lunes, 1 de febrero de 2010

La pulga

Jamás se nos cruzó por la mente nombrarlo Diego, eso marca a los pibes, Diego solo hay uno, es irrepetible; por eso le pusimos Lionel, para dotarlo de un poder invencibe, además también es nombre de rey, Lionel, Leo, León; nada podría contra él.

Es el deseo de todo padre que su hijo chute la pelota como los dioses, pero con Leo no nos hicimos esperanzas, él nunca fue normal, lo supimos desde el principio, apenas pesó tres libras al nacer, por eso le dimos un nombre poderoso, para ayudarlo un poco al pibe.

No era como los demás, hasta pensamos que era ciego, porque se quedaba mirando fijamente al techo, ahí no había nada, solo una bombita de luz.

En cuanto caminó empezó a golpear el balón, a los cuatro años ya driblaba a todos los del barrio, corría como ningún otro, pero no crecía, pasaban los años y se iba quedando pequeño, por eso se ganó el mote de la pulga.

Se fue a la escuela pero no duró mucho, porque no aprendía, con mucho esfuerzo supo leer y escribir. Lo enviaron con la sicóloga, ella era elegante, pero no tuvo pena cuando dijo: Ché, el pibe es autista, tenés que tener paciencia con él.

Hizo falta más que paciencia, el pibe no aprendía. Eso sí, cuando ibamos para la cancha, viste, el pibe era otro, parecía tener poderes especiales, era un barrilete cósmico, pero era un chiquilín, así nadie lo iba a querer en su equipo.

Quisimos curarlo, al menos hacerlo crecer, pero no había gita y ningún club se quizo hacer cargo, apenas tenían para pagarle a sus jugadores.

Ahora tiene diez y siete años, y la estatura de un pibe de doce, se pasa todo el día con la pelota, nosotros lo dejamos. Sabemos que el nombre no le ayudó en nada, tampoco que nosotros tratáramos de fingir el acento argentino. Si tan solo nuestro patojo hubiera nacido en pibelandia, sería igual que ese chiquitín que juega en el Barça; pero ya se sabe, viviendo acá nadie nos iba a prestar atención; además, de Guatemala no puede salir ningún buen jugador de futbol.

Diego Iespien

miércoles, 20 de enero de 2010

CR7

La primera temporada de futbol que vi fue cuando el Real Madrid tenía una colección de muñecos, que comenzaba con David Beckham. Me tiraba todos los partidos en la tele, no me perdía uno, hasta llegué al extremo de hacerme socia del equipo y, por supuesto, ir al Bernabeu a verlos en vivo; ahí conocí a Luis, quien no tenía un cuerpo de colección, pero era coleccionable.

No creo entrar en la categoría de Cougar, aunque paso de los cuarenta, mi posición económica es desahogada, tengo trabajo estable, auto deportivo y cuerpo decente, ni siquiera porque mis parejas usualmente son menores que yo; Luis, por ejemplo, tenía veintiún años cuando lo conocí.

El futbol no era lo mío, pero los hombres si, por eso me hice fan, de esas a las que llaman groupies. En un par de años llegué a tener suficiente influencia en la porra, y con los directivos del equipo, por lo que las invitaciones a los afterparties eran frecuentes.

La experiencia que dan los años me ayudaba a no andar de cacería, las oportunidades llegaban de forma espontánea, cuando sucedían le entraba.

Las jovencitas eran impactantes, muchas de ellas esculturales, yo no; aun así, muchas veces me tocaban los bocados más suculentos, otras tenía que conformarme con alguien más grandecito; doy fe, por ejemplo, que dar cabezazos no es la única habilidad de Zidane, era excelente en otras áreas, y no hablo de cosas relacionadas con futbol.

Mis amigas siempre preguntaban: ¿Cuál es el atractivo?, ¿qué les ves? Nunca me entendían, a pesar de que les enseñaba las fotos de Beckham y los demás.

Cuando apareció Cristiano me quedé helada, el niño es hermoso. Nunca antes vi un cuerpo como el suyo, con esa carita tan dulce.

Tenía que llegar hasta él, no sabía qué hacer, porque la lista de espera era enorme; hasta a Paris Hilton se le antojo, lo montó en su avión y se lo llevó varios días; presumo que la única monta fue la del avión, porque luego dijo que no era su tipo, que le pareció muy femenino.

Lo mejor que pudo pasar, para mí, no para el equipo, fue la lesión de Cristiano. Me las ingenié para hacerle de enfermera; no fue en una fiesta, pero conseguí estar con él, sentir su olor y sus manos; también él sintió las mías, y yo su duro trasero.

Hace unos días, mis amigas volvieron a preguntar: ¿Por qué te hiciste fan?. Les mostré un poster de Cristiano, en el que hace publicidad de ropa interior; les conté de mi experiencia como enfermera y les dije que Paris Hilton tenía razón. Creo que a partir de ahora habrá cinco loquitas más que seguirán al Real Madrid.

Karla Yanina

miércoles, 13 de enero de 2010

Me llamo R

Yo tengo la culpa de todo, estoy aquí sin poder decir nada, todos saben en donde está mi cuerpo, pero no puedo hablar, estoy muerto, de eso no hay duda, lo escuché en las noticias, también supe quienes fueron mis ejecutores, los pude ver aunque esté muerto, no sé cómo explicarlo, se supone que no puedo ver nada, es un misterio.

Me enteré que hubo desórdenes, durante varios días, que las aguas subieron de nivel, pero no pasó a más, no fue suficiente, quizá por eso estuve aquí los meses pasados, era necesario esclarecer mi muerte, para que pudiera descansar. Ahora ya no veo nada, he pasado por un túnel oscuro, para luego salir a la luz; lo último que pude ver fue la conferencia de prensa, la animada alocución con acento español, en la que decían que todo estaba resuelto, que fui yo mismo el que lo planeó todo.

Es imposible negarlo, no tengo voz, he confirmado que los muertos no hablan, sus cuerpos pueden decir cosas, pero nada puede salir de sus bocas, aunque se grite, nadie te escucha; las cosas no son perfectas, debí haber planeado también mi resurrección; lo dicho, no soy perfecto, nunca lo fui, no preví que no hay comunicación desde el más allá.

Los muertos no pueden atacar ni defenderse, esa es mi condición, los vivos tienen creatividad, vean de lo que fui capaz. Nunca pierdan de vista que siempre habrá otros que son más vivos, y algunos que querrán pasarse de vivos, la imaginación no tiene límites; se los digo yo que no puedo hablar, pues algunos imaginaran que soy quien no soy.

Orano Pa Muko

lunes, 11 de enero de 2010

Apretaíto

Parada frente a mí, ella repetía algo que no pude o no quise comprender. El show daría inicio en cinco minutos, no tenía tiempo para escuchar explicaciones, la oportunidad es una, no se tienen más, se toma o se deja; lo único que alcancé a entender fue: No sé qué pasó, lo siento mucho.

Ese día se enfermó Centurión, el vocalista principal del grupo, por lo que me tocaba hacer el solo, recién en ese momento caí en la cuenta, lo que ella decía representaba complicaciones.

De algún lugar saqué valor y dije: ¿qué es lo peor que puede pasar? Ella seguía balbuceando: Podría romperse; ¿y qué? Respondí.

Tenía tanta seguridad en mí mismo que pensé: este cuerpo es perfecto, para qué ocultarlo.

Con esfuerzo pude meterme en el traje, no había tiempo para conseguir otro, en realidad se había encogido un par de tallas.

Los zapatos eran totalmente visilbles, pues el pantalón quedó bastante corto; por fortuna la tela se amoldó a mis caderas, aunque era evidente que estaba constreñida; me pusé la camisa, fue imposible cerrarla, de hacerlo los botones hubieran saltado, quedó abierta casi hasta la cintura; con la chaqueta sucedió lo mismo, apenas logré encajar dos broches; mi forma de caminar resultaba algo afeminada, además tenía el paquete aprisionado, formando un bulto que llamaba la atención.

Sonó la música y me concentré en cantar. Las mujeres se pusieron a gritar, casi al borde de la histeria; el bullicio me animó, entonces intenté moverme como Elvis; a pesar de lo apretado de la ropa, creo que lo hice, al menos se generó el caos. En medio del relajo, unas chicas subieron al escenario, sentí unas manos sobre mis nalgas, besos en el rostro, los de seguridad empujaban, intentando bajarlas. El éxito fue impresionante.

Agradecí a Clarita por haber lavado mi traje. Desde ese día nunca he vuelto a usar ropa de mi talla, me di cuenta que lo apretado me sienta mejor.

Mi amigo el Puma

martes, 5 de enero de 2010

De regreso

La llamó para decirle que regresaría. Se fue hace algunos años, compró un boleto de ida, abordó el bus y dijo en voz alta: Cuando uno no sabe a dónde ir cualquier dirección que se tome es buena.

Se pasó la mano por la calva, pensando en el rumbo que había seguido su vida desde que pronunciara esas palabras.

Hizo el recuento y notó que salía ganando, a pesar de la depresión profunda del inicio, cuando salió de la cama hasta que los piquetes del hambre fueron tantos que se vio forzado a levantarse; a pesar de cómo tuvo que ganarse la vida.

Siempre pensó que aquel momento fue el que determinó todo. Cuando abordó el bus que lo llevaría a la frontera; apenas habían pasado treinta minutos y dos hombres se levantaron gritando: Esto es un asalto; luego escuchó tres disparos, sintió la humedad en el respaldo del asiento, al tiempo que su vecino se recostaba sobre él; minutos después los hombres detuvieron el bus, bajarón y se fueron con el botín.

Le dará gusto verla de nuevo, después de todo este tiempo, le dirá en tono sarcástico, mientras le enseña la maleta llena de dinero, que su ruta no lo llevó al hospital, ni a la cárcel, que cuando no se sabe a dónde ir, cualquier dirección que se tome es buena.

Pancho Pistolas

martes, 22 de diciembre de 2009

Milagro de navidad

Era víspera de Navidad y le quedaban en la cartera cincuenta quetzales, con eso a duras penas podría comer, ni pensar en comprar ropa y juguetes para los niños.

Imaginó la casa sin decoraciones, la esposa desencajada, la mesa con un par de tamales enviados por la madre de ella, repartidos en cuatro platos; hasta pudo escuchar la frase que siempre repetía: para que te casaste con ese bruto.

Caminaba por un callejón angosto, todos los comercios estaban cerrados, menos uno. Sintió curiosidad, entró deslizándose por debajo de una persiana de metal a medio cerrar, aquello era una venta de paca, no como la Mega Paca, aquí todas las cosas estaban en el suelo, aunque al fondo tenían un par de anaqueles en donde exhibían algunos juguetes.

Se puso a registrar. Encontró un traje negro, completo; una camisa de seda y una corbata. Sabía que aquella ropa, aunque usada, era fina; de las marcas que él solía vestir antes de la crisis; antes que su cartera de clientes quedara a cero. Pensar que dos años atrás todo era diferente, incluso compraba fuegos pirotécnicos, el paquete de lujo; y la fiesta de fin de año siempre en hotel de cinco estrellas, a la orilla de la playa. Ya el año anterior la cosa había sido diferente, pocos regalos, sin pavo, sin viaje. Este año no quedaba nada, los intereses de las tarjetas se lo habían comido, literalmente.

Siguió registrando, sin ganas de regresar a su casa; por algún lado apareció un robot transformer, el mismo que su hijo deseaba tanto, no tenía empaque, pero estaba en perfecto estado. Levantó una bata vieja, frente a su cara apareció una pijama violeta, de mujer, nueva, todavía con etiquetas, de la talla de su esposa. Que suerte, ahora solo necesito un oso de peluche, dijo en voz baja. Volteó la cabeza, al fondo pudo ver un oso de peluche blanco y esponjoso.

Se sintió como niño en mañana de navidad, imaginó que los cincuenta quetzales no le alcanzarían, pero se armó de valor, preguntó y casi llora cuando el vendedor le dijo: mire, ya quiero cerrar , le dejo todo eso que encontró por treinta quetzales, pero váyase ya.

Pidió unos minutos más. Entró al vestidor, se puso el pantalón, se abrochó la camisa, se colocó la corbata, aquella ropa estaba hecha a su medida; se vio como en sus mejores tiempos; se peinó, guardó los jeans gastados en una bolsa. Cuando salió, el dependiente lo miró y se quedó perplejo, de inmediato lo acosó el espíritu navideño: allá en la esquina hay unos zapatos negros, son talla 42, se los regalo, no se puede poner ese traje con tenis, le dijo, al tiempo que agarraba un abrigo de hombre, largo, negro, con cuello de gamuza, y agregó: no le queda a nadie por aquí, usted es alto y allá afuera hace frío, lléveselo. Parecía un aristócrata inglés saliendo del teatro.

Caminó con confianza, estaba feliz, en una bolsa llevaba la ropa vieja y en otra los regalos.

Encontró abierta una tienda de barrio, una mujer muy amable le empacó todo con cariño. Siguió caminando, unas diez cuadras lo separaban de su casa.

Como había frío, acomodó los paquetes en una mano y la otra la metió en la bolsa del abrigo; se encontró con un papel arrugado, lo sacó, al verlo sus ojos no daban crédito, era un billete de cien dólares.

Emocionado le hizo alto a un taxi, aunque faltaba poco quiso apresurarse. Imaginó la cara de sus hijos y su esposa, sería una navidad perfecta; además, con los cien dólares saldrían a comer y a divertirse, como en los buenos tiempos.

Un par de cuadras adelante el taxista paró el carro, sacó una pistola:

—Dame las tarjetas y el celular.

—No tengo.

La respuesta enfureció al atacante. Un hilo de sangre corrió por su rostro, luego de sentir el golpe de la cacha de la pistola. Sin darse cuenta, tres hombres más habían aparecido; lo sacaron del auto, lo registraron, le quitaron la cartera y el billete de cien dólares; al no encontrar más lo golpearon. Fueron unos cinco minutos de absorber los golpes de seis piernas que lo impactaban en forma alterna; no le dispararon, pero quedó inconsciente, tirado en la cuneta.

Despertó cuando llegó la madrugada, una mujer que pasaba se le quedó viendo, y lo reprendió: bueno está, por borracho te pegaron, pero es navidad, tené estos dos quetzales para tu camioneta, le dijo y siguió caminando. Los regalos habían quedado en el taxi; agradeció estar vivo y maldijo a la paca. Tenía el abrigo lleno de lodo, la camisa manchada de sangre y le faltaba un zapato; la peatones lo confundían con un mendigo y se alejaban, nadie más le habló.

Llegó a su casa, la esposa salió a recibirlo, lo miró de pies a cabeza, de inmediato se puso a llorar, y a gritarle: ni siquiera pensaste en nosotros, te compraste ropa lujosa y zapatos nuevos, hasta un abrigo, y jurás que no tenés dinero, seguro te emborrachaste con tus amigos en saber qué fiesta, ni me contés nada, los niños ya se fueron con mi mamá, solo te esperé porque todavía confiaba en vos, me voy, pero cuando regrese no quiero que estés aquí, ya no te soporto.

Entró a la casa, se quitó el abrigo y el traje, por costumbre revisó los bolsillos, ella siempre le reñía por dejar cosas adentro. Casi metido en el forro del saco encontró un anillo de compromiso, tenía un diamante enorme, incrustado en oro en oro blanco.

Acarició al gato, mientras pensaba que, de seguro, algún hombre se había salvado de un matrimonio. Examinó el anillo con habilidad de conocedor, agradeció estar vivo y bendijo a la paca. Sería suficiente para empezar de nuevo, en algún lugar lejano; solo, por supuesto.

Ebenicer Escrush

PD. Maestros y maestras que visitan esta casa de paja, con este cuentín les deseo feliz navidá y que el año 2010 sea de éxitos. Por ahora tomaré un descanso, nos leemos en enero.

Salú pue.

martes, 15 de diciembre de 2009

Fiel creyente

Cumplía con el evangelio y sus preceptos, vivía para la Iglesia, compraba todos los años el mismo turno para la procesión de viernes santo, había viajado a El Vaticano, Lourdes, Guadalupe y todos los años visitaba Esquipulas; lucía el cromo de la virgen en el carro, portaba un crucifijo en el cuello y, sobre todo, jamás discutía ni argumentaba sobre lo que no entendía; su cristiandad era perfecta.

Tenía una debilidad, su nieto, un niño hermoso, de ojos enormes, pestañas volteadas y sonrisa pegajosa. Lo amaba más que a sus hijas, era su vida entera.

El niño creció, fue educado según el evangelio, recibiendo el catecismo a su debido tiempo y cumpliendo con los sacramentos de la Iglesia; incluso el cura lo eligió para acólito. Con orgullo, todos los domingos, se sentaba en primera fila, para observarlo mover el incensario; disfrutaba verlo con la ropa roja y la campana, su nieto estaba cada vez más cerca de Dios.

Pasada la adolescencia, poco después de cumplir 18 años, el nieto se volvió distante, cambió su actitud, al grado de ponerse violento.

La situación se tornó insoportable, no aguantaba más, era incocebible que su criatura angelical, por quien daba la vida, se hubiera revelado. Decidió pedirle ayuda al cura.

Llegó temprano y se dirigió a la sacristía, empujó la puerta, sin previo aviso, justo en el momento que el cura se subía los calzoncillos y su nieto se incorporaba, todavía sin ropa. No supo que decir, dio la vuelta y se fue rumiando su impotencia.

Fue ahí que comprendió el por qué de la actitud del nieto. Así es la vida, no se puede competir con la juventud, pensó. Con voz entrecortada dijo: que sea feliz, aunque nunca podré perdonarlo, él era el amor de mi vida, le pagaré con la misma moneda, deben existir muchas iglesias con párrocos jóvenes.

Jean Pol Le Pup

viernes, 11 de diciembre de 2009

Frases pajeras

Bill, es necesario que arregles las ventanas de nuestro dormitorio.
Melinda Gates

¿Cómo un hombre que se apellida Puertas pudo haber creado un programa llamado Ventanas?
Steve Jobs

Por cada puerta que se cierre una ventana se abrirá.
Bill Gates

Por cada ventana que se abra un pirata nacerá.
Jack Sparrow

Es mejor dar que recibir.
Mike Tyson

Es mejor recibir que dar.
Don King

No olviden que la paz se consigue al final de la guerra.
B. Obama

jueves, 3 de diciembre de 2009

De la serie diálogos incongruentes X

—¿Quién llamará a esta hora? Aló.

—¿Con Fulano De Tal?

—No señor, ¿qué necesita?

—Yo sé que usted es Fulano De Tal.

—Ya le dije que no, pero ¿qué necesita?

—No cuelgue, después le digo. Su mamá se llama Fulana De Tal.

—No señor, está equivocado, voy a colgar.

—Espere, ¿su papá se llama Mengano?

—La verdad que no, usted debe estar buscando a otra persona.

—Tiene dos hijos, Fulinito y Menganito, y vive en la zona 7.

—No pega una ¿verdad usted? Nada que ver.

—¡Alaputa! Y no me diga que su esposa tampoco se llama Perenceja.

—Pendeja si es, pero no se llama así, además es ex esposa.

—No me chingue, ¿y qué número marqué pues?

—Uno que no es el de la persona que busca.

—De plano me dieron el número equivocado.

—Es lo que le estoy diciendo.

—Mire, ¿de casualidad usted no conocerá a Fulano De Tal?

—Fíjese que no.

—Bueno, ya no lo molesto más, tengo que colgar, porque me quedan muchas llamadas por hacer, ya vio que uno trabaja sobre metas y objetivos.

—¿Para qué necesitaba al señor Fulano De Tal pues?

—Ah, es que quería extorsionarlo, sus datos me los dieron en el banco, la compañera que está comisionada en la ventanilla, pero ya vio que la gente no hace bien su trabajo, ahora tendré que conseguir otro prospecto, pues la cuota hay que llenarla.

—Yo si no estoy interesado, quizá en otra oportunidad; además no tengo dinero, entonces sería mal negocio.

—Está bien pues, gracias por su tiempo, espero que su situación mejore, de esa forma podría ampliar mi cartera. Que tenga buen día.

Héctor Sionador

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Empezar de nuevo

En su ritual diario, de despertar y prepararse para ir a la oficina, lo último que hacía era ponerse el cinturón. Se lo amarró y no pudo evitar la sonrisa agridulce, al tiempo que se decía: así es, literalmente, ahora debo amarrármelo.

La mañana estaba brillante. No acostumbraba ver entrar el sol por la ventana en día hábil. Fueron tantos los años de salir por la madrugada. Eran las nueve y aún no desayunaba. Había pasado casi un mes y todavía se sentía raro.

Escuchó ruido de llaves agitándose, supo que ella regresaba del gimnasio. No quería que su presencia en la casa alterara su ritmo de vida; por lo que no le importaba que saliera temprano. Como ahora tenía tiempo, se levantaba tarde y la esperaba para desayunar. En el ínterin tomaba café, leía los periódicos; encendía el computador de última generación que tenía en el estudio, aunque no le daba mucho uso, lo actualizaba cada año.

La costumbre hacía que tratara de entrar a la página de la compañía. Cuando la fusión se concretó él se quedó sin empleo y, por supuesto, sus accesos fueron removidos. Se vio obligado a crear un correo de uso gratuito, en el que no recibía mensajes, pues toda su comunicación se concretaba a asuntos de trabajo.

Ella no lo apresuraba, y se esmeraba en atenderlo. Lo primero que hacía al regresar del gimnasio era subir el desayuno, que juntos tomaban en la terraza. Conversaban un rato. Sin darse cuenta estaban volviendo a conocerse, luego de veinte años de matrimonio.

Se dio cuenta que las cosas cambiaban cuando el Iphone le recordó que debía renovar su pasaporte, vio el mensaje de alerta y se dijo, ¿para qué?. Hasta hace poco se pasaba dos semanas al mes en algún lugar del planeta, en hoteles de cinco estrellas, ahora ni siquiera estaba seguro de querer volver a subir a un avión.

Sus sentimientos empezaban a encontrarse. Pensaba que era muy joven para jubilarse, pero también empezaba a sentirse a gusto en casa.

Sentado, en el estudio, esperando a que ella regresara, abrió la gaveta del escritorio, sacó la carpeta en la que tenía los proyectos que pondría en práctica cuando llegara el momento del retiro, vio que algunos tenían posibilidades de convertirse en buen negocio.

La esposa le decía que no se preocupara, que el dinero acumulado era suficiente, que no tenían obligaciones: no hipotecas, no tarjetas de crédito, la universidad de los hijos pre-pagada, autos de modelo reciente; las inversiones pagaban bien; en fin, la vida resuelta antes de los cincuenta años, producto de la disciplina y haber sabido aprovechar el empleo que tuvo en la transnacional. El cheque mensual era una necesidad psicológica. Ella ganaba lo suficiente para los gastos de la casa, él recibía puntualmente el rendimiento del capital invertido, pero se sentía inútil.

Pasados unos meses se dio cuenta que la ausencia de la esposa le provocaba mayor ansiedad, que deseaba que dieran las diez de la mañana, para desayunar con ella. Entonces cayó en la cuenta que se estaba enamorando de la mujer con quien vivía. Quizá era tiempo de pensar en el retiro.

Esteban Withoutjobs

miércoles, 18 de noviembre de 2009

La cama de oro

Todos éramos exagerados y alardeábamos de cosas que había en nuestras casas y no en las demás. Con el tiempo a cada uno le llegó el turno de ser descubierto.

La presencia de mi abuelo, un coronel con pinta de energúmeno, quien peleaba con los testigos de Jehová y apedreaba los techos de las iglesias evangélicas, un día hasta echó a una monja de la casa, incluso cuando reía parecía enojado; infundía miedo, pero evitaba que los cuates quisieran visitarme, por lo que mi cama de oro seguía siendo fuente de placer en las pláticas del recreo y ayudaba a que fuera el más popular.

El abuelo decidió hacer un viaje de dos semanas. A la salida de la misa del domingo Luis se acercó a mi madre y le dijo: Doña Ceci, ¿podemos llegar a jugar con Pedro?

Mi madre cargaba con la culpa de no poder darme casa propia, por eso vivíamos con los abuelos, así que no lo pensó mucho y dijo: está bien, total ahora no está mi papá.

El día pactado fue el miércoles, entonces llegarían a la casa y tendría que mostrarles la cama de oro, mi vida iba a derrumbarse.

Luis le contó a Javier, José y Paco y el lunes, a la hora del recreo, los cuatro me rodearon: vos, ¿es verdad que podemos llegar a tu casa?, ¿nos vamos a subir a la cama de oro?, preguntaron entusiasmados y pidieron que les contara, otra vez, de cómo el rey de Tombuctú le regaló una pequeña cama de oro a mi abuelo, que él me heredó por ser el menor de la familia. Era una cama de harem, con cojines de plumas y brocados.

Intenté distraerlos con las otras maravillas de la casa: Ruperto, el loro que decía palabrotas; la Nin, quien cocinaba el mejor arroz con leche del mundo; la planta de bayas de dulcificum, que cambian el sabor de las cosas (pero no era su temporada), y otras cosas fantásticas; pero nada, todos querían ver la cama de oro.

El martes me sentía en capilla ardiente: mañana temprano llegamos vos, dijo Luis, y se despidió, dándome un abrazo, los demás lo siguieron.

Llegué a la casa arrastrando los pies, estaba desanimado, no hice tareas, no miré televisión y me fui a la cama sin cenar.

A media noche me despertó un ruido, eran pasos en el primer nivel. Como pude desperté a los demás y bajamos corriendo. Todavía vimos a un grupo de hombres que cargaban con varias cosas y otros que estaban descolgando unos cuadros de la pared. Mi madre disparó al aire, por lo que salieron huyendo, dejando algunas cosas tiradas.

En la mañana llegaron los cuates, de inmediato fingí tristeza, les conté la historia y les dije que se cancelaba la visita. Me rodearon y en coro preguntaron: vos, ¿se llevaron la cama de oro?, puse cara de circunstancia y asentí, ellos pusieron cara de funeral.

El abuelo regresó por la tarde, fue llamado de emergencia; revisó toda la casa, hizo una lista de faltantes, que luego llevó a la policía. Se sorprendió cuando le dijeron que habían capturado una banda de saqueadores de casas, que tenían una bodega y que fuera a buscar sus cosas.

La noticia corrió por todo el pueblo, otras víctimas también llegaron a buscar. Se armó tremendo alboroto, todos curioseando, mis amigos estaban en primera fila.

Con algo de ayuda, el abuelo fue llevando a su vehículo las cosas robadas: tapices, cuadros, fotos, joyas, aparatos eléctricos. Luis, Javier, José y Paco movían la cabeza de lado a lado, esperando que apareciera la cama de oro.

Después de un buen rato el abuelo se dio por satisfecho, cerró la puerta trasera del camión, se subió y lo arrancó, a punto de partir estaba cuando Luis gritó: señor, señor, falta la cama de oro. Todos soltaron tremenda carcajada, pero entre el murmullo se escuchó la voz del abuelo, quien gritó: la cama de oro se la dejamos a los presos, para que duerman bien.

En ese momento pensé que era una ventaja que tuviéramos 9 años, pues los cuates no entendieron la ironía. Al rato andaban planeando como hacerse meter en la cárcel, para poder dormir en la cama de oro.

Pepito el de los cuentos

martes, 10 de noviembre de 2009

Desaparición y búsqueda de una engrapadora

Llegué a la oficina a las 07:00, como de costumbre, antes que todos. No es que sea obsesivo, pero me gusta ser el primero en entrar. Pongo el café con la mezcla que me gusta, organizo mi escritorio, enciendo la computadora, me como mis panitos, que paso comprando donde doña Juanita; leo el periódico, le saco punta a tres lápices que utilizo en el transcurso de la jornada, no me gustan los portaminas. Los demás implementos (sellos, saca-grapas, dispensador de tape, perforador, porta-clips y la engrapadora), los dejó acomodados desde el día anterior.

Los minutos previos a que lleguen los compañeros son útiles para revisar correo personal, navegar en Internet, acomodarme, ir al baño; cositas así.

A las 08:00 llegó Anabella, su fragancia es inconfundible, no digo que sea agradable, simplemente inconfundible. Para esa hora había terminado mis rituales y había impreso un reporte que tenía que entregar en el transcurso del día. Me disponía a engraparlo cuando Anabella se acercó, me dio un beso en la mejilla: hola, te traje pastelito, para tu cafecito, dijo, al tiempo que depositaba una cajita sobre mi mesa.

La presencia de Anabella fue perturbadora, su escote dejaba ver el color de la ropa interior, de encaje rojo, bajo la blusa negra. Fue perturbadora, pero no lo suficiente para ignorar que mi mano había chocado contra el vacío; la alargué, sin ver, mientras recibía el beso, de inmediato me di cuenta que la engrapadora no estaba.

Uno tras otro llegaron los demás, en un lapso de media hora, tiempo en el que estuve tratando de dilucidar qué había pasado con la engrapadora.

Después de unos minutos se acercó Adriana, quería que le prestara un sello. La miré con desconfianza, a partir de ese momento todos eran sospechosos, alguien tenía que haber tomado la engrapadora. Le hice un breve interrogatorio del que salió airosa, selló su hoja y se retiró, yo aproveché para verle el trasero, es innegable que lo tiene bueno.

El siguiente paso fue hacer una lista mental. El primero que vino a mi mente fue Luis. Usualmente él hace ese tipo de bromas, aunque sus víctimas siempre son las chicas, de esa forma logra acercarse a ellas; quizá cambió su modus operandi o sus gustos, nunca se sabe, pensé. Me levanté despacio, para no generar sospechas, agarré mi vaso y fui en dirección del dispensador de agua, de esa forma podría pasar al lado de Luis. Caminé lentamente, examiné todo su escritorio, hasta me detuve a saludarlo, pero no había señales de la engrapadora.

De regreso a mi escritorio pasé por el de Anabella, mi intención era ver su escote, en esas estaba cuando me di cuenta que en una esquina tenía dos engrapadoras. Fui directo a examinarlas, no era ninguna de las dos. De todas formas le pregunté si había tomado la mía, a lo que respondió negando con la cabeza. Lorena escuchó y me ofreció la suya, no acepté pues quería encontrarla.

Llegada la hora del almuerzo decidí aprovechar la ausencia de la mayoría para revisar más despacio. La búsqueda fue infructuosa. La engrapadora se había desvanecido.

Desconsolado me dirigí a mi lugar, luego del almuerzo las horas se van volando, pues todos empiezan a prepararse para salir a las 16:00. Se me terminaba el tiempo y los sospechosos.

A las 15:00 decidí interrogar a todos al mismo tiempo. Me levanté y grité: ya muchá, dejen de chingar, devuélvanme la engrapadora, que necesito entregar este reporte. Lorena me ofreció la suya, de nuevo, tuve que aceptarla, engrapé los documentos y se la devolví ahí mismo.

Eran las 15:50 cuando decidí que no tenía sentido seguir buscando. Puse mis cosas en su lugar, apagué la computadora. Todos empezaron a retirarse, las chicas se despidieron de beso, en un instante la oficina quedó vacía, yo todavía me detuve unos minutos para echar el último vistazo. La engrapadora no apareció.

Salí pensando en que tenía que pasar a comprar una nueva engrapadora. Me despedí del guardia, él alzó la mano y dijo: mire Manuelito, no debería poner la engrapadora arriba de su cubículo, puede caerle en la cabeza, ahí estaba anoche que llegué a apagar las luces, no la quise mover, ya sabe como se pone la gente cuando uno toca sus cosas.

Regresé a cerciorarme, en efecto, la engrapadora estaba en lo alto del cubículo. La dejé ahí, no quise perder más tiempo. Ahora me atormentaba descubrir cómo fue que llegó a tal lugar, pero ese era un misterio que resolvería mañana.

Hércules Poroto

jueves, 5 de noviembre de 2009

Aforismos pajeros

  • He decidido convertirme en apóstol de la tolerancia. Hoy, por ejemplo, amanecí pensando que los escritores posmodernos y los artistas conceptuales merecen una oportunidad; no nos decepcionen, el fútbol de este país los necesita.

  • La buena literatura y la buena comida se parecen, siempre hay algún escritor o cocinero desconocido que lo hace mejor que los famosos.

  • El orden de los factores si altera el producto, he aquí una prueba: No es lo mismo: Lobo estepario que este lobo parió.

  • Abogo porque a Vargas Llosa le den un premio Planeta, que se conforme con eso; pues a despecho de lo que muchos piensan, hay cosas que los miembros de la academia sueca tienen claro (no me hagan quedar mal).

  • No hay nada de malo en que los presidentes tengan derecho a correr por la reelección; quizá el problema sea que la gente no ha entendido que no es obligación votar por ellos.

  • La diferencia entre el jugador de fútbol y el escritor estriba en que el primero puede salvar un partido en el último minuto, pero el segundo difícilmente podrá salvar un libro en la última página.

Johan Bush Walls