golpear el balón, a los cuatro años ya driblaba a todos los del barrio, corría como ningún otro, pero no crecía, pasaban los años y se iba quedando pequeño, por eso se ganó el mote de la pulga.

Se fue a la escuela pero no duró mucho, porque no aprendía, con mucho esfuerzo supo leer y escribir. Lo enviaron con la sicóloga, ella era elegante, pero no tuvo pena cuando dijo: Ché, el pibe es autista, tenés que tener paciencia con él.

Hizo falta más que paciencia, el pibe no aprendía. Eso sí, cuando ibamos para la cancha, viste, el pibe era otro, parecía tener poderes especiales, era un barrilete cósmico, pero era un chiquilín, así nadie lo iba a querer en su equipo.

Quisimos curarlo, al menos hacerlo crecer, pero no había gita y ningún club se quizo hacer cargo, apenas tenían para pagarle a sus jugadores.

Ahora tiene diez y siete años, y la estatura de un pibe de doce, se pasa todo el día con la pelota, nosotros lo dejamos. Sabemos que el nombre no le ayudó en nada, tampoco que nosotros tratáramos de fingir el acento argentino. Si tan solo nuestro patojo hubiera nacido en pibelandia, sería igual que ese chiquitín que juega en el Barça; pero ya se sabe, viviendo acá nadie nos iba a prestar atención; además, de Guatemala no puede salir ningún buen jugador de futbol.

Diego Iespien